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José Luis Orella: El ajedrez ucraniano

 

 

Ucrania se desliza hacia la división social. Finalmente ha quedado claro que el rechazo al acuerdo con la UE, en realidad escondía una nueva revolución. (El ajedrez ucraniano)

 

 

Estamos ante un nuevo 98. Entonces se perdieron Cuba, Puerto Rico, las Filipinas y las Marianas

La Fundación Nacional Francisco Franco acude en apoyo de Ceuta

Juan Chicharro navegando a Ceuta

Juan Chicharro Ortega 
General de División de la Infantería de Marina ( R ) 
Presidente Ejecutivo de la Fundación Nacional Francisco Franco 
Ceuta agoniza. No es una figura retórica ni un titular para captar clics. Es el diagnóstico de una ciudad española de más de quinientos años de historia que se desmorona ante la dejadez culposa de un Gobierno que ha convertido la traición en método y la cesión en política de Estado. Un Ejecutivo repleto de traidores y de ladrones, liderado por Pedro Sánchez, el hombre que muchos ya identifican como el felón de Paiporta y que pasará a la historia no por lo que construyó, sino por lo que permitió que se perdiera.
Las redes sociales arden. La indignación no distingue ya de ideologías entre quienes aún se sienten españoles. Hay un sentimiento de impotencia que crece por horas. Se ve a militares heridos por pedradas, a ceutíes que no pueden circular por sus propias calles con normalidad, a una ciudad desbordada y a un Gobierno que tarda semanas en reaccionar, que se contradice sobre lo que sabía el CNI y  que, cuando por fin actúa, lo hace con un mando único, tardío, inoperante e ineficaz y  con un lenguaje que evita llamar a las cosas por su nombre. Todo se deshace.
Estamos ante un nuevo 98. Entonces se perdieron Cuba, Puerto Rico, las Filipinas y las Marianas. Se cerró la inmensa epopeya de un imperio en el que no se ponía el sol. Hoy las piezas que pretenden arrancarnos son las ciudades españolas de Ceuta y Melilla, plazas centenarias del norte de África. Quienes hace quinientos años fueron expulsados de la Península no han renunciado a volver. Si se les deja, el siguiente objetivo no será solo Melilla. Serán las Islas Canarias. Y, más allá, el horizonte que algunos ya nombran sin tapujos: Granada. No es paranoia. Es la lógica de quien mide la debilidad ajena y avanza.
En medio de esta situación, dos veteranos generales, venciendo los achaques propios de los años, y un también veterano ingeniero nuclear atravesaron España, embarcaron y cruzaron el Estrecho. No iban a ocupar un despacho ni a leer un comunicado. Iban a abrazar a sus compatriotas ceutíes y a decirles, con la sola presencia, que no están solos. Eran conscientes de que se trataba de un gesto. Poco más que eso. Pero con ese gesto recogían el sentimiento de muchos compañeros de armas que se sienten humillados y avergonzados por lo que está ocurriendo: una plaza española tensionada, unos soldados sin el marco jurídico claro para defenderse y un poder político que parece más preocupado por no molestar a Rabat que por sostener lo que es de España.
Cruzaron el Estrecho con las banderas al viento. Demostraron que no se rinden. Que si es preciso lucharán. Y que su lealtad no ha cambiado: es la que desde la Fundación Nacional Francisco Franco se defiende hacia quien fue, de forma constante y sin complejos, el primer gran defensor de la españolidad de Ceuta. Aquel Caudillo que hoy, entre otras muchas ignominias, se pretende borrar de la memoria oficial precisamente en los lugares donde su figura quedó ligada a la defensa de esas plazas.
Son viejos soldados. Leales a esa memoria. ¿Qué mejor gesto que llevarla precisamente allí donde se forjó parte de su aura victoriosa? No se trata de nostalgia hueca. Se trata de recordar que hubo un tiempo en que la integridad territorial no se negociaba a plazos ni se diluía en eufemismos.
Hoy, cuando España se deshace merced a la traición de unos y a la cobardía de otros muchos, en Ceuta puede renacer esa estirpe. Dos soldados viejos y ya estropeados por los años levantan de nuevo la Bandera en Ceuta. Y la levantarán también contra quienes, en las queridas tierras catalanas y vascongadas, persiguen el mismo fin por otra vía: romper la Patria, disolver lo común, convertir la nación en un inventario de agravios y de cesiones.
No les será fácil. Quienes quieren deshacer España cuentan con instituciones, con altavoces y con la costumbre de presentar cualquier resistencia como extremismo. Pero mientras la sangre vieja encuentre eco en las nuevas generaciones, mientras haya españoles que no acepten que Ceuta o Melilla se conviertan en moneda de cambio o en problema a gestionar con tibieza, no les será fácil.
Ceuta no es un apéndice. Es España. Y España, si todavía quiere serlo, no puede mirar hacia otro lado.
ARRIBA ESPAÑA.
 

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