
Manuel Parra Celaya. Como todos ustedes saben, el Informe PISA 2025 no ha podido ser más catastrófico para la Enseñanza en España, que presenta los peores resultados de su historia en competencias clave como comprensión lectora, matemáticas y ciencias; el muestreo registró estos datos adversos en todas las Comunidades Autónomas, con excepción de Cataluña que se desmarcó, y no porque las conclusiones fueran mejores, sino alegando razones técnicas, que se han saldado con algunas dimisiones/ ceses en puestos de segunda categoría…
No obstante, ningún político o ningún pedagogo a la violeta piensa corregirse, sino que todos, sin excepción, han recurrido al Efecto Backfire, que es “cuando se recibe una información que contradice un discurso y, en vez de rectificar, se aferra más a sus convicciones. Se blinda para reafirmar sus ideas a pesar de que las pruebas aportadas las desmienten” (Josep Oton).
Aunque el desaguisado educativo pilla lejos de las aulas a este profesor jubilado, no le deja indiferente en absoluto, sino que le angustia al pensar en sus nietos o en los hijos y los nietos del resto de españoles; en realidad, el informe de marras no hace más que constatar lo que uno ya vino observando en los últimos años de su dedicación docente y, prácticamente, desde que hizo su aparición esa sopa de letras de Leyes Educativas que fueron sucediéndose sin interrupción por decisiones puramente ideológicas y partidistas.
Pero no es mi intención aquí atosigar al lector con datos eruditos sobre los efectos que han ido causando, sucesivamente, en las promociones de alumnos las teorías conductistas, constructivistas o economicistas; los resultados están a la vista y no quiero hacer más sangre.
Me limitaré en estas líneas, simplificando en lo que pueda y sepa, a señalar al culpable remoto pero eficaz de este desastre educativo, que no es otro que Juan Jacobo Rousseau, que fue calificado con toda exactitud como “nefasto” en sus múltiples facetas; por caridad, no profundizaré en su biografía personal y solo mencionaré el hecho conocido de que le hizo cinco hijos a una costurera analfabeta, y, en contradicción con su supuesta pasión por la infancia, los fue colocando sucesivamente en la Inclusa; no sé qué opinarían los ecos de sociedad de ese momento histórico…
De Rousseau nos viene aquel falso optimismo de que “la naturaleza hizo al hombre feliz y bueno y la sociedad es la que lo corrompe y lo hace miserable”; de ahí deriva el mito romántico del buen salvaje, que sigue aplicándose en nuestros días, especialmente para proteger el salvajismo.
De Rousseau arranca el otro mito, también incuestionable en nuestros días, de la “voluntad general” , que se plasma en la “soberanía popular”, que es, según él, incuestionable, inalienable, absoluta e infalible.
De Rousseau, en fin, dimana la gran dolencia de las sociedades occidentales desde la Modernidad, que es el Relativismo: la negación de que puedan existir verdades absolutas al margen de las mayorías en las urnas; de ahí han derivado aberraciones sin cuento y el triunfo de la posverdad, con permiso del Sr. Habermas (q.e.p.d.).
Pero, además de esas minucias y volviendo al tema inicial, J.J. Rousseau es el padre de las corrientes pedagógicas predominantes, que podemos resumir como naturalismo pedagógico o, en términos más sencillos, “la beatería de la niñez” (J.L. Aranguren) o, también, “la superstición de lo espontáneo”, que nos ha llevado a desdeñar cualquier “medio fatigoso de aprender” (Eugenio d´Ors); es decir, en palabras vulgares, el reinado de Su Majestad el Niño, en la familia, en el aula y en la sociedad infantilizada.
Un pedagogo de verdad (Gregorio Luri) traza un listado de aspectos que han sido abandonados por sistema, al persistir esa sombra alargada del ginebrino; helos aquí: “Voluntad, hábito, talento, virtud, esfuerzo, excelencia, mérito, responsabilidad, ambición, emulación, transmisión, ejemplaridad, deberes, disciplina, memoria, verdad, silencio, constancia, caligrafía, cálculo mental, paciencia, agradecimiento, serenidad, erudición, enciclopedia, elocuencia, retórica, prosodia, respeto, sobriedad, modales, carácter, etc.,”
Desde la más tierna infancia, lo que se llaman “nuevas formas de crianza” (que, a veces, ponen los pelos de punta a quienes hemos criado hijos), hasta las aulas universitarias, la actual Pedagogía evita “cualquier exaltación del esfuerzo” (frase de Rabalais), quiere evitar un asomo de frustración, prolonga la infancia y la adolescencia, infunde un proteccionismo a ultranza y anula cualquier capacidad de resiliencia del ser humano; las propuestas contrarias son desechadas bajo la sombra de sospecha; volviendo a Luri, este nos dice que es necesario y urgente sobrepasar el “yo quiero” y el “yo siento” y volver al “yo debo”.
Instalados en una sociedad que da prioridad a la instintividad y a su pariente próximo el sentimentalismo desbordado, hemos relegado la inteligencia, la razón y la voluntad en nuestros alumnos. Quizás algún día logremos desprendernos de esa sombra alargada de Rousseau en nuestras sociedades y, de entrada, en nuestras aulas, y entonces los informes PISA sean más favorables.