Home

Diario YA


 

José Luis Orella: El ajedrez ucraniano

 

 

Ucrania se desliza hacia la división social. Finalmente ha quedado claro que el rechazo al acuerdo con la UE, en realidad escondía una nueva revolución. (El ajedrez ucraniano)

 

 

Estamos ante una lucha descarnada por el control de los tres poderes. Quien lo niegue o es ciego o es cómplice.

NO ES HORA DE CALLAR

Juan Chicharro Ortega
General de División de Infantería de Marina ( R )

Pertenezco a una generación que vió el fin del franquismo y nacer, con ilusión, la Transición. Esa ilusión se pudrió pronto. ETA asesinaba y la política empezaba a acostumbrarse a la cesión. Lo que entonces parecía una anomalía era, en realidad, el primer acto de una claudicación. Hoy la partitocracia ha entregado la llave del Estado a minorías secesionistas que en las otrora provincias vascongadas y en Cataluña eran, hace no tanto, residuales. Ya no lo son. Condicionan la nación entera porque se les ha permitido hacerlo.

El método tiene nombre y apellidos. Zapatero abrió la brecha. Sánchez la ha convertido en sistema. No gobiernan para España: gobiernan contra la idea misma de España cuando esa idea estorba a su supervivencia. El interés personal y de partido ha sustituido al interés nacional. La convivencia no se ha «tensado»: se ha roto a conciencia.

Estamos ante una lucha descarnada por el control de los tres poderes. Quien lo niegue o es ciego o es cómplice.

El sanchismo ha ocupado las instituciones con una voracidad que ya no disimula. Le importa un bledo que el
propio ámbito judicial le afee las injerencias. Se insulta a jueces y magistrados en público, se les señala, se les
desprestigia. A la Corona se la asedia sin prisa y sin tregua, con esa cobardía calculada que no da la cara y no suelta la presa. Una democracia que solo se sostiene en las urnas, mientras se carcome la separación de poderes y la ley común, no es una democracia: es un decorado.

Y entonces ocurre lo que un Estado digno no habría tolerado ni un día: el asalto masivo a Ceuta. A finales de julio de 2026, con el Gobierno en modo vacaciones, decenas de miles de personas violentaron la frontera a pie y a nado. Interior habló de unos 72.000. Una ciudad española de poco más de 80.000 habitantes fue desbordada. Muchos volvieron a Marruecos en horas. Otros, 20000, siguen. Lo esencial no cambia: se invadió una ciudad de España y el Gobierno llegó tarde, flojo y manipulando lo inexplicable. Y sigue.

No fue un imprevisto. Había informes. Estaba el precedente de 2021, con entre 8.000 y 10.000 entradas. Ceuta no es un enigma: es la frontera más sensible de Europa en suelo español. Quien no actúa sabiendo lo que puede pasar no se equivoca: incumple. Y el incumplimiento no se agota en el Consejo de Ministros. Alcanza a todos los que, por mandato constitucional, deberían haber defendido la integridad territorial y prefirieron el comunicado a la decisión.

A los ceutíes les han hecho sentir que su ciudad ya no les pertenece. Que puede saturarse, usarse como moneda y negociarse por encima de sus cabezas. La única respuesta seria es el retorno a Marruecos de quienes irrumpieron por la fuerza y el restablecimiento efectivo del perímetro. Para eso hace falta la cooperación del rey de Marruecos. Sin ella, todo es teatro. Lo que un Gobierno de verdad haría es exigirla sin
complejos, con todos los instrumentos legítimos del Estado, que son muchos. Lo que se ve es otra cosa: sumisión, eufemismo y miedo a disgustar a Rabat. Ceuta es tan España como Madrid.

España está en una encrucijada de existencia. Por eso no es de extrañar que quienes vivimos la España de Franco recordemos otros tiempos. No extrañamos una época que sabemos no volverá : extrañamos un Estado que no se pedía perdón por existir. Paz interior después de una guerra atroz.
Crecimiento que sacó a millones de la miseria. Unidad jurídica. Respeto —y temor— fuera de las fronteras. La
Marcha Verde se lanzó en noviembre de 1975, con Franco ya agonizante. Esperaron a oler debilidad. Jamás se hubieran atrevido con Franco vivo . Tal era el respeto y temor que su figura les inspiraba. Hoy la huelen otra vez.

Que nadie distorsione estas líneas. No pido el retorno a épocas pasadas. Tengo claro que aquel régimen murió con Franco. Pido algo más incómodo para la liturgia dominante: que se deje de tratar como delito la memoria de un Estado que, con todos sus claroscuros, no regaló el territorio ni la ley al primer chantajista. Orden, unidad, autoridad. Quien se escandalice por esas tres palabras ya ha elegido bando.

La partitocracia tiene un efecto cruel: cuanto más se degrada la política, más se agranda, por contraste, la figura del hombre que ganó una guerra civil a la que empujaron el sectarismo, el socialismo y el hundimiento del Estado liberal.  Franco acertó en lo esencial cuando denunció el veneno del partidismo decimonónico: el partido como fin y la nación como pretexto. Lo estamos viendo. No es interpretación. Es crónica.

Sé que esto es anatema. Por eso se persigue a quienes lo dicen. La Fundación Nacional Francisco Franco ni calla ni rehuye el debate: se la quiere extinguir por la vía administrativa y judicial, a instancia del Gobierno, con el proceso aún en los tribunales. No es memoria democrática. Es limpieza política. El poder decide qué pasado puede nombrarse para que el presente no le lleve la contraria.
Algunos, que, en un reciente pasado, han ninguneado y borrado todo vestigio de la figura de Franco, en Ceuta y Melilla, se estarán acordando ahora de quien fuera su principal valedor siempre.

Lo más grave no es el anatema. Es el silencio. Una generación entera ve el mismo país —roto, chantajeado,
fronterizamente humillado— y por eso se rebela como demostró el pasado 2 de septiembre en todas las calles de España.

El desánimo se combate diciendo la verdad sin pedir permiso. España no se perderá por un mal gobierno. Se perderá si los que todavía saben lo que es una nación deciden que ya no merece la pena defenderla. Yo, por mi parte, no pienso callar. Y cada vez somos más.

Etiquetas:Juan Chicharro