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José Luis Orella: El ajedrez ucraniano

 

 

Ucrania se desliza hacia la división social. Finalmente ha quedado claro que el rechazo al acuerdo con la UE, en realidad escondía una nueva revolución. (El ajedrez ucraniano)

 

 

En el fondo asoma la figura del Rey, aparentemente supeditado a los tiempos y deseos de Sánchez

Traición, cobardía e incompetencia

Juan Chicharro Ortega 
General de División de Infantería de Marina ( R )
No hace mucho recorrí Melilla, ciudad española desde hace más de cinco siglos, con esa mezcla de orgullo y recelo que produce pisar un pedazo de España tan expuesto. Mientras la recorría, reciente aún la lectura de María Dueñas y de su novela sobre la emigración española a la otrora Argelia francesa, no pude por menos recordar lo acaecido hace más de sesenta años en la que fuera plaza española durante siglos: Orán. Habitada por una gran mayoría de personas de origen español —valencianos, murcianos, almerienses, alicantinos—, aquella ciudad mediterránea sufrió lo indecible. Miles de sus habitantes europeos fueron masacrados o forzados a huir cuando, el 5 de julio de 1962, coincidiendo con la independencia de Argelia, las tropas del FLN y una muchedumbre armada irrumpieron en los barrios europeos. Las fuerzas francesas, presentes por decenas de miles, se pusieron de perfil, tardaron horas en intervenir. Quedó grabada la lección amarga: una ciudad puede dejar de ser lo que era no solo por la fuerza del vecino, sino por la pasividad de quien debía defenderla.
Hoy, viendo la situación en otra ciudad española, Ceuta, vuelve a la memoria aquel episodio. Las circunstancias son distintas, desde luego. No hay una guerra de independencia ni un ejército colonial en retirada. Pero hay un hecho difícil de maquillar: entre el 30 y el 31 de julio de 2026, decenas de miles de personas —el Gobierno habla de 72.000; el presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas, y el Parlamento Europeo, de unas 80.000— cruzaron de forma irregular desde Marruecos. Una parte regresó. Otra permanece. Las estimaciones más recientes sitúan entre 10.000 y 13.000, e incluso más, a quienes siguen en la ciudad: en centros de acogida improvisados, en playas, en carreteras, en el monte. Ceuta, con unos 80.000 habitantes, ha sido sometida a una presión que no es una simple crisis migratoria. Es, por dimensión, por simultaneidad y por la aparente permisividad en origen, una invasión de hecho. Y lo que estamos viviendo no es sino el producto de traición, cobardía e incompetencia.
No se ven con claridad las intenciones del presidente Pedro Sánchez. ¿Trasladar a los que quedaron a la Península, algo a lo que buena parte de Europa se resiste? ¿Dejarlos en la ciudad para que, con el tiempo, “normalicen” su situación en una política de largo alcance que convierta a Ceuta en un inmenso centro de acogida permanente? ¿O simplemente ganar semanas mientras se diluyen las cifras y se habla de “plazas” y de “retornos voluntarios”? El propio Ejecutivo ha ido corrigiendo sus números a medida que la realidad los desmentía. Primero se anunció que casi todos se habían ido y que la normalidad había vuelto en 48 horas. Después se admitieron miles. Ahora se anuncian hasta 10.000 plazas de acogida. Esa no es gestión: es relato.
Ceuta ha sido invadida y ni el Gobierno ni otras instituciones han estado a la altura del mandato constitucional de defender la integridad territorial. No solo el Gobierno. Se desconoce qué entiende el señor Sánchez por “normalidad”. Su política respecto a Marruecos es enigmática, como lo es la posición de Estados Unidos, atento a sus intereses en el control del Estrecho de Gibraltar y poco dispuesto a fiarse de un aliado que no ofrece garantías. La oposición que presentan PP y Vox no es del agrado de Rabat ni, cabe temer, de ciertos equilibrios europeos. El recuerdo del 11-M —cuando un atentado cambió de la noche a la mañana la intención de voto— planea como una sombra impensable, pero no del todo descartable en una España tan polarizada.
Hasta dónde aguantará la población ceutí, que se manifiesta y ve cómo su ciudad ha sido ocupada de hecho mientras las instituciones discuten cifras. Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y las Fuerzas Armadas ¿defenderán, en su caso, a la población o, como ocurrió en Orán, tardarán, mirarán a otro lado o se verán utilizadas contra quienes protestan? No hay otra normalidad, como reitera Juan Jesús Vivas, que la expulsión de quienes entraron ilegalmente en masa. El Gobierno socialista se pone en contra de esa exigencia. Mal síntoma. Muy malo.
En el fondo asoma la figura del Rey, aparentemente supeditado a los tiempos y deseos de Sánchez. Ayer Melilla, ojo avizor, celebró su día grande —529 años de la toma de la plaza— y manifestó su españolidad sin ambages. La Casa Real envió un mensaje de respaldo. El presidente Juan José Imbroda reclamó la presencia del monarca y denunció la pasividad ante lo ocurrido en Ceuta. Esperemos que esa manifestación se materialice en una visita ya a ambas ciudades. No es un gesto protocolario. Es su deber como Rey de España.
Las analogías históricas no son equivalencias. Orán no es Ceuta. 1962 no es 2026. Pero hay un hilo que sí une ambos episodios: la tentación de relativizar lo que ocurre en una plaza lejana, de hablar de “flujos” cuando lo que hay es un asalto coordinado, de esperar que el tiempo lo cure todo. El tiempo no cura la pérdida de soberanía. La cura la decisión política. Y esa decisión, hasta ahora, ha brillado por su ausencia.
Ceuta y Melilla no son un apéndice incómodo. Son España. Quien las trata como un problema de gestión humanitaria, y no como una cuestión de Estado, está eligiendo el camino de la cobardía. Quien conoce la historia de Orán y no extrae ninguna lección está eligiendo la incompetencia. Y quien, teniendo el poder de actuar, prefiere el relato, está eligiendo algo peor.
 

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