
Juan Chicharro Ortega
General de División de Infantería de Marina ( R )
Y se apagó la luz. Se hizo de noche repentinamente. La luna tapó al sol y el cielo, durante unos minutos eternos, quedó en penumbra. Escribo desde Galicia, donde el buen tiempo nos ha traído, paradójicamente, la sequía. Los campos se resquebrajan, los ríos menguan y la tierra pide agua con la misma urgencia con la que el alma pide esperanza. Tal parece que los astros y la meteorología se ponen en sintonía con una España —al menos con aquella en la que yo creo y en la que crecí— que languidece y muere lentamente.
Se ataca impunemente y vergonzosamente- ante la pasividad y falta de reacción de nuestros gobernantes, incluyendo a las Fuerzas Armadas - nuestra soberanía e integridad territorial en ciudades españolas del norte de África desde tiempo inmemorial. Se deshace la unidad nacional en zonas tan españolas como las provincias vascongadas y Cataluña. El relativismo moral de la sociedad hace estragos: lo que ayer era virtud hoy se presenta como opresión, y lo que ayer era delito se disfraza de progreso. Los años de podredumbre moral que nos ha traído el socialismo y el comunismo, bajo la dirección y el gobierno de una tiranía asfixiante, liderada por un inefable señor llamado Pedro Sanchez, alias el galgo de Paiporta, nos sumen a muchos españoles en el desánimo. Una bruma densa nos impide vislumbrar un futuro de esperanza.
¿Será el efecto de la bruma gallega el que me lleva a esta tristeza, a esta saudade profunda? La nostalgia es el sentimiento que se experimenta ante el recuerdo de una dicha perdida, y es exactamente ahí donde me encuentro. Recuerdo una España de mis padres y abuelos: la de la paz trabajada, la de la unidad sentida, la del orgullo sereno de formar parte de una gran nación. Una España que no necesitaba justificarse constantemente ni pedir perdón por existir.
Y pienso si soy solo yo quien se encuentra en esta tesitura. Porque si estamos como estamos es porque hay muchos españoles que apoyan “democráticamente”, además de una retahíla de borregos , esta situación que yo considero tiránica. Son, no obstante, no pocas las voces que se alzan en los medios, indignadas con todo lo que vemos, pero cargadas de una gran impotencia. Critican, denuncian, se quejan… y al día siguiente todo sigue igual. La maquinaria continúa su marcha.
Quiero creer, pese a todo, que la bruma gallega desaparecerá. Que de igual forma España volverá a resurgir. Que los cielos resplandecerán de nuevo y que los que peinamos canas —y también los más jóvenes que aún no han renunciado y que cada vez son más - volveremos a ver esa España de nuestros padres : la de la paz, la de la unidad, la del orgullo de formar parte de una gran nación. Una España que no se avergüence de su historia ni de su lengua común, que defienda sus fronteras y que no permita que la disgregación se convierta en virtud.
¿Tan solos estamos los que así pensamos? A veces lo parece. Otras veces, cuando uno escucha ciertas conversaciones en voz baja, cuando lee entre líneas, cuando nota la misma nostalgia en la mirada de un desconocido, intuye que no. Que somos más de los que se atreven a decirlo en voz alta. Que la saudade no es solo portuguesa o gallega: es española. Y que, como la sequía, también pasará.
La luna se apartará. La luz volverá. Y con ella, ojalá, la España que aún merecemos.