Convertidos II
P. Luis Joaquín Gómez Jaubert. 17 de abril. En el artículo del viernes pasado, repasábamos las actitudes de muchos contemporáneos de Jesús responsables, individual o colectivamente, por acción u omisión, de la crucifixión de Nuestro Señor. Personajes en lo que predominó, en momentos decisivos, la cobardía, el abstencionismo, la traición, la masificación, etc. Afirmábamos la actualidad de idénticas actitudes en nuestro tiempo, entre nuestros católicos, especialmente en el Occidente otrora cristiano. En cualquier caso, todas ellas huidizas, por diversas razones, del testimonio de la Verdad. Convertirse es cambiar como cambiaron los Apóstoles y los discípulos de Cristo y como, también, variaron en sus posiciones o planteamientos algunos de los que, sin haber seguido, previamente, la predicación del Maestro, pasaron de ser perseguidores u observadores pasivos a constituirse en testigos del Resucitado.
El término parresía, como discurso valiente o libertad de espíritu para testimoniar la Verdad, expresa ese cambio de actitud en los miembros de una Iglesia naciente a los que les caracteriza un deseo de ofrendar sus vidas dando a conocer a Aquel que murió por ellos y por todas las personas. El encuentro con Cristo, Verdad y Vida, les da un sentido distinto a sus existencias en este mundo, haciéndoles partícipes de una realidad en la que todo queda supeditado a la alegría de poder transmitir la victoria del Señor sobre la muerte y a la promesa de un futuro eterno, pleno de felicidad, para los que confían en el nombre de Jesucristo, tomándolo como el perfecto modelo de comportamiento en los múltiples campos de actuación del ser humano. Todo ello sellado, por muchísimos cristianos, en el martirio.
Por este motivo, el tiempo pascual recuerda al cristiano no sólo todo lo que aconteció en torno a la resurrección de Jesús sino, también, que debe él mismo ser continuador de las vivencias de sus antecesores en la Fe. En otras palabras, un discípulo del Señor, conocedor de Su triunfo y glorificación, no debe amparar sus cobardías o miedos en lo sucedido, con los apóstoles y demás seguidores de un Jesús, en plena pasión y muerte cuanto en buscar borrar de su vida todo espíritu temeroso en ese cambio que supone una nueva forma de aparecer ante el mundo incrédulo y que es significado en la citada parresía. Un católico sin vocación de profeta y mártir ha de revisar profundamente su Fe.
En conclusión, una verdadera pascua no se puede reducir, solamente, a una celebración litúrgica y festiva sino que ha tener en cuenta un serio compromiso de convertirnos en verdaderos predicadores, en palabras y en obras, del misterio celebrado. Es la hora no de la indolencia y la comodidad y sí de la valentía en testimoniar el amor de un Dios que se hace hombre y que nos pide que seamos sus portavoces ante todos los atentados que contra la Verdad, en sus diversos aspectos, se producen en nuestro mundo especialmente entre los poderosos, como antaño. No podemos quedarnos en el Pedro negador, hemos de dar un paso en cambiar al Pedro testimonio, aunque suframos persecución.















Por eso hay que pedirles que no se molesten y que se apeen del burro; que admitan, por favor, que las medidas aplicadas hasta ahora no han dado resultado. Que dejen de engañarse y engañarnos creyendo que las cifras experimentaran una mejoría en breve.

Y si el Cardenal Rouco decía que “la advertencia la hacía Juan Pablo II no contra la democracia, sino precisamente en favor de ella”, podemos decir que el recuerdo hoy de esta advertencia es seguramente el gesto más importante para rescatar la débil democracia española.
Hay frases, sentencias, principios, imágenes, que te acompañan allá donde vayas. Una de esas sentencias define, como pocas, el sentimiento aristocrático de la vida. 


