
Manuel Parra Celaya. Cuenta el romance que el gobernador de Ceuta (“Ceuta la bien nombrada”), el Conde don Julián, ofendido porque el rey don Rodrigo había seducido a su hija Florinda, la Cava, abrió de par en par las puertas de la España visigoda a los invasores sarracenos; al parecer, la niña se había deslumbrado por los ofrecimientos de Rodrigo (“Ella nunca quiso hacerlo..”, dice el romance), pero, consumado el hecho, aconsejada por una de sus doncellas (“Escríbeselo a tu padre /tu deshonra demostrando”), avisa a don Julián, que comete así la traición a su rey y al Reino como represalia.
Esta vez (siglo XXI, 2026) no se trata -que sepamos- de una venganza personal por el honor, más bien de una querencia -personal y contagiosa- por la traición; el de don Julián en nuestros días solo tiene la disculpa de haber sido señalado por escándalos sin cuento, por haber pactado con quienes no quieren ser españoles, vendiendo al mejor postor los votos y, dicen, por algún oscuro chantaje de no sé qué mensajes de móviles sustraídos.
Siguiendo el romancero, aún no ha surgido entre nosotros ningún obispo Don Oppas (“¡Maldito de ti, don Oppas / obispo de mala andanza!”), pero no lo descartemos en el futuro, dados estos tiempos convulsos; este obispo condujo sus tropas en contra de Rodrigo, que salió derrotado en la batalla de Guadalete (o de la Janda), que no se ponen de acuerdo los historiadores y juglares, y nunca sabremos dónde demonios fue.
Lo que sí puede afirmarse es que el reino visigótico ya no levantó cabeza (“Los vientos eran contrarios / la luna estaba crecida…”), y tuvo que pasar el tiempo para que, en las montañas de Covadonga, surgiera un bravo líder, don Pelayo, que empezó una operación de reconquista que duró casi ocho siglos, casi nada. Casi lo añoramos a estas alturas.
No sabemos qué premio recibió don Julián de sus nuevos amigos, los que arrasaron aquella España (“..y verás tus gentes muertas / y tu batalla rompida /y tus villas y ciudades /destruidas en un día”); no lo dicen las crónicas, pero puede ser que, o le fuera ofrecido un suntuoso palacio, o pagara cara su traición, por aquello, dicho mucho después en la historia, de que “el traidor no es necesario acabada la traición”.
Pero volvamos al presente, aunque la historia dicen que siempre se repite. Ahora, los donjulianes utilizan recursos más modernos y tecnológicos. Hablemos solo, en estas líneas, de los que le ofrece la psicosociología, y, en concreto, la manipulación del lenguaje, que, siguiendo la Ventana de Óverton, puede encandilar a las masas. Con respecto a Ceuta, me atrevo a pronosticar el futuro: atentos a la introducción en los medios afines al poder del término “cooficialidad”, que empezará a cundir en ciertas mentes…
Como ya sabemos, no es el pensamiento el que crea el lenguaje, sino este el que determina aquel; y los ciudadanos -romano-visigodos antes y españoles y europeos ahora- pueden verse encandilados por los recursos que, no por menos repetidos, causan menor impacto; como se deduce de las ideas del señor Overton, la viabilidad de implementación de una medida o idea política depende principalmente de “donde cae el grado de aceptabilidad social” (Antón Riestra). Olvidando ahora el Romancero, veamos algunos de los recursos que se están usando en la actualidad en manos de los donjulianes del momento.
Uno de ellos es el uso de eufemismos, términos aparentemente neutros, pero que calan en las poblaciones; así, la sustitución de la palabra “invasión” por el término “migración”; pero observemos que aquí también se enconde una trampa lingüística: se prescinde de los prefijos; así, “in-“ , que indica que se viene de fuera, o “e-“, que denota desde dentro hacia afuera; todos son “migrantes”, sin distinción, verdadero idiolecto, y algún iletrado confunde cuando los españoles emigrábamos a naciones centroeuropeas, con todos los requisitos legales, sanitarios e incluso educativos para sus vástagos, con las avalanchas que estamos recibiendo de otros lugares y otras culturas.
Un recurso, no por manido menos utilizado, es el empleo de las “palabras-policía”, que se encargan de desacreditar el contrario y desarmarlo si cae en la trampa; en este caso, es “racista”, con la que se rearman los grupos que intentaron competir con las gigantescas manifestaciones patrióticas en favor de Ceuta el pasado día 2 de septiembre. No hace falta desarmar tamaña estupidez, pero lo cierto es que se empleó, especialmente en las ciudades y pueblos catalanes para pretender desacreditar a quienes ondeaban banderas de España y de Ceuta.
Dentro de estas “palabras-policía”, no podía faltar el sufijo “fobia”; claro, todos los españoles, y especialmente los ceutíes, que protestan por la invasión, somos “islamófobos” , por mucho que respetemos la libertad religiosa y el origen cultural de muchos que viven entre nosotros.
El primer don Julián -si verdaderamente existió- no tenía a mano todos estos trucos y era mucho más bruto que los actuales; confiaba más en la fuerza de sus nuevos aliados y en la debilidad de las huestes del seductor don Rodrigo; lo que nunca sabremos con seguridad es si a estas huestes les fue prohibido el uso de sus armas reglamentarias y acudieron a la lid, en la Janda o en Guadalete, como oenegés visigóticas, por lo que no era extraño aquello de “las huestes de don Rodrigo / se desmayaban y huían…”
P.D. Juan Juaristi se me adelantó por horas, justo es reconocerlo (Tercera de ABC, 6 de septiembre) en la alusión a don Julián, cuando ya tenía un servidor esbozado el borrador de este artículo. No hay, sin embargo, ni plagio ni inspiración mutua, puesto que, aun incidiendo en el mismo personaje de historia / leyenda -el traidor- el gran periodista y escritor vasco se centra en tratar del Juan Goytisolo, autor que no figura, por supuesto, entre mis lecturas de cabecera.