
Manuel Parra Celaya. No es la primera ocasión en que, en el curso de una tertulia improvisada en que cada uno es libre de opinar, alguien me define, de sopetón, como “españolista”, y no precisamente refiriéndose al club de fútbol más añejo de Barcelona. Mi respuesta suele sorprender, pues, como dijo alguien, ese término casi me molesta: me defino como “español”, sin el sufijo, y eso sí, a machamartillo.
Añadir el sufijo -ista me suena, sin poder evitarlo, a esa “gruesa patriotería de charanga” o a un “patriotismo elemental”, expresiones despectivas que usó un gran español. Por ello, prefiero con mucho el concepto de “españolidad”, que es una mejor forma de definir la Idea; mi sentido patriótico nace, como todo amor verdadero y permanente, de la razón y, además, del dolor de España, a la manera unamuniana.
Españolidad es el término rotundo y exacto; significa una identificación con una tarea de generaciones, con un esfuerzo constante, y, además, abierta al universo, al conjunto de otras naciones que conforman nuestra Ecúmene, europea y atlántica, sin ningún tipo de cerrazón; porque un patriotismo verdadero no es un puro afecto, casi vegetal por su proximidad a la tierra, un enamoramiento de una geografía determinada, de unas costumbres o de una lengua.
Españolidad, por lo tanto, rima y no casualmente, con universalidad, concepto en el que se define con exactitud lo que constituyó -y debe seguir constituyendo, a pesar de la evidencia de un triste presente- la razón del ser de España a lo largo de la historia. Pues una patria no es un pueblo o conjunto de pueblos cerrados en sí mismos, sino configurados por una misión que cumplir entre las naciones, es decir, al modo de Ortega, no para estar juntos, sino para hacer algo juntos.
Y ocurre lo mismo, en mi propio lugar de nacimiento y de hábitat, con las palabras “catalanismo” y “catalanidad”; la primera de ellas también sugiere cerrazón, mirarse el ombligo, apego al terruño; puro sentimiento débil que no concuerda con lo que hoy en día se llama ser emprendedores. No es extraño que esos -ismos evoquen fatalmente el común denominador de localismos y, por derivación política, el de nacionalismos, que, en el fondo, no son otra cosa que un egoísmo de los pueblos; y, por seguir la derivación y no casualmente, el de separatismos o secesionismos, con lo que culmina el proceso de obcecación mental, sentimental y anímica que viene a socavar el verdadero sentido de esas palabras.
Con mi definición de catalanidad y de españolidad, son perfectamente compatibles el amor natural a la tierra que nos vio nacer, la patria chica, y el amor a la empresa colectiva de la patria grande y común. Las exclusiones y supremacismos aldeanos se producen cuando imperan precisamente los ismos, como un sufijo definidor; y esto sin depender del tamaño, pues, como dijo Eugenio d´Ors, “todo nacionalismo es, en el fondo, un separatismo; la extensión no importa”.
Por supuesto y como todos sabemos, en la España de las Autonomías predominan los sufijos de -ismos; los ciudadanos que habitan en un determinado territorio suelen poner por delante de sus preferencias su querencia con lo próximo, lo que viene dado por la naturaleza, la cual es un elemento distorsionador con doble efecto: con respecto a España y con relación, aunque no lo advierta el hablante, con su propia región, territorio o Comunidad Autónoma; las palabras de Mairena-Machado, refiriéndose al caso andaluz, son aplicables a todas las Comunidades: “español de segunda y andaluz de tercera”.
Por lo mismo, el que blasona de “españolismo” y no de “españolidad” suele encararse frontalmente con los otros ismos, los territoriales, que siempre tendrán ventaja sobre él en el debate, pues los afectos más primitivos e inmediatos prevalecen inconscientemente sobre aquellos otros para los que se requieren, además del corazón, inteligencia y voluntad; esta reflexión proviene de José Antonio Primo de Rivera, cuyo amor y comprensión de Cataluña está fuera de toda duda, como reconoció incluso Jordi Pujol.
No es posible ni certero un supuesto “nacionalismo español”; solo existió en nuestro malhadado siglo XIX y así nos fue. No es extraño que, en esta sociedad confusa en la que estamos insertados, se confundan, ya no la velocidad y el tocino, sino la posibilidad de un verdadero sentido patriótico; así, quieras o no, se levantan tantos agravios en la prensa diaria y en boca de los aprendices de políticos, que conforman, en todos los sentidos, una masa sin rumbo fijo que, volviendo a Machado, solo utiliza la cabeza para embestir.
Como pueden ver los lectores, este repaso sobre los sufijos y sus diferencias no proviene tan solo de mi antigua profesión de Profesor de Lengua, sino de mi convicción profunda de español; déjenme aislarme de los -ismos excluyentes, de bajos vuelos; me reafirmo en mi catalanidad y españolidad, que, por cierto, rima también, y no casualmente, con Hispanidad.