
Manuel Parra Celaya. Con toda mi sinceridad y prudencia, no me atrevo del todo a opinar sobre la situación de Venezuela tras la drástica intervención del Vecino del Norte, que es, por cierto, del mismo origen étnico que quienes patrocinaron -con dinero, armas, combatientes y sociedades más o menos secretas- su independencia de la Corona española, allá por los años 20 del siglo XIX. En un reciente artículo (recuerden: Bailes prenavideños) ya expresaba mi punto de vista sobre Maduro y Trump, con un dolido fondo poético de inmortales versos hispánicos de Rubén Darío -al norte hay un pueblo alegre y al sur veinte pueblos tristes-, y no tengo nada que añadir ni que rectificar al respecto, tras el giro (¿insospechado?) de la situación.
Manel Parra Celaya. No se trata de un cuento de Navidad, a la manera de Dickens o del injustamente silenciado Sánchez-Silva; tampoco es una inocentada, porque bastante tenemos con las que nos caen encima todos los días del año dada la situación por la que atraviesa España. Empecemos por la historia…
Érase una vez una región española bastante depauperada, tanto por su casi ancestral aislamiento geográfico como por la persistencia en el tiempo del desinterés de los políticos ante una injusticia atávica; algunas viviendas parecían haber sobrevivido de un pasado remoto, con cuatro paredes de barro. Un mandatario emprendedor -como ahora se dice- quiso coger el toro por los cuernos y pretendió hacer frente al problema construyendo embalses para el regadío y edificando pueblos nuevos para sustituir los chamizos en que malvivían las gentes.
Tuvo un gran impedimento legal: había que expropiar, y se topó con la negativa rotunda de la propietaria, una dama de alcurnia en su apellido que argüía sus derechos ancestrales sobre las tierras, que estaba casada, además, con un militar de gran peso específico en aquellos tiempos.
Manuel Parra Celaya. Hace once meses que el Presidente del Gobierno español inauguró un llamado “año de Franco”, pero los fastos previstos para esta insólita conmemoración, auspiciada por un odio irracional y por un estúpido revanchismo, se han visto aguados por otros temas más urgentes que han ido llegando a su ya repleta cartera de eventos desagradables para él y sus colaboradores.
A finales del siglo pasado, el escritor D. Antonio Castro Villacañas dejó escrita una frase que cobra hoy actualidad: “Ser hoy franquista es un anacronismo, pero ser antifranquista es una tontería”. Efectivamente: mientras perdure una absurda dialéctica franquismo-antifranquismo -seguía este autor- “España seguirá viviendo una etapa de transitoriedad insegura”. Bien, pues, transcurrido un cuarto de siglo e inmersos en problemas acuciantes de orden interno e internacional, seguimos en la inseguridad, sin que sepamos cuándo saldremos de ese tránsito aberrante.
Manuel Parra Celaya. No es ético, de manera alguna, frivolizar sobre el tema del bulling en nuestras aulas, toda vez que, además de su dimensión ética y educativa, ha ido llevando a algunos niños y adolescentes al suicidio. Aunque no se llegue a este extremo, no se puede desconocer la angustia de quienes son objeto de burlas, de intimidación o de saña sin paliativos, aunque no suelan aparecer en las televisiones o en la prensa; hacerlo supondría conceder una patente de corso a quienes se consideran por encima de los demás y cuyo menosprecio al débil atenta contra la dignidad humana.
Si hacemos un poco de historia -incluso personal- reconoceremos que el bulling ha existido siempre, especialmente contra aquellos alumnos que presentan algún rasgo que los hace diferentes al conjunto de la clase; es ya clásica la tirria al empollón, al que hace puntualmente sus deberes, al que lleva gafas, al que tiene alguna anomalía física, al débil, al que no da pie con bola en los partidos de fútbol… Mil y una causa, que nunca razones, que ocasionan que los machotes (o machorras, que en este punto no hay distinción de sexos) se ceben en otros compañeros. No hay ni que recordar que los móviles y las redes sociales, en la actualidad, han proporcionado armas a esos indeseables.
Manuel Parra Celya. Cuando se acercaban estas fechas, estuviera o no en el programa oficial, solía un servidor hablar a sus alumnos de Don Juan Tenorio, comparando el sentido de las versiones de Tirso de Molina y de José Zorrilla, perspectivas barroca y romántica respectivamente. Si se trataba de una asignatura de Literatura española específica de Bachillerato, y con cierto interés probado por parte de la clase, profundizaba incluso en los antecedentes del mito y finalizaba con unas reflexiones extraliterarias. Desde mi jubilación, solo me queda el consuelo de releer algunas estrofas o recuperar en la pantalla de mi televisor los CD de las grabaciones en que intervenían los magistrales Concha Bautista y Paco Rabal, en el caso del Tenorio de Zorrilla, o revivir, en el Burlador de Tirso a una Ana de Ulloa con la gentil y malograda actriz Inma de Santis. Todo ello, claro, al compás de la tradicional Castañada y con total desdén del Halloween
Manuel Parra Celaya. Acabadas las celebraciones de la Navidad y devueltas las figuras del Pesebre a los desvanes, vale la pena preguntarnos si la festividad ha dejado huella en nosotros o ha quedado resumida, de forma añorante ahora, a un espacio festivo. No está de más, en consecuencia, relacionarlas con este renuevo de religiosidad que parece apuntarse. Decía Chesterton que el nuevo rebelde es un escéptico y no se fía de nada. Carece de lealtades y, por tanto, no puede ser un auténtico revolucionario; pero ha llovido mucho desde que estas palabras fueron escritas, y entonces este panorama era muy certero entre una gran parte de los jóvenes de nuestro mundo occidental.
Manuel Parra Celaya. Me han cerrado la Sierra de Collserola, paraje cercano a mi ciudad de Barcelona, así como otros parques naturales próximos, y el motivo (que parece justificado según lo entiendo a priori) es la fiebre porcina, detectada en la multitud de jabalíes que pueblan la zona, y esa abundancia se debe, claro, a las presiones ecologistas en contra de la caza; dicen que pueden contagiar a los cerdos de las granjas, lo que representaría un gran perjuicio económico para la exportación de productos chacineros. Leo que también en Valencia han puesto en una especie de cuarentena muchos municipios.
Manuel Parra Celaya. Hace unos días me pareció muy oportuna la bronca y legionaria respuesta de Arturo Pérez-Reverte a las insinuaciones -de momento, solo insinuaciones- sobre cómo se debe hablar y escribir, qué expresiones se decretan como non gratas y, en general, cuáles son las directrices que deben presidir la comunicación entre los españoles. Recuerdo que en el curso de una clase en la Facultad -hace, ¡ay!, bastantes años- un profesor de lingüística, sacerdote por más señas, afirmó en el aula que solo las dictaduras se atreven a dirigir el lenguaje de los pueblos; al decir esto, puso un ejemplo del italiano en la era de Mussolini, pero, significativamente, guiñó un ojo a la concurrencia, gesto que mereció algunas sonrisas en el auditorio por su “osadía” (estoy refiriéndome a los años 70 del siglo pasado); creo que el franquismo no había intervenido nunca en el lenguaje ciudadano, ni siquiera cuando se explicaban chistes sobre Franco en los bares en voz alta.
Manuel Parra Celaya. Una de las aparentes paradojas de nuestra época es la eclosión del individualismo más atroz junto a la constante aspiración a formar parte de un rebaño más o menos organizado pero siempre canalizado y dirigido. Esto segundo lo sentimos en nuestras propias carnes y lo aceptamos servilmente cuando nos sitúan en esos endemoniados pasillos de pivotes y cintas en aeropuertos y estaciones de trenes, donde al cruzarte una y otra vez y en un sentido u otro con otros viajeros que forman las colas no podemos de dejar de sentirnos verdaderamente estúpidos. Lo primero, el individualismo como norma social, es producto del neoliberalismo que nos rige globalmente.
No tenemos más remedio que repasar a Ortega cuando nos dice que “a las masas no les preocupa más que su bienestar y al mismo tiempo una insolidaridad de las causas de ese bienestar”, pues las suelen entender como “derechos nativos”, y esto es aplicable a los llamados derechos de segunda o tercera generación.
Manuel Parra Celaya. Recuerdo un cuento oriental que alguna vez leí y que, ahora, me ha venido a la memoria, cuando los medios de difusión se apresuran a hacer olvidar de un día para otro, no solo la historia de España, sino el penúltimo escándalo para que tenga algún espacio el siguiente; en este sentido, se puede decir que la realidad supera con mucho a la ficción. Pero vayamos al cuento, que seguro es conocido.
Un sultán deseaba construir un gran palacio para albergar a una princesa, su favorita. Convocó a los mejores arquitectos de su reino e incluso se hizo traer a los mejores maestros de allende de sus fronteras; indagó qué ingenieros serían capaces de rodear la nueva residencia de hermosos jardines, con fuentes y arroyos artificiales de aguas cristalinas que convirtieran su periferia en fantásticos lugares de asueto; convino con los mejores escultores qué estatuas deberían ornar el interior del palacio y sus alrededores…