
Manuel Parra Celaya. Tomo prestado el título de este artículo de unos versos de Agustín de Foxá, que poco dirán, de entrada, a algunos lectores; tenía en cartera otra frase de significado parecido, de distinto origen y tiempo, que rezaba “vivir no es importante, navegar sí”, pero me pareció demasiado inquietante, acaso guerrera y poco práctica en nuestros días, además de que algún malintencionado podría relacionarla con la fragata defensora de Chipre. De todas formas, los términos vela y aventura del poeta mencionado sugieren la idea de simbólica navegación; es decir, ser capaz de arriesgarse para arribar a buen puerto, que es lo que todos deseamos en la vida.
Manuel Parra Celaya. Ni güelfos ni gibelinos: no era más que una fake news, en este caso concreto procedente de El País, para variar. En efecto, la supuesta noticia decía que, en el curso de una audiencia que mantuvieron representantes de la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Española en el mes de noviembre, León XIV “había alertado a los obispos españoles del auge ultraderechista en España”, lo que constituía su “mayor preocupación” para nuestra patria.
Ni una coma era cierta; en realidad, lo que manifestó fueron “los riesgos de someter la Fe a las ideologías”, y sin mencionar ninguna en concreto; pero, como prueba evidente, el sensacionalismo de la prensa adicta, que corroboraba las verdaderas palabras del Pontífice: la religiosidad manipulada por una ideología, en concreto, el sanchismo.
Manuel Parra Celaya. Tras varios años sin recorrer pasillos de Facultades universitarias, ha tenido ocasión de hacerlo de nuevo por un asunto familiar, sin especial implicación ni dicente ni discente por mi parte. Podría haber titulado estas líneas entre la nostalgia y el desencanto o algo así, pero, para no alargarme, prefiero sintetizar mis impresiones.
Lo de la nostalgia es evidente: lejana queda mi carrera, la posterior asistencia constante a cursos de verano y a los de Doctorado, los inevitables recuerdos de lugares, personas y, cómo no, de incipientes enamoramientos, el trasiego de apuntes intercambiados, las largas horas en la biblioteca, los disturbios del tardofranquismo, los nervios ante el reparto por los bedeles de papeletas con los resultados y, por qué no, la posibilidad de fumar una pipa durante las clases…Todo ello quedó atrás y es muy posible que suene a celuloide rancio para muchos.
Manuel Parra Celaya. Como todo conductor obediente -aunque no sumiso- he adquirido la baliza V-16 y la llevo de servicio en la guantera de mi vehículo. Y, como cualquier ciudadano que se precie, no he dejado de cuestionarme personalmente su presunta eficacia, sus riesgos y la razón de ser de su obligatoriedad, aunque “de momento” (Marlaska dixit) no se aplicarán sanciones a los díscolos o despistados y sí “advertencias”. He leído sobre su presunta eficacia, de la que no puedo dudar por sistema, y también sobre sus posibles inconvenientes; espero, en definitiva, no tener que hace uso del dispositivo que dicen está conectado ipso facto a la DGT y a los servicios de ayuda en carretera; por si acaso, dada la última concesión de las autoridades, no me he desprendido de los triángulos…
Manuel Parra Celaya. Con toda mi sinceridad y prudencia, no me atrevo del todo a opinar sobre la situación de Venezuela tras la drástica intervención del Vecino del Norte, que es, por cierto, del mismo origen étnico que quienes patrocinaron -con dinero, armas, combatientes y sociedades más o menos secretas- su independencia de la Corona española, allá por los años 20 del siglo XIX. En un reciente artículo (recuerden: Bailes prenavideños) ya expresaba mi punto de vista sobre Maduro y Trump, con un dolido fondo poético de inmortales versos hispánicos de Rubén Darío -al norte hay un pueblo alegre y al sur veinte pueblos tristes-, y no tengo nada que añadir ni que rectificar al respecto, tras el giro (¿insospechado?) de la situación.
Manuel Parra Celaya. Hace algunos años, bastantes, los ecos de sociedad solían acaparar la atención de un público, mayoritariamente femenino, al cual se le aplicaba malévolamente el título de “marujas”, por generalización de los personajes del genial Forges. Entiendo que el uso de este término en estos momentos puede estar perseguido, lo que me impide, por precaución, resucitarlo y aplicarlo a diversas señoras o señoritas vinculadas al Ministerio de Igualdad.
Manuel Parra Celaya. He leído, por el momento de pasada, una referencia sobre la escritora ucraniana Oksana Zabuznko (ABC. 20-II-26), cuyo titular es “En Ucrania de está leyendo mucha poesía, incluso en las trincheras”; he de reconocer mi ignorancia sobre esta autora, que algún día intentaré paliar, pero la cita me ha recordado que este año se cumple el noventa aniversario de una generación literaria española, que resultó fatalmente escindida por bandos en lucha -como todo el pueblo español- en la fecha de 1936. La llamada generación del 36 está quedando olvidada, no solo en los faustos oficiales (lo que sería un mal menor o una ventaja), sino en la memoria de los españoles de hoy, quizás un poco renuentes a la poesía y un mucho con respecto a nuestra historia en general por efecto de las llamadas “memorias”, verdaderos corsés inquisitoriales que pretenden avivar artificialmente los resentimientos de antaño y establecer fronteras absurdas entre el bien y el mal.
Manuel Parra Celaya. Menudo disgusto se han llevado los neoinquisidores del laicismo con la celebración de los funerales religiosos por las víctimas del tremendo accidente ferroviario de Adamuz. En estos casos, no ha triunfado la corriente secularizadora en boga sobre la voluntad de los familiares y el asentimiento -nos figuramos que fervoroso- de bastantes prelados españoles.
Por esta vez, no hemos contemplado de momento las puestas en escena de otras ocasiones, que algunos expertos entendían como pseudomasónicas o sin el prefijo en cuestión; en ellas se pretendía paliar, con ceremoniales diseñados oficialmente y sin la menor invocación a la Trascendencia, la pena de los deudos de los fallecidos y de las poblaciones. Uno opina que precisamente la dimensión trascendente del ser humano, que implica la confianza en el Dios del Amor y la esperanza del reencuentro en el Más Allá, es lo único que sirve de consuelo.
Manuel Parra Celaya. Por lo que podemos ver, la sociedad española está repleta de expertos en los más diversos temas, situación que se pone de manifiesto especialmente cuando nos sacuden catástrofes, sean naturales -previsibles o imprevisibles-, sean desaguisados causados directa o indirectamente por la mano del hombre. Tuvimos experiencias sobradas de ello cuando la pandemia de la Covid o cuando la Dana; luego, con el apagón y, ahora, con la catástrofe ferroviaria de Córdoba y su repercusión en otros lugares. Casualmente, los menos expertos -anotemos- suelen ser los responsables concretos, subordinados a los ministerios correspondientes, aunque se les suponga técnicos.
Manuel Parra Celaya. Acabadas las celebraciones de la Navidad y devueltas las figuras del Pesebre a los desvanes, vale la pena preguntarnos si la festividad ha dejado huella en nosotros o ha quedado resumida, de forma añorante ahora, a un espacio festivo. No está de más, en consecuencia, relacionarlas con este renuevo de religiosidad que parece apuntarse. Decía Chesterton que el nuevo rebelde es un escéptico y no se fía de nada. Carece de lealtades y, por tanto, no puede ser un auténtico revolucionario; pero ha llovido mucho desde que estas palabras fueron escritas, y entonces este panorama era muy certero entre una gran parte de los jóvenes de nuestro mundo occidental.