
Manuel Parra Celya. Cuando se acercaban estas fechas, estuviera o no en el programa oficial, solía un servidor hablar a sus alumnos de Don Juan Tenorio, comparando el sentido de las versiones de Tirso de Molina y de José Zorrilla, perspectivas barroca y romántica respectivamente. Si se trataba de una asignatura de Literatura española específica de Bachillerato, y con cierto interés probado por parte de la clase, profundizaba incluso en los antecedentes del mito y finalizaba con unas reflexiones extraliterarias. Desde mi jubilación, solo me queda el consuelo de releer algunas estrofas o recuperar en la pantalla de mi televisor los CD de las grabaciones en que intervenían los magistrales Concha Bautista y Paco Rabal, en el caso del Tenorio de Zorrilla, o revivir, en el Burlador de Tirso a una Ana de Ulloa con la gentil y malograda actriz Inma de Santis. Todo ello, claro, al compás de la tradicional Castañada y con total desdén del Halloween
Manuel Parra Celaya. Recuerdo un cuento oriental que alguna vez leí y que, ahora, me ha venido a la memoria, cuando los medios de difusión se apresuran a hacer olvidar de un día para otro, no solo la historia de España, sino el penúltimo escándalo para que tenga algún espacio el siguiente; en este sentido, se puede decir que la realidad supera con mucho a la ficción. Pero vayamos al cuento, que seguro es conocido.
Un sultán deseaba construir un gran palacio para albergar a una princesa, su favorita. Convocó a los mejores arquitectos de su reino e incluso se hizo traer a los mejores maestros de allende de sus fronteras; indagó qué ingenieros serían capaces de rodear la nueva residencia de hermosos jardines, con fuentes y arroyos artificiales de aguas cristalinas que convirtieran su periferia en fantásticos lugares de asueto; convino con los mejores escultores qué estatuas deberían ornar el interior del palacio y sus alrededores…
Manuel Parra Celaya. A fuer de catalán, me declaro fielmente orsiano, pues tengo para mí que D. Eugenio d´Ors representó en el siglo XX el culmen de la filosofía en mi tierra, en paralelo al cenit madrileño en Ortega y Gasset, ambos tan diferentes y, no obstante, tan coincidentes en muchas cosas. Y he aquí que, en vísperas de la Fiesta Nacional de España, que equivale en profundo al Día de la Hispanidad, recurro al Maestro Xenius, para confirmar las ideas esenciales, por una parte, y, por la otra, para desplegar en el tiempo sus aciertos, esta vez entresacados de su Nuevo Glosario. Dice don Eugenio que la idea de la Hispanidad puede ser un numen “a condición de que se descubra en ella aquella vocación universal por cuya virtud la esencia alquitarada de lo que pudo tomarse por estrechamente nacional se vierte en la amplitud de lo ecuménico y católico”.
Manuel Parra Celaya. Qué les voy a decir: no soy asiduo en absoluto de TV3, ni a muchas otras cadenas, (por no decir a ninguna), pero, en el caso concreto de la televisión autonómica -por referirme a ella con este eufemismo legal- el motivo es que se trata de un instrumento propagandístico esencial del nacionalismo separatista en Cataluña, y un servidor, como catalán -y, por tanto, español- lo rechaza de forma instintiva, moral y nacional.
Hice una excepción a causa del anuncio de fuertes lluvias y tormentas “en el este peninsular” (la palabra España no se menciona nunca en esa cadena) y quise conocer de cerca si debía desenfundar el paraguas en Barcelona; la cadena superó con mucho mis expectativas, pues me informó, no solo de la posibilidad de lluvia en mi ciudad y en mi Comunidad, sino de la previsión del tiempo en todos los “Països Catalans”, así como lo oyen.
Manuel Parra Celaya. Una ola de antijudaísmo recorre Europa. No digo de antisemitismo, porque entiendo que los dos bandos en guerra abierta en Oriente Próximo se reconocen en el mismo origen étnico. Ahora, en nuestros lares, el debate parece centrarse en un simple tema lingüístico: “genocidio” sí o no, aunque nuestro Gobierno se ha decantado de entrada por la primera opción; dicen que hay palabras en propiedad, como esa misma y la acuñada tras la 2ª GM de “holocausto”, pero prefiero atarme al significado que da la RAE de “matanza de seres humanos”, sin precisar víctimas y victimarios.
Manuel Parra Celaya. Muchos coincidimos en que la mostrenca y anticuada clasificación de derechas e izquierdas ya ha quedado arrumbada en el polvoriento desván de la historia. La prueba de ello me dan los propios representantes de los partidos, que han ido arrinconando estos términos en desuso, ocultándolos, silenciándolos o dejándolos caer solamente para sus hinchadas más fieles y retrógradas.
La tradicional derecha hace tiempo que apeó esta denominación, quizás por su empecinamiento vergonzante en romper todo vínculo y alusión con el proscrito franquismo, y acude a definiciones más actuales, algunos como “conservadora”, otros como “liberal”, o, en sus ensoñaciones más demagógicas, al insulso apelativo de “centrismo”.
Manuel Parra Celaya. O, si lo prefieren, y con perdón, el culo y las témporas. Sin pretender sentar cátedra de antropólogo, me voy a referir a cuestiones que, desde el punto de vista de una lógica elemental, no guardan relación entre sí, pero se ven imbricadas en las conciencias por causas ajenas a su naturaleza.
Pongamos como primer ejemplo la política y el fútbol; aquella puede considerarse, según las versiones que consultemos, una ciencia o un arte; el fútbol consiste (según algunos) en un deporte; según otros, en un espectáculo; y, según mi humilde opinión, en un negocio. Pero las respectivas hinchadas se apresuran a vivirlo con fanatismo irredento, adaptando los colores de sus equipos a la opción política más radical que encuentren a su paso (y no digo ideológica pues no acostumbran a entender de ideas), sobre todo si el equipo rival enarbola con idéntica pasión símbolos enemigos.
Manuel Parra Celaya. Es evidente que todos los regímenes que han existido en el mundo han procurado que los ciudadanos se acomodaran a las ideas predominantes, fuera de forma directa o indirecta, mediante el recurso del cine. Al proclamarse como panacea social el dogma de la libertad, puede darnos la impresión de que cualquiera tiene barra libre para transmitir sus (respetables) ideas mediante una película, en la confianza de que los espectadores aplicarán su raciocinio y aceptarán o no el mensaje; por un momento, hagamos omisión del importante aspecto de quiénes la van a subvencionar, pues, si se trata de instituciones públicas, es muy probable que el guion y el montaje deban adaptarse -hoy por hoy- a la corrección política.
Manuel Parra Celaya. Es difícil opinar desde la lejanía y la carencia de conocimientos técnicos, pero eso no nos evita a quienes habitamos en las ciudades -más o menos cómodamente- angustiarnos , en lugar de adoptar una actitud de indiferencia, ante las catástrofes de todo tipo que afectan a los lugares de la España rural. En primer lugar, por un mínimo sentido de la solidaridad y de amor al prójimo (pues, a veces, nuestros prójimos no coinciden en demasía con algunos próximos…y ustedes me entienden); en segundo lugar, por patriotismo, pues son, en definitiva territorios hermanos los que sufren las arremetidas de las danas o la vorágine de las llamas, sean cuales sean los culpables y sus motivos.
Este verano, en concreto, se nos hace casi imposible abrir un periódico o seguir las noticias del televisor con impasibilidad; a veces, no puedo evitar que salgan imprecaciones de calibre de mi boca ante el dantesco espectáculo de los incendios; y que conste que no me centro en los presuntos pirómanos (que haberlos, haylos, según dicen), sino en los demagogos e inútiles, a los que, de momento sin acritud, prefiero calificar con el moratiniano apelativo de expertos a la violeta.
Manuel Parra Celaya. Muchos atesoramos en los años juveniles hermosas utopías que proporcionaban fundamento a la rebeldía, a modo de horizontes a los que arribar. Conforme esos hitos ideales se iban dilatando y difuminando en el espacio y en el tiempo por mor de las circunstancias, incapaces de ser vencidas por la voluntad, podía cundir el desánimo, al entender, desde un uso estricto de la razón, que no se trataba más que de sueños inalcanzables. Quedaban como meras palabras encerradas en los textos, en debates y conferencias, y se iban difuminando en la memoria y en los deseos; luego, el transcurso de la vida y sus realidades y exigencias los iba arrinconando, tanto en su uso como en su capacidad de representar el leit motiv del idealismo de antaño.