
Manuel Parra Celaya. Tras varios años sin recorrer pasillos de Facultades universitarias, ha tenido ocasión de hacerlo de nuevo por un asunto familiar, sin especial implicación ni dicente ni discente por mi parte. Podría haber titulado estas líneas entre la nostalgia y el desencanto o algo así, pero, para no alargarme, prefiero sintetizar mis impresiones.
Lo de la nostalgia es evidente: lejana queda mi carrera, la posterior asistencia constante a cursos de verano y a los de Doctorado, los inevitables recuerdos de lugares, personas y, cómo no, de incipientes enamoramientos, el trasiego de apuntes intercambiados, las largas horas en la biblioteca, los disturbios del tardofranquismo, los nervios ante el reparto por los bedeles de papeletas con los resultados y, por qué no, la posibilidad de fumar una pipa durante las clases…Todo ello quedó atrás y es muy posible que suene a celuloide rancio para muchos.
Manuel Parra Celaya. Menudo disgusto se han llevado los neoinquisidores del laicismo con la celebración de los funerales religiosos por las víctimas del tremendo accidente ferroviario de Adamuz. En estos casos, no ha triunfado la corriente secularizadora en boga sobre la voluntad de los familiares y el asentimiento -nos figuramos que fervoroso- de bastantes prelados españoles.
Por esta vez, no hemos contemplado de momento las puestas en escena de otras ocasiones, que algunos expertos entendían como pseudomasónicas o sin el prefijo en cuestión; en ellas se pretendía paliar, con ceremoniales diseñados oficialmente y sin la menor invocación a la Trascendencia, la pena de los deudos de los fallecidos y de las poblaciones. Uno opina que precisamente la dimensión trascendente del ser humano, que implica la confianza en el Dios del Amor y la esperanza del reencuentro en el Más Allá, es lo único que sirve de consuelo.
Manuel Parra Celaya. Como todo conductor obediente -aunque no sumiso- he adquirido la baliza V-16 y la llevo de servicio en la guantera de mi vehículo. Y, como cualquier ciudadano que se precie, no he dejado de cuestionarme personalmente su presunta eficacia, sus riesgos y la razón de ser de su obligatoriedad, aunque “de momento” (Marlaska dixit) no se aplicarán sanciones a los díscolos o despistados y sí “advertencias”. He leído sobre su presunta eficacia, de la que no puedo dudar por sistema, y también sobre sus posibles inconvenientes; espero, en definitiva, no tener que hace uso del dispositivo que dicen está conectado ipso facto a la DGT y a los servicios de ayuda en carretera; por si acaso, dada la última concesión de las autoridades, no me he desprendido de los triángulos…
Manuel Parra Celaya. Por lo que podemos ver, la sociedad española está repleta de expertos en los más diversos temas, situación que se pone de manifiesto especialmente cuando nos sacuden catástrofes, sean naturales -previsibles o imprevisibles-, sean desaguisados causados directa o indirectamente por la mano del hombre. Tuvimos experiencias sobradas de ello cuando la pandemia de la Covid o cuando la Dana; luego, con el apagón y, ahora, con la catástrofe ferroviaria de Córdoba y su repercusión en otros lugares. Casualmente, los menos expertos -anotemos- suelen ser los responsables concretos, subordinados a los ministerios correspondientes, aunque se les suponga técnicos.
Manuel Parra Celaya. Con toda mi sinceridad y prudencia, no me atrevo del todo a opinar sobre la situación de Venezuela tras la drástica intervención del Vecino del Norte, que es, por cierto, del mismo origen étnico que quienes patrocinaron -con dinero, armas, combatientes y sociedades más o menos secretas- su independencia de la Corona española, allá por los años 20 del siglo XIX. En un reciente artículo (recuerden: Bailes prenavideños) ya expresaba mi punto de vista sobre Maduro y Trump, con un dolido fondo poético de inmortales versos hispánicos de Rubén Darío -al norte hay un pueblo alegre y al sur veinte pueblos tristes-, y no tengo nada que añadir ni que rectificar al respecto, tras el giro (¿insospechado?) de la situación.
Manuel Parra Celaya. Acabadas las celebraciones de la Navidad y devueltas las figuras del Pesebre a los desvanes, vale la pena preguntarnos si la festividad ha dejado huella en nosotros o ha quedado resumida, de forma añorante ahora, a un espacio festivo. No está de más, en consecuencia, relacionarlas con este renuevo de religiosidad que parece apuntarse. Decía Chesterton que el nuevo rebelde es un escéptico y no se fía de nada. Carece de lealtades y, por tanto, no puede ser un auténtico revolucionario; pero ha llovido mucho desde que estas palabras fueron escritas, y entonces este panorama era muy certero entre una gran parte de los jóvenes de nuestro mundo occidental.
Manel Parra Celaya. No se trata de un cuento de Navidad, a la manera de Dickens o del injustamente silenciado Sánchez-Silva; tampoco es una inocentada, porque bastante tenemos con las que nos caen encima todos los días del año dada la situación por la que atraviesa España. Empecemos por la historia…
Érase una vez una región española bastante depauperada, tanto por su casi ancestral aislamiento geográfico como por la persistencia en el tiempo del desinterés de los políticos ante una injusticia atávica; algunas viviendas parecían haber sobrevivido de un pasado remoto, con cuatro paredes de barro. Un mandatario emprendedor -como ahora se dice- quiso coger el toro por los cuernos y pretendió hacer frente al problema construyendo embalses para el regadío y edificando pueblos nuevos para sustituir los chamizos en que malvivían las gentes.
Tuvo un gran impedimento legal: había que expropiar, y se topó con la negativa rotunda de la propietaria, una dama de alcurnia en su apellido que argüía sus derechos ancestrales sobre las tierras, que estaba casada, además, con un militar de gran peso específico en aquellos tiempos.
Manuel Parra Celaya. Me han cerrado la Sierra de Collserola, paraje cercano a mi ciudad de Barcelona, así como otros parques naturales próximos, y el motivo (que parece justificado según lo entiendo a priori) es la fiebre porcina, detectada en la multitud de jabalíes que pueblan la zona, y esa abundancia se debe, claro, a las presiones ecologistas en contra de la caza; dicen que pueden contagiar a los cerdos de las granjas, lo que representaría un gran perjuicio económico para la exportación de productos chacineros. Leo que también en Valencia han puesto en una especie de cuarentena muchos municipios.
Manuel Parra Celaya. Hace once meses que el Presidente del Gobierno español inauguró un llamado “año de Franco”, pero los fastos previstos para esta insólita conmemoración, auspiciada por un odio irracional y por un estúpido revanchismo, se han visto aguados por otros temas más urgentes que han ido llegando a su ya repleta cartera de eventos desagradables para él y sus colaboradores.
A finales del siglo pasado, el escritor D. Antonio Castro Villacañas dejó escrita una frase que cobra hoy actualidad: “Ser hoy franquista es un anacronismo, pero ser antifranquista es una tontería”. Efectivamente: mientras perdure una absurda dialéctica franquismo-antifranquismo -seguía este autor- “España seguirá viviendo una etapa de transitoriedad insegura”. Bien, pues, transcurrido un cuarto de siglo e inmersos en problemas acuciantes de orden interno e internacional, seguimos en la inseguridad, sin que sepamos cuándo saldremos de ese tránsito aberrante.
Manuel Parra Celaya. Hace unos días me pareció muy oportuna la bronca y legionaria respuesta de Arturo Pérez-Reverte a las insinuaciones -de momento, solo insinuaciones- sobre cómo se debe hablar y escribir, qué expresiones se decretan como non gratas y, en general, cuáles son las directrices que deben presidir la comunicación entre los españoles. Recuerdo que en el curso de una clase en la Facultad -hace, ¡ay!, bastantes años- un profesor de lingüística, sacerdote por más señas, afirmó en el aula que solo las dictaduras se atreven a dirigir el lenguaje de los pueblos; al decir esto, puso un ejemplo del italiano en la era de Mussolini, pero, significativamente, guiñó un ojo a la concurrencia, gesto que mereció algunas sonrisas en el auditorio por su “osadía” (estoy refiriéndome a los años 70 del siglo pasado); creo que el franquismo no había intervenido nunca en el lenguaje ciudadano, ni siquiera cuando se explicaban chistes sobre Franco en los bares en voz alta.