
Manuel Parra Celaya. Como todo conductor obediente -aunque no sumiso- he adquirido la baliza V-16 y la llevo de servicio en la guantera de mi vehículo. Y, como cualquier ciudadano que se precie, no he dejado de cuestionarme personalmente su presunta eficacia, sus riesgos y la razón de ser de su obligatoriedad, aunque “de momento” (Marlaska dixit) no se aplicarán sanciones a los díscolos o despistados y sí “advertencias”.
He leído sobre su presunta eficacia, de la que no puedo dudar por sistema, y también sobre sus posibles inconvenientes; espero, en definitiva, no tener que hace uso del dispositivo que dicen está conectado ipso facto a la DGT y a los servicios de ayuda en carretera; por si acaso, dada la última concesión de las autoridades, no me he desprendido de los triángulos…
Ese cuestionarme esa estricta imposición para los vehículos españoles obedece a haber sido educado, ya de jovencito, en el pensamiento crítico y no en la docilidad mayoritaria; también tengo curiosidad por saber la rentabilidad económica de las empresas fabricantes y quiénes figuran en sus consejos de administración, pero quizás esto sea lo de menos con la que está cayendo.
Resulta que, con todo ese lío, he sufrido una pesadilla cuyo protagonismo corresponde a la baliza de marras; habrá quien la achaque a una digestión pesada en los días señalados y ya felizmente transcurridos, en los que, si hacía uso del automóvil, me cuidaba muy mucho de trasegar bebidas espirituosas y no solo por temor a los controles.
El argumento de mi mal sueño consistía en que todos los españoles teníamos instalada en nuestro interior una baliza luminosa, acoplada en todo momento a los centros del Poder establecido, a modo de vigilante perpetuo del Despotismo Democrático (Tocqueville) para controlar qué decimos y qué pensamos en cada momento sobre el presente o sobre el pasado, incluso, ya que, según Gramsci, el primero comprende al segundo.
Se encendía esa baliza mental, en primer lugar, ante pensamientos u opiniones que versaban sobre las minorías (homosexuales, transexuales…), aunque no presidiera el hecho ninguna mala intención y tan solo un carpetovetónico animus iocandi, en formato de chista o de exclamación non sancta; lo mismo ocurría si un asomo de idea fugaz se refería al bello sexo; en el primer caso, la señal de alarma de la terminal llevaba el letrero de homofobia y, en el segundo, de machismo, ambos causantes de sanciones.
No digamos si a la mente le daba por elucubrar sobre los riesgos de la islamización de Europa o, en clara consonancia con un feminismo serio y racional, sobre el papel de la mujer en aquellos países o lugares donde imperase la sharía; el letrero acusador de la terminal marcaría indudablemente señales de islamófobo: En todos estos casos, el departamento gubernativo a donde llegaría la señal tenía en su frontispicio, en letras de imprenta, el rótulo de “Despierta”, es decir, Woke.
La señal de alarma luminosa y giratoria detectaría asimismo pensamientos o diálogos relativos a la historia de España, con especial gravedad si se referían a la reciente la del siglo XX, especialmente -en la que el durmiente vivió en su primera juventud- y no coincidían con las narraciones canónicas y oficiales; también, si se remontaban a otras épocas más lejanas, como las que han llevado, en la realidad, a menospreciar y silenciar efemérides cercanas a los primeros días del año, como la rendición de Granada o la triunfal entrada de los Reyes Católicos en esta ciudad. En mi pesadilla, existía asimismo un departamento de indigenismo, dedicado a controlar cualquier glosa del Descubrimiento a Hispanización de América.
En lo tocante al pensamiento político más concreto, la baliza detectaba como falta o delito (según la gravedad) lo que se aproximara a los calificativos de ultraderechista o fascista; si se hilaba muy fino, hasta la mención de la palabra España hacía sonar la alarma, porque se eludían intencionalmente los sencillos vocablos de este país o de Estado español. En mi pesadilla, se daba a entender que las terminales de las balizas habían sido transferidas a las Comunidades Autónomas y se detectaban alarmas cuando alguien se empecinaba en hablar en el castellano español común, en lugar de hacerlo en las lenguas autóctonas, variantes o dialectos proclives a otorgar el título de nacionalidad sin paliativos.
Funcionaba también la baliza en lo tocante a la religión -acaso por la pertinacia reciente de omitir la palabra Navidad en determinadas instituciones públicas y privadas-; en este aspecto, sin embargo, se hilaba con más finura y comprensión, siempre que los pensamientos y creencias no traspasaran el ámbito de lo más íntimo y privado; en caso de duda, se acudía a una reunión urgente con la Conferencia Episcopal Española, por si era necesaria alguna forma de chantaje o combalache con el Poder.
Las balizas también estaban instaladas en los domicilios, por aquello de los abusos del heteropaternalismo, y en los centros escolares, no fuera que algún profesor se extralimitara en su aula y exigiera ser reconocido como auctoritas ante los alumnos.
Desperté por fin, sudoroso, sobresaltado por la pesadilla. Por si acaso, bajé a mi plaza de aparcamiento y comprobé que la baliza V-16 de reglamento estaba en su sitio y era inofensiva -de momento- salvo en caso de avería mecánica del vehículo. Me queda la duda si se trataba de un sueño o de unos apuntes prometedores para escribir un relato de ciencia-ficción.