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Diario YA


 

José Luis Orella: El ajedrez ucraniano

 

 

Ucrania se desliza hacia la división social. Finalmente ha quedado claro que el rechazo al acuerdo con la UE, en realidad escondía una nueva revolución. (El ajedrez ucraniano)

 

 

¿LA SUMISIÓN DE LOS ESTUDIANTES?

Manuel Parra Celaya. Tras varios años sin recorrer pasillos de Facultades universitarias, ha tenido ocasión de hacerlo de nuevo por un asunto familiar, sin especial implicación ni dicente ni discente por mi parte. Podría haber titulado estas líneas entre la nostalgia y el desencanto o algo así, pero, para no alargarme, prefiero sintetizar mis impresiones. 
Lo de la nostalgia es evidente: lejana queda mi carrera, la posterior asistencia constante a cursos de verano y a los de Doctorado, los inevitables recuerdos de lugares, personas y, cómo no, de incipientes enamoramientos, el trasiego de apuntes intercambiados, las largas horas en la biblioteca, los disturbios del tardofranquismo, los nervios ante el reparto por los bedeles de papeletas con los resultados y, por qué no, la posibilidad de fumar una pipa durante las clases…Todo ello quedó atrás y es muy posible que suene a celuloide rancio para muchos.
    El título de este artículo puede ser una réplica -o un interrogante- a aquel documentado libro de David Jato Miranda, “La Rebelión de los Estudiantes”, que guardo en mi biblioteca con una dedicatoria del autor, o una muestra de escepticismo ante la frase del siempre escéptico Josep Pla cuando aludía a los “cambios pendulares estudiantiles”.
    Y voy al grano: en mi recorrido universitario del otro día me entretuve en leer las pintadas en las paredes y los pasquines y convocatorias en los tablones de anuncios; comprobé que todos sin excepción entraban dentro de la máxima corrección política impuesta y, por supuesto, de la ideología woke; imagino que todo lo que podía estar en desacuerdo había sido implacablemente borrado o arrancado democráticamente, aspecto que me corroboraron a posteriori fuentes estudiantiles de naturaleza díscola y rebelde con lo establecido.
    Su acudimos a la historia, comprobamos que, desde las postrimerías del siglo XIX, las contestaciones estudiantiles, en forma de huelgas, algaradas, manifestaciones y disturbios unían las reclamaciones académicas con la política inequívocamente izquierdista, primero liberal, luego anarquista o comunista, anticlerical siempre, y en abierta oposición a los gobiernos conservadores; ya entrado el siglo XX, solo la AET (Agrupación de Estudiantes Tradicionalistas) parecía oponerse a esa preponderancia social e ideológica. Un poco antes, Giner de los Ríos había afirmado que el problema de España es un problema de Educación y, años después, el influjo de Ortega y su Liga de Educación Política pretendía, no sosegar, sino encauzar racionalmente lo que llamaban el problema universitario, que no era otra cosa que un reflejo del problema de España.
    En los años 20 del pasado siglo, nace la FUE (Federación de Estudiantes Universitarios), también escorada ostensiblemente a la izquierda, que experimentará un decaimiento ostensible, entrada la década siguiente, por la acción combinada de la mencionada AET y el nacimiento del falangista SEU (Sindicato Español Universitario), que inclinarán la balanza de las simpatías estudiantiles, no hacia la derecha liberal, sino hacia posiciones revolucionarias no marxistas. De ahí la percepción del maestro ampurdanés sobre los cambios pendulares en la Universidad.
    Mayo del 68 representa un punto y aparte en todas las universidades europeas, y sus ecos en la España franquista se concretan organizativamente en la creación del Sindicato Democrático de Estudiantes, de preponderancia marxista, que intenta aunar las reivindicaciones académicas con la subversión política; se reafirma que la rebeldía en las aulas seguía estando en contra de los poderes políticos establecidos. Y no entro en detalles de este momento -que coinciden con mi biografía personal- por lógica modestia, pero diré que, distantes de hunos y de otros, apareció el FES (Frente de Estudiantes Sindicalistas) y, en Barcelona, manos entonces estudiantiles repartían un boletín llamado “Aula Azul”, que tenía, como es lógico, partidarios y detractores.
    Ahora, visto lo visto, la rebeldía se ha trocado en sumisión. Las consignas, convocatorias y eslóganes concuerdan estrechamente con los poderes establecidos, y los grupos opositores, como el catalán y españolísimo “S´ha acabat” tienen que lidiar con la animosidad violenta (tolerada y auspiciada) de los grupos políticos acordes con el Sistema y la animosidad de los rectorados, acordes y también sumisos a lo establecido. Comprobé en mi recorrido que no se expresaban reivindicaciones académicas ni en pintadas ni en carteles, signo inequívoco de que todo era ideal y los estudiantes parecían no tener problemas…
    La Universidad ya no es una caja de resonancias de la rebeldía juvenil y del malestar social, sino un aditamento complaciente de esa corrección política al uso, que silencia, por las buenas o por las bravas, cualquier discrepancia.
    ¿Seguirá así el panorama ante los cambios que está experimentando el mundo? ¿La docilidad y la sumisión a las ideologías oficiales seguirán presidiendo las aulas, anulando voces díscolas? ¿Un amaestramiento ha sustituido al pensamiento crítico, a la reflexión y a la contestación juvenil? ¿Cuánto durará el influjo de los intelectuales orgánicos -ya bastante viejunos- sobre la juventud?
    Pero algunos universitarios que conozco siguen, a todo esto, en la brecha, venturosamente díscolos,  sin desanimarse. Que Dios los guíe. 

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