
Manuel Parra Celaya. Menudo disgusto se han llevado los neoinquisidores del laicismo con la celebración de los funerales religiosos por las víctimas del tremendo accidente ferroviario de Adamuz. En estos casos, no ha triunfado la corriente secularizadora en boga sobre la voluntad de los familiares y el asentimiento -nos figuramos que fervoroso- de bastantes prelados españoles.
Por esta vez, no hemos contemplado de momento las puestas en escena de otras ocasiones, que algunos expertos entendían como pseudomasónicas o sin el prefijo en cuestión; en ellas se pretendía paliar, con ceremoniales diseñados oficialmente y sin la menor invocación a la Trascendencia, la pena de los deudos de los fallecidos y de las poblaciones. Uno opina que precisamente la dimensión trascendente del ser humano, que implica la confianza en el Dios del Amor y la esperanza del reencuentro en el Más Allá, es lo único que sirve de consuelo.
También se ha evitado de este modo la politización de los actos y las expresiones fuera de lugar en ese sentido; las palabras de aquella mujer, hija de un fallecido, recogían precisamente, en medio del dolor, esa confianza en que la muerte no es un punto final, sino un “hasta luego” en una Vida más feliz. Las ausencias oficiales apenas las han notado los asistentes a los funerales religiosos, lo que empalma con el sentir de una gran parte de la sociedad, a pesar de los pesares y de los esfuerzos para desarraigar la religiosidad a golpe de decreto.
He asistido en mi vida a dos funerales laicos, y el primero de ellos no estuvo incluso exento de cierta polémica en el seno de la familia del finado; del segundo, recuerdo las palabras de un asistente cuando advirtió que un servidor rezaba en voz baja durante el acto: “¡Qué suerte tenéis los creyentes…!” La sensación que extraje de ambas ceremonias fue de tristeza y de vacío.
Las personas que actuaban de oficiantes en ambas ocasiones ejercían su papel con toda su buena voluntad, incluso uno de ellos con ínfulas de poeta; me parecieron, con todo, sacristanes venidos a menos, pero -y esto es un juicio temerario por mi parte- se advertía que, en algún momento de su vida, habían colgado los hábitos; solo apelaban, como es lógico, al buen recuerdo que el finado dejaba en sus deudos por los méritos humanos, y aquellos debían conformarse con esta memoria. Si habían leído alguna vez las Coplas manriqueñas a la muerte de don Rodrigo, se habían quedado con la primera y la tercera vida, la terrenal y la de la fama, pero pasando por alto la segunda, esto es, la de la gloria junto a Dios. Desconozco si los laicistas de hoy han leído y meditado los inmortales versos de nuestro Jorge Manrique…
Me vienen a la memoria aquellas palabras de Ratzinger que trataban, no en concreto, del laicismo, pero sí del agnosticismo, que parece subyacer en algunos casos: “Personas a las que no les ha sido dado el don de poder creer y que, sin embargo, buscan la verdad, están a la búsqueda de Dios”, lo que empalma con aquello que quedó escrito en el Concilio, en el sentido de que todo ser humano lleva en su interior las semillas de Dios; deseo de todo corazón que todo esto pueda ser aplicado a quienes intentar imponer el laicismo a la sociedad española, pero tengo mis dudas.
¿Recuerdan los lectores aquel absurdo -ya hace algunos años- de celebrar “primeras comuniones laicas”, que era algo así como una puesta de largo pero sin Patio de Pilatos? Era una de las primeras manifestaciones de la secularización impuesta por quienes eran incapaces de distinguir entre la no confesionalidad del Estado, recogida en el texto constitucional, y el laicismo antirreligioso.
Desde entonces, la presión ha continuado hasta nuestros días, que es precisamente un momento histórico sorprendente en que se revalorizan las creencias y, en concreto, el Evangelio, entre muchos jóvenes e incluso personajes públicos lo manifiestan así, sin el menor rebozo. Claro que no hay ningún político que se atreva a otro tanto, y hay que rastrear en la historia para encontrar frases que sustentan un ideario en la consideración del ser humano como portador de alma y cuerpo, capaz de salvarse o de condenarse en función de su libertad, que la fue otorgada precisamente por Dios.
Lo que el Sistema ha provocado en su propaganda es que la religión debe quedar reducida a un ámbito cuasi secreto, íntimo, y nunca traspasarlo. Se permite tratar de interiorización hablando en público, pero “como una especie de secularización de la espiritualidad o una universalización de los contenidos espirituales de las diversas tradiciones religiosas” (Josep Otón), pero casi siempre echando pelotas fuera en relación con la Fe cristiana.
Quienes tenemos en este aspecto convicciones profundas y no tenemos empaque en manifestarlas en voz alta podemos ser acusados, entre otras cosas, de oscurantistas, lo cual es una paradoja, pues no hay nada más opuesto a la oscuridad que la luz que nos viene dada por la convicción en la Trascendencia.