
Manuel Parra Celaya. Acabadas las celebraciones de la Navidad y devueltas las figuras del Pesebre a los desvanes, vale la pena preguntarnos si la festividad ha dejado huella en nosotros o ha quedado resumida, de forma añorante ahora, a un espacio festivo. No está de más, en consecuencia, relacionarlas con este renuevo de religiosidad que parece apuntarse.
Decía Chesterton que el nuevo rebelde es un escéptico y no se fía de nada. Carece de lealtades y, por tanto, no puede ser un auténtico revolucionario; pero ha llovido mucho desde que estas palabras fueron escritas, y entonces este panorama era muy certero entre una gran parte de los jóvenes de nuestro mundo occidental.
¿De dónde provenía este escepticismo y esta carencia de posibles lealtades que han llegado a nuestros días? Evidentemente era fruto del relativismo de valores que se vivía en la sociedad: todo es lo mismo, todo vale, como respuestas lógicas a un desengaño de triple dimensión temporal: desengaño ante un presente que se presentaba -y aun se presenta- limitado en grado sumo; desengaño ante el pasado, convenientemente retocado desde el hoy para asimilarlo a las corrientes dominantes; desengaño, de antemano, ante un futuro, cuyas perspectivas no eran muy diferentes a las que se estaban viviendo en el hoy.
Las teorías que se escribieron después sobre el fenómeno de la Postmodernidad incidían en este triple enfoque desangelado; la lucidez de Bauman al calificar nuestra época de modernidad líquida daban la razón: ni el amor, ni el matrimonio, ni la familia, ni la política o la economía presentaban rasgo alguno de solidez, provocando así la indiferencia y la apatía ante cualquier proyecto ilusionante.
Sin embargo, en la actualidad algo está cambiando, y algún resorte escondido -o secuestrado- está provocando una mudanza sustancial; este resorte puede ser calificado con el término, aún ambiguo, de religiosidad, y, más en concreto, de cristianismo, aunque haya sido cancelada por decreto su antiguo y recurrente sinónimo de cristiandad.
¿Puede tratarse de una simple moda, que tarde o temprano será sustituida por otras? No lo neguemos a priori, pero lo cierto es que hoy multitudes de jóvenes se entusiasman con modernas apuestas que parecen haber sacado a Dios de su intencionado encierro, a donde le habían conducido los siglos precedentes. Los pensadores de la sospecha (Freud, Nietzsche, Marx) han quedado arrumbados en los tratados de filosofía y no suscitan el menor entusiasmo.
El revival de lo religioso, lo trascendente y lo cristiano entre muchos jóvenes no cabe duda de que proporciona la base para el redescubrimiento de un conjunto de valores, algunos de naturaleza puramente humana e inmanente, que habían sido arrastrados por la sospecha decimonónica y por el escepticismo consiguiente. Así, la libertad, degenerada en un simple haz lo que quieras; el presentismo, que ahora sucumbe ante la creencia en la Eternidad; o la justicia, ideal inalcanzable en la sociedad del consumismo y del neocapitalismo; y la solidaridad, que consiste en ver al otro como prójimo y no como competidor.
Los sucedáneos -sectas, orientalismos de la jet Society, la New Age, los gozos de la revolución sexual del siglo pasado o la cultura del pelotazo- pierden fuelle ante el resurgir de lo religioso y su apuesta por la Trascendencia. Y los fetiches que podían arrastrar multitudes, como los nacionalismos identitarios o los revolucionarismos eternamente adolescentes, están viendo sus filas desangeladas día a día, y, ellos sí, interpretados ahora desde un escepticismo desengañado.
Pero seamos justos: estos fenómenos los estamos contemplando los españoles y muchos europeos como circunscritos a los ámbitos del catolicismo; y, aun así, muchos se escapan de los estrechos límites que se puedan proponer desde una estricta ortodoxia o desde el rito tradicional. Incluso nos puede caber la incertidumbre de si la propia Iglesia Católica -representada en algunas de sus jerarquías o en los teólogos- será capaz de asumir las nuevas perspectivas que, desde la base, algunos vemos como esperanzadoras.
Porque no se trata solo de llenar estadios con recitales de contenido espiritual, ni siquiera de constatar el aumento de vocaciones a la vida monacal, sino de volver a dotar de contenido sociedades enteras que habían sucumbido al desánimo o al estricto cumplimiento ritual de forma sociológica. La confianza excesiva o las ataduras lógicas y humanas pueden arrumbar con los síntomas prometedores de ese revival que apuntamos.
En el fondo, se trata de que se extienda por doquier, empezando por sectores juveniles, una “interpretación cristiana -nosotros añadiríamos y española- de la vida; que se vuelva a considerar al ser humano como dotado de alma y cuerpo, con el máximo respeto a su dignidad, libertad e integridad.
Si es así, contando de antemano con la resistencia de los poderes establecidos, estaríamos a las puertas de una nueva etapa en la historia humana; y no descartemos tampoco las posibles desviaciones, provenientes quizás de una excesiva euforia o desde un sucumbir a las acusaciones de utopía. En este punto, retornamos a Chesterton cuando nos dice que incluso en la Utopía necesitamos vigilancia, no vayamos a ser expulsados de la Utopía como fuimos expulsados del Edén.
La interpretación cristiana de la vida está, por ahora, sustentada en el Asombro (de nuevo Chesterton), pero no ante normas establecidas por las generaciones anteriores, sino ante el asombro que proviene del redescubrimiento de Cristo. A este respecto, añadimos que, sin el menos síntoma de llevar la contraria a los teólogos, la Encarnación que vio la luz en la Navidad no fue un simple hecho histórico, de hace veinte siglos, sino algo permanente y actual en la vida de los hombres.