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José Luis Orella: El ajedrez ucraniano

 

 

Ucrania se desliza hacia la división social. Finalmente ha quedado claro que el rechazo al acuerdo con la UE, en realidad escondía una nueva revolución. (El ajedrez ucraniano)

 

 

TIENDE TU VELA DE AVENTURA

Manuel Parra Celaya. Tomo prestado el título de este artículo de unos versos de Agustín de Foxá, que poco dirán, de entrada, a algunos lectores; tenía en cartera otra frase de significado parecido, de distinto origen y tiempo, que rezaba “vivir no es importante, navegar sí”, pero me pareció demasiado inquietante, acaso guerrera y poco práctica en nuestros días, además de que algún malintencionado podría relacionarla con la fragata defensora de Chipre. 
    De todas formas, los términos vela y aventura del poeta mencionado sugieren la idea de simbólica navegación;  es decir, ser capaz de arriesgarse para arribar a buen puerto, que es lo que todos deseamos en la vida.
    No es de recibo que los mayores atosiguemos a los más jóvenes con consejos (“Un consejo a fuer de viejo / nunca sigas mi consejo”, que dijo otro poeta), pero tampoco podemos estar callados siempre ante un panorama que nos hace a veces rechinar los dientes, y este es el de la mediocridad, el presentismo a ultranza, el de un hedonismo en que predomina lo instintivo sobre lo racional, sobre el ejercicio de la voluntad y la aplicación del esfuerzo. 
    Tampoco cabe generalizar sobre los jóvenes -Dios me libre- pero lo que sobresale, si nos dejamos llevar por lo que se publica en las redes, es ese abandono a lo dado, a lo marcado desde fuera, cuando no un suave dolce far niente… Frente a todo ello, hay magníficos ejemplares humanos de trabajo, estudio y dedicación al servicio.
    Lo que llamamos el marco social tampoco lo pone fácil que digamos, pues las dificultades y trabas, económicas y de valores, no impulsan precisamente a largar velas y correr hacia aventuras tan maravillosas como el emanciparse, encontrar domicilio accesible, lograr un empleo digno, casarse, formar una familia y tener hijos; en una palabra, ser adultos, lo que no quiere decir ni mucho menos dejar de lado ilusiones e ideales. Pero, por el contrario, ese marco social mencionado parece buscar intencionadamente una infantilización, cuanto más prolongada mejor, que es una buena manera de manipular.
    Así, se instala un sobreproteccionismo a ultranza, que empieza muchas veces en la familia, sigue en la escuela y se prolonga incluso a las aulas universitarias; crecer entre algodones se llama a esa figura. El resultado son los que se podrían llamar niños mimados o, en expresión de Ortega, señoritos insatisfechos, que suelen estar aburridos de todo y solo buscan novedades en la misma línea por la que los han ido encauzando: el moverse lo imprescindible, el preferir la imagen en lugar de la palabra, el no pensar por uno mismo y dar por bueno y verdadero lo que opina la mayoría, el darse al deporte como espectáculo y no como ejercicio y acción…, y el no aspirar a cambiar aunque sea el trocito del mundo que tenemos alrededor.
    Dicen los psicólogos dedicados a la juventud -cada vez más alarmados- que está desapareciendo la virtud de la resiliencia, es decir, el saber recuperarse después de cada derrota y tomar esta, no como un fracaso vital definitivo, sino como un acicate para volver a empezar. El profesor José M.ª Cagigal se refería, de entrada, a esa extraña y perjudicial pedagogía familiar y escolar que tanto abunda: “La mejor herencia que puede dejar un padre a su hijo o un profesor a sus discípulos es la firmeza de aspirar al triunfo y la capacidad de asimilar la derrota”.
    Claro que, para ambas lecciones de vida, es imprescindible resucitar la Norma, que no se opone a la libertad, sino que la hace posible, sobre todo al delimitar en su justa medida la espontaneidad, que tanto lugar ocupa en los manuales de los pedagogos de despacho, esos que no han visto un crío o una cría de carne y hueso en su vida; porque el verdadero objetivo no es una edulcorada y teórica libertad, a veces rayana en el salvajismo, sino la búsqueda de un ser humano autónomo, como nos repite José Antonio Marina tantas veces en su discurso sobre la recuperación de la voluntad, que requiere -recordemos- cuatro habilidades aprendidas: inhibir el impulso, deliberar, decidir y mantener el esfuerzo. 
    Faltan, claro, referentes sociales diáfanos y ejemplares, que sanen lo que Eric Fromm llamaba la patología de la normalidad, es decir, la adaptación conformista. No obstante, algunos creemos que el idealismo prevalece en muchos jóvenes actualmente, y ello se está probando ante la exigencia de verdaderos voluntarios de pico y pala en medio de las catástrofes, y que son tan diferentes a quienes entienden el voluntariado como unas vacaciones en algún lugar de África para hacerse fotos con los niños que pasan penurias. 
    Y vuelvo, para terminar, a los versos de Foxá, que siguen diciendo “que hay otro mundo que ganar”; al llegar a este punto, las interpretaciones pueden ser varias; la primera es entenderse como la imperiosa necesidad de perseguir un cambio en los rumbos de la sociedad y de la historia, que nos llevan a obtener más altas cotas de justicia, de libertad, de solidaridad. Claro que siempre habrá voces prudentes que echen en cara la búsqueda de utopías, sin tener en cuenta que estas son como un objetivo final, de conquista de una cima difícil, y que necesitan de etapas largas, de hitos intermedios, de campamentos previos, aun con la evidencia de no alcanzar nunca el lugar más alto propuesto.
    Pero también puede entenderse ese “otro mundo que ganar” desde perspectivas de Trascendencia, dimensión a la que estamos todos llamados, y que, por cierto, tanto se están abriendo a muchos sectores juveniles, aunque ello cause extrañeza, desprecio o irritación a alguna supuesta artista, de cuyo nombre, por cierto, ni me acuerdo ahora ni pienso acordarme en el futuro. 
 

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