
Manuel Parra Celaya. He leído, por el momento de pasada, una referencia sobre la escritora ucraniana Oksana Zabuznko (ABC. 20-II-26), cuyo titular es “En Ucrania de está leyendo mucha poesía, incluso en las trincheras”; he de reconocer mi ignorancia sobre esta autora, que algún día intentaré paliar, pero la cita me ha recordado que este año se cumple el noventa aniversario de una generación literaria española, que resultó fatalmente escindida por bandos en lucha -como todo el pueblo español- en la fecha de 1936.
La llamada generación del 36 está quedando olvidada, no solo en los faustos oficiales (lo que sería un mal menor o una ventaja), sino en la memoria de los españoles de hoy, quizás un poco renuentes a la poesía y un mucho con respecto a nuestra historia en general por efecto de las llamadas “memorias”, verdaderos corsés inquisitoriales que pretenden avivar artificialmente los resentimientos de antaño y establecer fronteras absurdas entre el bien y el mal.
Es difícil defender los límites y coordenadas de una generación literaria; de hecho, el propio concepto de generación nos crea dudas, a pesar de las pautas que nos legó Ortega y Gasset, en su “El tema de nuestro tiempo”, y de otros pensadores, como es el caso de mi admirado y recordado Guillermo Díaz-Plaja. En efecto, los llamados rasgos generacionales son a menudo confusos y, en el caso que nos ocupa, se hace costoso establecer fronteras entra la Generación del 27, la del 36, la del 40…O acaso no sea necesario si atendemos especialmente a las aportaciones personales de cada autor en la historia literaria española.
No obstante, existe un rasgo generacional indudable de la del 36 y este es el que marca trágicamente la fecha: comienzo de la guerra civil; por ello, es definido este grupo certeramente como una “generación escindida”; sus autores optaron, como muchos españoles, por una u otra trinchera en pugna, ya fuera por convicción, por seguridad personal, por estrategia o por razones puramente geográficas, según los casos; de este modo, se produjeron constancias en la elección inicial, transformaciones, evoluciones…y desengaños, todo lo cual es muy humano; pero ello no fue óbice para reconocer la calidad de las producciones literarias. Y, como escribió el profesor Antonio Vilanova, “al margen de todo sectarismo ideológico y de todo dogmatismo de escuela, seguía fiel al principio de que el valor literario de una obra no se mide por la nobleza o bondad de sus propósitos, sino por el grado de verdad que contiene y por el arte con que ha sido capaz de expresarla”.
De este modo, recordemos en este noventa aniversario, a Germán Bleiberg, Gabriel Celaya, los hermanos Panero, Dionisio Ridruejo, Arturo Serrano-Plaja, Luis Felipe Vivanco, Ildefonso-Manuel Gil, Juan Gil-Albert, etc., entre los cultivadores de la poesía; y, como cabecera, por supuesto, a Miguel Hernández, considerado “epígono del 27” o “cabecera del 36”.
Dice de él Francisco Pérez Gutiérrez, compilador de la antología del 36, que “su poesía tendría que haber sido aceptada desde el principio también por el otro bando”; y así fue, pues, si leemos a Rafael García Serrano, combatiente falangista, este afirma con rotundidad que, al leer en plena contienda “Vientos del pueblo”, “me atravesó el corazón de hermosura, de sorpresa y también de envidia por no contar entre nosotros un poeta tan simple, tan penetrante y arrebatador, tan popular y tan meridiano”; y, hace pocos años, un poeta, también falangista, Eduardo López Pascual, escribió su mejor novela titulada “Conversaciones con Miguel Hernández” (2018). Y es que, como sostenemos, la poesía no entiende de trincheras ni de bandos…
Junto a los estrictamente cultivadores de la poesía, no olvidemos tampoco a otros autores de la generación del 36, como José M.ª Castroviejo, Álvaro Cunqueiro, el citado Rafael García Serrano, Juan Antonio de Zunzunegui, Antonio Giménez-Arnau, Gonzalo Torrente Ballester…, que, si brillaron especialmente a partir de la posguerra, por fecha de nacimiento corresponderían a la generación de que tratamos.
En el teatro, no silenciemos, por ejemplo, a Ramón J. Sender, también novelista, o José M.ª de Pemán, poeta; y, en el ensayo, brillan especialmente las figuras de Pedro Laín-Entralgo, Antonio Tovar, Julián Marías, Adolfo Muñoz Alonso… El lector avezado comprobará que tampoco en este campo valen los olvidos y silencios por razones políticas.
La Generación del 36, además de escindida, quedó, en su mayor parte, desilusionada; y no es extraño, pues las secuelas de aquella contienda, fuera en los que siguieron escribiendo en España, fuera en los que se exiliaron, no se olvidaban fácilmente; incluso, algunos identificados con los vencedores se sintieron desengañados… Recomiendo la lectura del libro “Si mi pluma valiera tu pistola”, de Fernando Díaz-Plaja, donde podemos encontrar verdaderas sorpresas en cuanto a lealtades -efímeras o mantenidas-, entusiasmos, tristezas y frustraciones, pero siempre bajo las coordenadas, en su mayoría, de calidad literaria y de sinceridad.
Acudamos, este año y siempre, a la lectura de estos autores, para entender su momento y circunstancia (y, a lo mejor, el nuestro), pero hagámoslo sin gafas partidistas del nosotros y el ellos; encontraremos muchos elementos válidos para repetirnos en nuestro interior aquella cita joseantoniana: “Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles”…
Aquella generación es, como todas las otras, patrimonio común de todos y constituye un legado cultural. Al evocarla en su noventa aniversario estamos haciendo un ejercicio de auténtica y definitiva reconciliación, a través de la cultura, del arte y de la poesía (que -recordemos- también es etimológicamente creación), para situarnos en un futuro prometedor en que España pueda ser, de una vez por todas, de, para y por todos los españoles.