
Miguel Massanet Bosch. “La bancarrota es algo grandioso, es el abismo inmenso y sin fondo donde se sumergen y desaparecen todas las falsedades públicas y privadas”. Esta frase pertenece al ensayista e historiador escocés Thomás Carlyle, un incisivo escritor, defensor de las clases oprimidas, que escribió la Historia de la Revolución Francesa ( en la que dejó inmortalizada la frase citada al principio), un hombre que, curiosamente, temía y odiaba, a la vez, el concepto de democracia. Así pues, por poco avezado que se sea en las cuestiones que afectan a nuestro país difícil será que, en tal descripción, no se vea retratada de una forma sorprendentemente lúcida, la situación de España en la actualidad, y los peligros que se ciernen sobre nosotros si no conseguimos deshacernos, cuanto antes, del yugo socialista que ha conseguido adormilar y sedar el sentido común de una gran parte de nuestros conciudadanos y dejando reducidos a la más completa inopia a aquellos que deberían haber tomado cartas en defensa de las libertades, de la Constitución, de la unidad de España y de los valores morales y éticos que recibimos de nuestros padres y que constituían el santo y seña del acervo de nuestra cultura occidental cristiana; de manera que da la impresión de que, toda la bravura, la rebeldía contra la opresión y el sentimiento religioso de nuestro pueblo, hayan quedado absorbidos en esta melaza que nos rodea del relativismo, de ateísmo estatal y de materialismo sectarista; que, sin embargo, ha conseguido, como infame tela de araña, envolvernos, absorbernos el patriotismo y dejarnos reducidos a meros robots al servicio del poder.
Basta que queramos fijarnos en algunos puntos básicos que afectan al desarrollo de nuestra economía para que podamos darnos cuenta de lo lejos que nos encontramos de este optimismo que intenta vendernos el Gobierno, aprovechándose de cualquier pequeña reacción, temporal y circunstancial, que pueda dar la impresión de que la recesión ya está superada y de que el Ejecutivo controla la situación. En primer lugar, debemos situarnos en lo que es nuestra realidad actual, que es, ni más ni menos, la de un país supeditado en todo lo financiero y económico a la supervisión estricta de la UE. El señor Zapatero no tiene la menor autonomía en lo que hace referencia a los pasos que debe dar para intentar conseguir que, España, reduzca su abultado déficit y modere su endeudamiento, tanto el del Estado como el de las CC.AA, que no le van a la zaga. Podemos intentar desacreditar a Standard&Poor’s o a Fitch Ratings, pero, hoy por hoy, estas agencias tienen la confianza de los inversores y las recomendaciones que hacen respecto a la deuda que es fiable y la que no lo es tanto, va a Misa. Nuestra deuda o la de nuestras Comunidades, incluso, la de nuestras entidades financieras son hoy, a la vista de los inversores, unos valores que hay que mirar con prevención y que los más arriesgados sólo compran si la recompensa vale el riesgo.
España tiene que refinanciar Deuda en las próximas semanas, según las informaciones que aparecen en la prensa económica, no parece que esté en condiciones de cubrirla, si no consigue colocar nuevas emisiones de Deuda entre los inversores extranjeros o en las entidades crediticias españolas ( créditos crunch) que, mucho nos tememos, están rozando el límite de su capacidad de absorción de dichos valores, ya que, el Estado, tiene copada, prácticamente, la capacidad inversora de tales entidades, lo que, como es natural, es uno de los obstáculos que tanto dificultan a las empresas privadas la obtención de créditos que les ayuden a financiar sus actividades y a realizar las inversiones precisas para mejorar su productividad y competitividad. Lo cierto es que, la creciente desconfianza que, desde fuera, inspira nuestro Gobierno y nuestra situación financiera está provocando que, cada día, la posibilidad de que inviertan en nuestra Deuda es más difícil y por ello es necesario que aumente la rentabilidad de la misma para hacerla atractiva. Ello comporta que, en la actualidad, las primas que se tienen que pagar alcanzan los 180 o 190 puntos básicos por encima de la deuda alemana. Es fácil colegir las consecuencias de semejante situación: por una parte, la necesidad de continuar endeudándose cada vez más para poder ir pagando los nuevos intereses; la dificultad de que, en semejante situación, el producto pueda asegurarse como no sea pagando elevadas primas a las compañías aseguradoras; todo lo cual comporta un incremento del coste de la operación, lo que significa a la larga mayor endeudamiento. Sólo en el año pasado, la Deuda generó más de 23.000 millones de euros de cargas financieras, y ya pueden figurarse a los que ascenderán en este año 2010, con esta sobrecarga leonina que el Tesoro público se va a ver precisado a soportar. De ahí que, el experto Daniel Roubini, en el Finantial Times, alerte de que “la crisis de la deuda soberana podría provocar la desintegración de la moneda única y una nueva recesión”, añadiendo, seguidamente, una advertencia: “aunque Grecia haya sido la primera en caer por el precipicio ( impago de la Deuda) Irlanda, Portugal y España están muy cerca de seguirla”.
El hecho es que, nuestro sistema financiero, lejos del optimismo mostrado en Washington por ZP, está muy lejos de ser tan fuerte como él dio a entender y, es cierto, que la proliferación de cajas de ahorro, su politización, el uso y abuso que los partidos políticos han hecho de ellas y las imprudentes inversiones en bienes inmobiliarios y en hipotecas sobrevaloradas que practicaron, están en una situación tan precaria que de no mediar las fusiones, las ayudas del FROB y las intervenciones del Banco de España; es probable que muchas de ellas ya hubieran caído. No podemos hablar mejor de nuestras empresas privadas, tanto las pequeñas como las medianas e incluso las grandes, no sólo las de los sectores relacionados con la construcción, sino todo el resto de industrias que, según los expertos, están sufriendo su particular “Gran Depresión”. Se dice que el sector privado es casi un 24% más pobre que en el 2007; una situación que puede compararse con la de los años 30 en los que también, como ahora, la producción industrial cayó un 20%. Se habla de que la producción industrial global mundial se está recuperando paulatinamente, pero ¿qué ocurre en España? Sería conveniente preguntarse si estos “brotes verdes” de algún sector productivo van a poder resistir un aumento de los impuestos, como el IVA; o una posible situación de inestabilidad social que se pueda derivar de un desempleo superior a los 4.500.000 de trabajadores o si el Tesoro público va a poder sostener el pago del subsidio de paro si, como parece, las fusiones de cajas, las adaptaciones de plantillas o los despidos, producen un sobrante importante de trabajadores que vayan al paro. No olvidemos que la solución de las jubilaciones anticipadas, que se vislumbran como medio de atenuar el posible descontento de los trabajadores afectados, tiene un alto coste para la Tesorería de la Seguridad social. ¿Podrá España soportar tanta carga? El tiempo nos lo dirá, pero nos tememos que no.
La solución fácil para el señor ZP y su gobierno, es subir los impuestos y cargar sobre los españoles el peso de su política errante, improvisada, sectaria y absurda. Pero ¿hasta qué punto, con ello, van a conseguir recaudar más? Es algo que, en una época de vacas flacas, cuando determinadas ayudas del Estado desparecen (a la compra de coches, el cheque bebé, los 400 euros de la Renta etc.) y cuando, pasado el verano, se repitan las dificultades, con un paro en aumento, los efectos del nuevo IVA comiencen a repercutir en las economías privadas y la morosidad se mantenga. ¿Piensa ZP que, en estas condiciones, va a recaudar más por impuestos? Nadie se lo cree.