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Diario YA


 

José Luis Orella: El ajedrez ucraniano

 

 

Ucrania se desliza hacia la división social. Finalmente ha quedado claro que el rechazo al acuerdo con la UE, en realidad escondía una nueva revolución. (El ajedrez ucraniano)

 

 

Arrepentimiento, Amor y Perdón en el Tenorio

Pedro Sáez Martínez de Ubago.  De cara a la fiesta de todos los santos y al día de los fieles difuntos, quiero reflexionar un poco sobre la tradición española de representar Don Juan Tenorio, que se va perdiendo ante la grotesca mascarada celta del halloween, masivamente difundida por la industria de Hollywood.

La tradición literaria de las figuras de don Juan y el convidado de piedra hunden sus raíces en nuestro romancero “Por las calles de Madrid/ va un caballero a la iglesia […] Se ha acercado allí a un difunto/ que está en imagen de piedra/
le ha agarrado de la barba/ y le dice de esta manera […] Yo te convido esta noche/ a sentarte a la mi mesa./ El difunto que no duerme/ en olvido no lo echa./ A eso de la media noche/ llega el difunto a la puerta…” y, desde que Tirso de Molina escribió El Burlador de Sevilla y el Convidado de Piedra, se representaba en nuestros teatros tradicionalmente hasta que en 1844 se estrenó la obra de José Zorrilla.
 
Es cierto que, entre Tirso, un sacerdote de la contrarreforma y Zorrilla un poeta laico del romanticismo, hay algunas diferencias notables como el destino del protagonista, condenado en el siglo XVII y salvado por amor en el XIX. Pero, aunque se ha pretendido, no hay que ver en esta variante algo erético, sino todo lo contrario.
 
Siendo tres las virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, no hay que olvidar que la fe se traduce en obras, como proclama la Iglesia en el Evangelio del 1 de noviembre -las bienaventuranzas- y que, en el fondo éstas se resumen en el amor a los demás y a Dios. Un Dios que es amor o caridad. Por eso, en la iconografía no es raro ver  representaciones de la fe y la esperanza a ambos lados de los sagrarios y, si nos preguntamos la razón de que falte la caridad, la respuesta es que la Caridad está dentro.
 
Así, en el Tenorio de Zorrilla encontramos la importancia del perdón –perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores- y la posibilidad de llegar a conocer y amar a Dios a través de sus creaturas -4ª Vía de Santo Tomás- y, por el conocimiento, a arrepentirse (I, 4, 3) “No es, doña Inés, Satanás,/ quien pone este amor en mi:/ es Dios, que quiere por ti/ ganarme para él quizás”.
 
Por eso, en la obra de Zorrilla, el único personaje que sabemos condenado al infierno es el Comendador, quien en I, 4, 9, ante el arrepentimiento de don Juan responde  “Y ¿qué tengo yo, don Juan, / con tu salvación que ver?”. Frente a ello, don Diego habrá dicho en (I,1, 12) “Don Juan, en brazos del vicio/ desolado te abandono;/ me matas... mas te perdono/ de Dios en el santo juicio. Y doña Inés habrá lucrado ante el Altísimo méritos para un don Juan desesperado “Llamé al Cielo y no me oyó,/ y pues sus puertas me cierra,/ de mis pasos en la tierra/ responda el Cielo, y no yo.”
 
¿Cómo lucra dichos méritos? Ofreciendo su vida y alma a cambio de la salvación de don Juan; y así doña Inés lo revela al final de la obra (II, 3, 3) “Yo mi alma he dado por ti/ y Dios te otorga por mí/ tu dudosa salvación./ misterio es que en comprensión/ no cabe de criatura,/ y sólo en vida más pura/ los justos comprenderán/ que el amor salvó a Don Juan/ al pie de la sepultura”.
 
No es lugar de tratar de explicar esto, que requeriría una profundización en cuanto sobre el mérito y la salvación de congruo expone Tomás de Aquino en la Summa Theologica, I, 2ª, q.114; y posteriormente, contra las herejías luteranas y protestante, sobre la justificación por la fe al margen de las obras, desarrollaría el Padre Luis Molina S. J. en su obra de 1588 Concordia del libre albedrío con los dones de la gracia, la presciencia divina, la providencia, la predestinación y la reprobación en relación a algunos artículos de la Primera Parte de Santo Tomás.
 
Baste terminar con dos aclaraciones. Por un lado, que Dios salve a don Juan y doña Inés, protagonistas de un amor sacrílego, no implica la glorificación e ambos amantes, sino, como se cita expresamente, su condena al Purgatorio (II, 1, 4) “Yo soy doña Inés, don Juan,/ que te oyó en su sepultura./ ¿Conque vives? Para ti; / mas tengo mi purgatorio/ en ese mármol mortuorio/ que labraron para mí./ Yo a Dios mi alma ofrecí/ en precio de tu alma impura,/ y Dios al ver la ternura/ con que te amaba mi afán,/ me dijo: Espera a don Juan/ en tu misma sepultura […] Por el vela; mas si cruel/ te desprecia tu ternura,/ y en su torpeza y locura/ sigue con bárbaro afán,/ llévese tu alma don Juan/ de tu misma sepultura”.
 
Así, se ve que, entre la perfección por las obras, que conduce al Cielo a aquéllos a quienes la Iglesia celebra el día de todos los santos, y la salvación imperfecta de aquéllos que, libres del infierno, esperan la Gloria en el Purgatorio, a quienes la Iglesia encomienda en el día de los Fieles Difuntos. Y la obra de Zorrilla, donde se representa este estado de la denominada Iglesia Purgante, es una muy adecuada aportación de las letras y la fe españolas, para unir estos dos días con que comienza noviembre.
 
Por otro lado, “si un punto de contrición/ da un alma la salvación” queda, también, claro que no es el hombre quien se hace merecedor de la salvación con sus obras, por buenas o malas que sean, sino Dios, quien dispone por su infinita misericordia. Y la obra de Zorrilla culmina y concluye con este reconocimiento manifiesto, en boca de don Juan: “Mas es justo: quede aquí/ al universo notorio/ que, pues me abre el purgatorio/ un punto de penitencia,/ es el Dios de la clemencia/ el Dios de Don Juan Tenorio”.