
Fidel García. Para el calendario religioso popular, Navidad es una fiesta entrañable, sensible y bulliciosa que se vive en familia, parroquias, colegios en las calles; se festeja la Encarnación y el Nacimiento del Hijo de Dios en el seno de María, el Niño Jesús en el portal de Belén, como se canta en los villancicos tradicionales.
Esta Navidad se configura en los belenes populares que tanta tradición tienen en Gijón gracias a la institución del Belenismo, que durante 14 estuvo presidida por Plácida Novoa, que ha dejado la institución en muy buenas manos. Esta tradición se mantiene en España desde tiempo inmemorial hasta nuestros días desde el siglo XIII, cuando en la aldea de Grecia san Francisco de Asís pidió a los aldeanos que le preparase un belén humano.
Pese a las nuevas corrientes laicistas que intentan sustituir los belenes, por otros símbolos muy ajenos a nuestra gran tradición belenista. Una visita a los belenes que se exponen en la ruta de los belenes, demuestra la gran riqueza y arte que contienen: un Niño Jesús desvaído; la Madre silenciosa admirada de tan gran misterio que ha concebido en sus virginales entrañas; san José pensativo y silencioso, pastores, Magos y su Estrella, ángeles, los animales bíblicos (…) No falta ni el palacio del cruel y sanguinario Herodes, que sacrificara a los niños para protegerse de un imposible rival.
Propio de la Navidad Popular son los árboles cada vez menos naturales y más inexpresivos, según regiones y pueblos. En la Navidad hay presencia constante en la que se mezcla de forma aleatoria lo divino y trascendente, como nostalgias de un mundo mejor más pacífico, por eso en los tiempos de la Noche Buena cesaban las acciones bélicas, costumbre que hoy no se respeta. Navidad y Año Nuevo son tiempos en los que los gobiernos felicitan a sus conciudadanos, exponiendo lo más sobresaliente del pasado y deseando lo mejor para el futuro. El Papa León XIV por primera vez formulará la tradicional bendición a la Ciudad y al Mundo (Urbi et Orbe)
En unos tiempos posmodernos y líquidos dominados por la intrascendencia y la ausencia de relatos ; aumentan los críticos que incluso pretenden que la palabra Navidad sea sustituida por otras sin sentido, ambiguas con toda clase de ocurrencias disparatadas y procaces. Para otros, debido a una multiculturalidad mal entendida, algunos exigen que los símbolos cristianos silenciados para no herir sensibilidades que no soportan nada que no sea lo suyo. No faltan quienes rechazan la Navidad por motivos de calendas romanas: Jesucristo no nació el 25 de diciembre. Navidad es solo el eterno retorno invernal; la publicidad navideña está ahogada en el consumismo exacerbado según el esquema: “El Corte Inglés donde está la magia de la Navidad”.
Para algunos presuntos teólogos negacionistas la Navidad estaría en contra de Jesús de Nazaret. Pero la SANTA NAVIDAD no puede morir, aunque durante siglos no sólo en algunos países ha sido prohibida, incluso perseguida, pero la Navidad es más fuerte que la muerte porque: EL VERBO SE HIZO CARNE Y HABITÓ ENTRE NOSOTROS.