
Manuel Parra Celaya. Este título no pretende ser irónico (con lo que está cayendo), sino que encierra un futurible esperanzador de cara a las vacaciones. Se refiere a los corrillos vecinales que, a la atardecida y al anochecer, se forman en la mayoría de los pueblos de España, a modo de improvisadas tertulias en las que se sacan las sillas a la calle para reunir a los tozudos residentes en ellos y a los veraneantes, la mayoría gentes del lugar retornados por unas semanas.
Reconozco que no tengo pueblo y que soy, por mis muchos pecados, de ciudad; pero, por concesión familiar, tengo una especie de carnet de adopción en un sitio tranquilo y acogedor, del que no diré su nombre -y no porque “no quiera acordarme”, sino todo lo contrario-, pero daré la pista de que se encuentra enclavado en la comarca de Entresierras, en la provincia de Salamanca.
¿Cómo van a ser las tertulias de vecinos en los pueblos españoles este verano? Quiero confiar en que, como norma general, no llegará a ellos el contagio, casi una pandemia, de la crispación del vosotros y nosotros, de los buenos y malos, que la España Oficial quiere inocular a la España Real, la tuya y la mía, amigo lector.
Todavía sobre el asfalto de la gran ciudad, bajo un exasperante calor, me gusta imaginar cómo viviré esos momentos a la fresca con las gentes sencillas de toda la vida, que siempre han sido currantes y no escaladores de puestos políticos de confianza en el seno de los partidos; muchos vivieron la emigración a las urbes de aquí o allende los Pirineos y retornaron a sus lugares de origen con un módico caudal, pero suficiente para modernizar su vivienda y dar una carrera a sus hijos.
En esos momentos en que el sol ya no castiga, esas gentes han tenido el acierto de apagar su televisor justo cuando iba a ocuparse del rosario de noticias de corrupción, de fraudes con ese dinero “que no es de nadie” (como dijo una ilustre señora), de mentiras, de pactos contra natura, de acusaciones, de exabruptos, de fontaneras, de demagogia, de trucos preelectorales, de cizaña en suma.
Quizás ya no se hable en las reuniones a la fresca de cosechas o de ganado, pues la mayoría de los contertulios de la anochecida ya no se dedican a esos menesteres tradicionales, sea por la edad o por las circunstancias; alguna tertulia versará sobre fútbol, con la resaca del Mundial, y en ese punto un servidor tendrá poco que intervenir; pero seguro que se recordarán momentos y nombres de antaño, de familiares y amigos que ya descansan en la paz del Señor; se revivirán anécdotas jugosas del ayer o del presente casi inmediato; pero todo ello sin acritud, sin empeñarse en una clasificación de los contertulios en bandos opuestos, sin motejar de mala manera al que presenta opiniones distintas.
Van a ser, seguro, buenos momentos, con acaso el sonsonete del grillo de turno, ya apagado el último rayo del recio sol de Castilla, en paz y armonía, y perdonen el lirismo del párrafo, pero la imaginación prospectiva ya está volando sin poder controlarla…
Claro que no soy tan ingenuo para creer que todo el campo es orégano y contraponer -al modo de Pereda o de García Pavón, de los que nadie se acuerda, por desgracia- este supuestamente mundo idílico y la ciudad poblada de malas pasiones; de todo hay en la vida del Señor y nadie puede escaparse, resida donde resida, de un hoy atosigante, de un mundo en vertiginoso cambio, de noticias que causan alarma, de guerras o de esos pequeños y duros dramas personales y familiares que han existido en todo tiempo y lugar. Mas seguro que los comentarios estarán desprovistos de agresividad, de brusquedades enemigas, de sátiras hirientes.
Son tertulias de gentes maduras en general, donde se conserva una cierta reverencia a los más ancianos; los jóvenes aprovecharán para acudir a alguna Fiesta Mayor de pueblos cercanos o para congregarse, también a la fresca si es posible, en un bar que permanezca abierto y no haya sucumbido a la desertización de la España Vaciada; quizás algunos toleren con paciencia a sus mayores y prefieran compartir esos momentos -ahora hablo por mí claramente- que vienen a ser escuelas sin paredes ni ordenadores ni pizarras, donde siempre aprendemos humildemente los que hemos dejado muy atrás las aulas.
Seguro que no estarán lejos del recuerdo y las menciones muchos conciudadanos y parientes que no pueden disfrutar de estos momentos por exigencias del implacable guion laboral, o aquellos que tienen serias dificultades para llegar a fin de mes, o esos jóvenes que no pueden encontrar una vivienda digna; en esos casos, qué remedio, se hablará de política, de la puerca política, pero los exabruptos quedarán dentro para no desentonar con el ambiente, por lo menos hasta que llegue la hora de hacer las maletas para el regreso a la ciudad. De momento, gozaremos de estar al aire libre, bajo la noche clara y, en lo alto, las estrellas, con las armas del diálogo, de la inteligencia y de la amistad.
A la fresca estaremos, Dios mediante, los que ya no somos tan jóvenes y huimos del bullicio y de la música estridente; cada uno con sus opiniones, sus evocaciones en el magín de la memoria, con la paz de espíritu que debe exigirse a unas buenas vacaciones; a lo mejor, de la puerta más cercana, algún vecino contertulio reparte unas cervecitas o saca unos vasos y una frasca de buen vino…