
Las elecciones andaluzas confirman la continuidad del PP como primera fuerza política, pero sin el cierre rotundo del ciclo que se buscaba. El objetivo político de Juanma Moreno era convertir la cita en una validación de su perfil moderado y ampliar su margen de autonomía parlamentaria. Sin embargo, el resultado final deja abierta la fase de pactos y devuelve centralidad a la negociación con Vox.
La tendencia general del sistema de partidos apunta a una derecha competitiva, pero no unificada. El PP gana, pero no convierte esa victoria en la mayoría absoluta necesaria y a la que aspiraban para no depender del partido de Santiago Abascal. Se queda en 53 escaños, a dos del umbral de 55, y además retrocede cinco respecto a 2022, lejos de las expectativas que había alimentado en la recta final de la campaña.
"Sólo Adelante Andalucía, una formación de la nueva izquierda nacionalista enfrentada al Gobierno de Sánchez y una mayor participación de casi 7 puntos respecto a hace cuatro años, han dado la sorpresa rompiendo la, casi, unanimidad de las encuestas.
Miles de andaluces, dispuestos a quedarse, descreídos, en casa han salido a votar y, aunque todos los partidos, menos Por Andalucía, han visto incrementados sus votos en términos absolutos, se ha generado un reparto desigual de los mismos con tres impactos claros en escaños: el PP, con más votos que en 2022, pierde su mayoría absoluta; el PSOE, con más votos, rompe a la baja su suelo y, sobre todo, Adelante Andalucía, triplicando votos, se queda con 8 escaños frente a los 2 que tenía", analiza Jordi Sevilla, exministro de Administraciones Públicas.
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