
Manuel Parra Celaya. Permítanme, de entrada, una pausa para poder respirar a gusto… Porque acabo de seguir las noticias de política nacional (¿) ante la tele y he tenido que taparme las narices ante el predominio de la corrupción; o eso o no parar de reír si me pongo a pensar en todos esos aliados de un Gobierno que predicaban urbi et orbi la limpieza moral y la transparencia, y a los que ahora se podría acusar de complicidad en una serie de delitos (perdón: presuntos delitos).
Ya está. He respirado el aire puro de mi domicilio familiar y el de la gente “normal” de la calle, y me dispongo a escribir, pero sobre otros temas que he ido siguiendo a través de la pantalla del televisor. Y, cómo no, me referiré a aspectos, acaso tangenciales y secundarios, de la próxima visita de León XIV a España y, en concreto, a Barcelona, que es lo que me pilla más cerca.
He leído en dos publicaciones en concreto (El Debate y Dolça Catalunya) que una serie de ciudadanos se muestran en franca oposición a la presencia del Pontífice en nuestras tierras y, más sañudamente, a las celebraciones públicas y de rango oficial; según ellos, Robert Francis Prevost debería venir, si le place, de riguroso incógnito y solo reunirse en privado con las cuatro o cinco personas -entre ellas, un servidor- que se declaran católicas, qué le vamos a hacer…
Las entidades firmantes de la protesta (que convocan también concentraciones alternativas de protesta) están encabezadas por una denominada “Ateos de Catalunya”; oigan, cada uno es libre de creer o no creer; para los creyentes, la libertad es precisamente un don del Creador y hasta ahí nada que objetar. Lo que uno desconocía es que los ateos se habían asociado, me imagino que con sus Estatutos y todo eso.
Sigue una lista de adhesiones a la protesta, no muy larga, en la que prevalecen nombres y entidades de clara definición masónica; no, no sonrían, que no estoy contando ningún cuento de brujas, pero, al parecer, aquel latiguillo atribuido al franquismo de “masones y comunistas” no era una fantasía; como diría un gallego escéptico, haberlos haylos y, por lo que parece, en franca coexistencia de intereses; además, algunos de ellos con cierta posición social y, en lo que respecta a sus formaciones, silentes ante la ola corrupta.
Los convocantes o adheridos comprenden siglas sindicales (CGT, USTEC, STEs, IAC), por supuesto, la CUP, Izquierda Unida (¿quisieron decir desunida?), Barcelona en comú, etc.; destacan, por su rango masónico, “Europa laica” y, cómo no, la Fundación Ferrer y Guardia, así como una asociación juvenil llamada Escoltes de Catalunya; también aparecen algunos sectores de ERC (¿qué dirá al respecto al pío Junqueras?); de esta última formación no sería ocioso estudiar la afiliación sectaria de sus fundadores y, sin ir más lejos, los símbolos del triángulo y la estrella de cinco puntas que forman su bandera. Con perdón de los ateos, “Dios los cría…”
Estos son a los que, según lo leído, se puede aplicar el refrán, que encabeza este artículo, pero echaremos a faltar a los que “no están, pero son”; me refiero a aquellos que, sin firmar manifiestos ni unirse a las concentraciones de protesta, estarán radicalmente en franca oposición, en sus adentros, a lo que representa el Pontífice; incluso, asistirán, cómo no, a los eventos y ceremonias convocadas, inmersos entre las multitudes, pero, eso sí, con sitios de preferencia por su rango oficial; los veremos en las Eucaristías, serán los primeros a la hora de los aplausos y sonreirán, gozosos, en las audiencias. A lo mejor, consiguen así un cierto predicamento entre los sectores de la sociedad más ingenuos y, por supuesto, lograrán camuflar sus presuntas culpas para recobrar algo de popularidad.
Como ya he dicho, este comentario de hoy puede quedar resumido en una anécdota, porque auguro que la visita del Papa atraerá multitudes fervientes, de católicos y quizás de agnósticos de buena fe, entre ellos a miles de jóvenes de los que protagonizan hoy ese renacimiento espiritual en España y en toda Europa, a pesar de los pesares.
Tengo en mi recuerdo las visitas a España de Juan Pablo II, que revistieron también ese clamor que acompañará ahora a su sucesor; como en aquellas ocasiones, en mi balcón lucirán las banderas de España y del Vaticano, y me sumaré, no solo a la efervescencia popular, sino a lo que es más importante: la oración.
Y, como decía en un artículo anterior, me gustaría que el Papa no se dejara engañar -me consta su inteligencia- y contemplara el espectáculo de un pueblo español entusiasta y fervoroso; y rezara también por una parte de ese pueblo español -malgré lui- que dicen que se manifestarán en protesta por su visita.
También -y conste que me repito intencionadamente- que alzara la mirada y le permitieran vislumbrar esa Cruz que preside la Sierra del Guadarrama todavía, aunque esté en litigio su permanencia y profundo simbolismo de reconciliación histórica, a pesar de que el Sr. Sánchez, presidente del Gobierno español según los papeles, dice estar en “clara sintonía con la Iglesia” al respecto; o, por lo menos, con algunos sectores de esta, que no menciono en claro ejercicio de caridad cristiana.