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Diario YA


 

José Luis Orella: El ajedrez ucraniano

 

 

Ucrania se desliza hacia la división social. Finalmente ha quedado claro que el rechazo al acuerdo con la UE, en realidad escondía una nueva revolución. (El ajedrez ucraniano)

 

 

la sensibilidad humana, cuando actúa en solitario sin el concurso de la razón, puede inducir a la confusión

LO REAL Y LO ARTIFICIAL

Manuel Parra Celaya, Parece de cajón la distancia entre ambos términos y, sin embargo, los seres humanos podemos muy bien confundirlos si nos dejarnos llevar por la emotividad, esa característica que hoy preside y sostiene casi todas nuestras decisiones y domina infinidad de ámbitos de la vida, desde los más inocuos y frívolos hasta los más decisivos.
    Porque, en efecto, la sensibilidad humana, cuando actúa en solitario sin el concurso de la razón, puede inducir a la confusión; solo un poderoso ejercicio de esta última puede establecer fronteras nítidas, evitando la influencia de agentes internos (nuestra propia disposición a que el corazón prevalezca sin control) o externos (la propaganda comercial o la demagogia política). 
    Basta con un sencillo ejemplo: la lectura de una novela o el visionado de una película puede hacer borrar de nosotros, momentáneamente, que se trata del fruto imaginario de un buen escritor o de un montaje cinematográfico de altura, y alterarnos en lo más profundo. Y, del mismo modo, ante cualquier acontecimiento o suceso, es difícil sustraerse a ese error. 
    Empecemos por lo más próximo y de actualidad: el problema de la vivienda en España (y en otras naciones de nuestro entorno) es evidente y sangrante, y hoy en día supera en la atención ciudadana al que pueden suscitar  otras muchos otras cuestiones que igualmente se incluyen en el ámbito de lo social y lo económico; todo ello es el fruto, reconozcámoslo de entrada, de unos contravalores que presiden el frontispicio del neocapitalismo global y que ha arraigado fuertemente entre nosotros: el dios-mercado, la especulación financiera, la insolidaridad y la casi total ausencia de políticas encaminadas a restablecer la justicia…y a la desgana de los gobiernos para construir viviendas sociales.  Evidentemente, el problema suscita sentimientos lógicos e incita a la protesta, utilizando incluso recursos populistas con el nombre de ancianas…
    A estas alturas, nadie puede dudar de que las acampadas de protesta tienen, no un fondo humanitario y justiciero, sino sencillamente político; representan una puesta en escena de la izquierda sobresaltada por los pronósticos de las elecciones; al igual que la convocatoria de una huelga general, que escapa de las reivindicaciones laborales, esas tan desatendidas por la misma izquierda encaramada en el poder. 
    Un antecedente próximo fueron aquellas acampadas juveniles del 15-M, cuyo resultado real no fue la satisfacción de las reivindicaciones, sino la frustración y el desengaño, una vez se auparon sobre la rebeldía callejera las carreras políticas de los más avispados; la protesta -uno tuvo oportunidad de dialogar con alguno de sus protagonistas callejeros- fue el trampolín para que se cumpliera el dicho lampedusiano: “…para que todo siga igual”.
    Y, si nos remontamos en la historia un poco más lejana, ocurrió algo semejante cuando otras generaciones juveniles expresaban su contestación en algaradas y mítines; unos cuantos para reivindicar libertad y democracia auténticas; otros, por ejemplo, para demandar el cumplimiento de una revolución pendiente. En ambos casos, quedaron frustradas ambas sensibilidades, y de ellas sacaron provecho otros sectores muy alejados de las reclamaciones juveniles. 
    Aún está por estudiar claramente y en profundidad la influencia de los sectores de trastienda que obtuvieron una rentabilidad política en esos casos,  y en otros muchos, que no corrieron ante los grises ni tuvieron que sobrellevar incomodidades en sus vidas. 
    Y, tirando por elevación, es indiscutible que todo ciudadano aspira a que sus representantes electos laboren para la mejora de una sociedad, y esto de acuerdo con las promesas que se vierten a destajo en las propagandas electorales; es decir, que la participación del pueblo en las tareas del Estado sea una realidad. Pero esta legítima aspiración se ve constantemente adulterada por el partidismo; en efecto, la democracia ha degenerado en partitocracia, y los partidos políticos han devenido en agencias de colocación de sus fieles, instrumento alejado de sus teóricos fines y coto cerrado para sus minorías dirigentes. 
    Y, no obstante, son ellos, especialmente los de la izquierda, quienes subrepticiamente siguen promoviendo y alentando expresiones de protesta callejera, empleando generosamente la demagogia e incitando a una rebelión que no tiene más alcance que obtener una victoria en las urnas: sigue en pie otra de los pesimistas pensamientos que Tomasi de Lampedusa nos transmite en su libro de referencia: “Todo esto no tendría que durar, pero durará siempre”.
    Las acampadas en las plazas de nuestras ciudades responden al predominio de la sensibilidad sobre la razón, y, por supuesto, a una ingeniería social que mueve los hilos de la contestación y que no cesará mientras sea útil a estos intereses partidistas. Mucho nos tememos que el resultado vuelva a ser la frustración y el desencanto de otras promociones juveniles, usadas como carne de cañón por sus teóricos mayores. 
    ¿Es posible evitar esta ceremonia de la confusión y estas derivaciones de protestas callejeras, abriendo la mirada hacia lo obvio, lo auténtico y lo efectivo en lugar de quedarse en lo ilusorio y lo ficticio de las sensibilidades contestarias?  Es difícil, pero imprescindible ir hacia ello, y una clave vuelve a estar en la Educación, y no solo en las competencias que ha juzgado el informe PISA, sino en volver a introducir en las aulas lo que llamaban los tiralevitas ochocentistas aquella funesta manía de pensar, hoy repetido por las leyes educativas que han asolado las aulas. Y, de paso, una correcta transmisión de conocimientos sobre lo que ha venido ocurriendo con las sensibilidades de las generaciones anteriores.

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