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José Luis Orella: El ajedrez ucraniano

 

 

Ucrania se desliza hacia la división social. Finalmente ha quedado claro que el rechazo al acuerdo con la UE, en realidad escondía una nueva revolución. (El ajedrez ucraniano)

 

 

nos informan a diario del incremento de los alijos de esta droga y de la saña de los narcos, que ya han causado varias víctimas entre las Fuerzas de Seguridad españolas

EL FRENTE SUR

Manuel Parra Celaya. No nos duelan prendas a la hora de utilizar términos de guerra para definir la dura realidad que se está viviendo en las costas andaluzas con el narcotráfico, pues estamos ante un escenario claramente bélico en el que uno de los bandos combatientes -el de España y su supuesto Estado de Derecho- aparece a diario en clara inferioridad de condiciones ante el combate que se está librando.
    Aunque el tema del contrabando en Andalucía -y en otros puntos del litoral español- viene de muy lejos, en estos momentos, en el Campo de Gibraltar, Cádiz o Huelva, ha adquirido una virulencia insospechada al intervenir organizaciones criminales bien preparadas y dotadas que trascienden con mucho la proximidad de las redes marroquíes y se amplían a un ámbito de intereses internacionales; ya no es solo el hachís, sino especialmente la cocaína la que pugna por entrar en nuestras fronteras meridionales para distribuirse por todo el territorio nacional y ser, de hecho, una punta de lanza para toda Europa.
    Los medios nos informan a diario del incremento de los alijos de esta droga y de la saña de los narcos, que ya han causado varias víctimas entre las Fuerzas de Seguridad españolas…y no precisamente por “accidentes laborales”; acaso habrá que rescatar para la actualidad aquel antiguo titular periodístico de la época de la II República que se veía en la obligación de recordar que “también los guardias civiles tienen madre”.
    Nuestras fuerzas policíacas en la zona claman constantemente por la falta de medios y de personal para hacer frente a un enemigo -el apelativo es más que apropiado- que además cuenta, según referencias periodísticas, con una quinta columna en algunos sectores de la población, incluidos menores, que buscan por estos medios ilegales y criminales ingresos sustanciosos; la omertá -dice la prensa- se ha convertido en una barrera muy difícil de franquear para las investigaciones.
    Como de costumbre, habría que indagar responsabilidades, tanto por acción como por omisión, y no precisamente entre quienes son nuestros combatientes, sino entre los políticos, esos que se muestran entre cicateros y despreocupados a la hora de dotar de instrumentos de lucha a quienes están en primera línea de fuego y nos ofrecen constantemente muestras de abnegación y de valor.
    Se está afrontando, pues, una guerra real en este Frente Sur, y, como tal, debe ser así entendida por todos los españoles, más allá de las supuestas carencias de belicosidad y de patriotismo que nos parecen reflejar las encuestas interesadas; se nos invita -con la boca pequeña, eso sí- a ser conscientes y no bajar la guardia ante el hipotético alcance de misiles que provengan del norte de Europa o de los riesgos que hipotéticamente nos puedan salpicar por el eterno conflicto de Oriente Próximo, pero pasan totalmente desapercibidos para una inmensa mayoría las situaciones del frente que está en plena ebullición en las costas onubenses y gaditanas.
    Si, ante esos peligros lejanos con que nos quiere amedrentar la propaganda oficial, el ciudadano medio suele hacer gala de un escepticismo cuasi pacifista, tampoco es extraño que, ante un peligro en nuestras propias frontera, se adopte una actitud parecida y despreocupada, y los sacrificios de quienes están combatiendo a diario, casi inermes, sean observados como una simple anécdota. Es triste que haya que concluir que es consecuencia de la carencia total de una educación cívica (ya no sigo patriótica) que caracteriza, no solo al sistema de Enseñanza, sino a todos los niveles de la población española adulta.
    También influye que en España existe un gran menosprecio del sentido de la autoridad -que se suele confundir estúpidamente con el autoritarismo-; las calles de nuestras poblaciones y nuestras carreteras son un buen ejemplo de ello, con una delincuencia abundante; el ciudadano, salvo que le afecte directamente, lo contempla con indiferencia, y no son raros los casos de desconsideración hacia los agentes, salvo que penda la espada de Damocles de la denuncia y la multa. Aunque suene a “viejuno” (como dicen los modernos), uno añora otros momentos en que la sola presencia de la pareja de la Guardia Civil servía para ahuyentar presuntos delincuentes y conferir seguridad al ciudadano de bien.
    Pero no divaguemos: si existe una situación de guerra en el Sur, habrá que afrontarla con los recursos, quizás excepcionales, que le son propios y debidos. ¿Sigue estando en vigor el artículo 116 de la Constitución que regula “los estados de alarma, de excepción y de sitio y las competencias y limitaciones comprendidas en ellos”?; ¿no pueden ser de aplicación en unas zonas donde un enemigo, real y no virtual, dispone de medios armamento de guerra que no duda en utilizar cuando se ve en peligro?
    Lejana ya mi época del Servicio Militar (ese que sigue campeando en el artículo 30 de la Carta Magna y que el Sr. Aznar decidió suspender), no puedo evitar, sin embargo, en mi fuero interno, algunos recuerdos, como aquel de las Ordenanzas que decía “a la tercera voz de mando, se hará fuego”; claro que tampoco sé si permanece en vigor y ha sido sustituido por un amable “no sean ustedes malos”…Pero lo que no debe permitirse es que la Benemérita en concreto siga pagando con sangre una carencia de medios de defensa y de ataque, y que debamos traer a la memoria aquel antiguo titular periodístico citado.
 

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