
Manuel Parra Celaya. Hace días que viene coleando -como serpiente de verano pero en cruda época invernal- un cierto debate sobre la oportunidad o no de imitar a numerosas naciones de nuestro entorno europeo en cuanto a una vuelta al servicio militar, ese que Aznar, en sus pactos entreguistas a Jordi Pujol borró de un plumazo, dejando el articulo 30 de la Constitución en aparente suspenso, ya que no podía legalmente abolirlo: entre paréntesis digamos que se suma a una larga lista de incumplimientos de la Carta Magna, empezando por las afirmaciones rotundas del Título Preliminar…
Pero, al parecer, el debate ya ha quedado zanjado, pues existe una curiosa unanimidad entre las cúspides políticas y castrenses en negar la mayor, aunque sea en versión de voluntarismo; por supuesto, como era de esperar, el Gobierno del PSOE se opone; el PP “ni siquiera se ha planteado el tema”, y apoya esta “indiferencia” en que, en la actualidad, en los conflictos bélicos han adquirido protagonismo las nuevas tecnologías; ante esta razón de peso de la Oposición, huelga recordar aquel adagio castrense de que una guerra no se puede dar por ganada mientras la infantería no domine el territorio enemigo, pero no insistamos sobre el particular para no incomodar al Sr. Feijoo y sus voceros…
Desde fuentes profesionales de las FF.AA. se apoya la unanimidad de los políticos, matizando que “la vuelta a un servicio militar, sea obligatorio o voluntario, tendría -atención al dato- una explicación muy compleja ante la opinión pública”; otros cercanos a estas fuentes aducen, además de insistir en “el aspecto sociológico” y la “mentalidad de los jóvenes”, razones económicas de peso. Por último, rescato de mi hemeroteca particular un editorial de ABC (22-XII-25) donde se propone la sugerencia de “crear un servicio cívico-militar voluntario en unidades como la UME”, en el supuesto de que esta tiene atractivo popular. Pero uno recuerda que en diversas localidades (Pamplona, Barcelona…) la presencia militar en tareas de desinfección fue contestada con ignominiosas caceroladas, porque el adversario seguía siendo, en definitiva, el Ejército español; añado que otros ciudadanos contrarrestaban con sus aplausos estas manifestaciones de odio, no llevadas, por cierto, ante los tribunales…
Se omite en este debate apenas incoado el problema real: el constante y feroz antimilitarismo que se ha ido inculcando, desde hace varias décadas, a la población española; ha calado como una enfermiza visceralidad, ausente en las demás naciones de nuestro entorno, lo que se une a la búsqueda del confort que da el neocapitalismo, a la ausencia del sentido de la responsabilidad, y, por qué no, a la cobardía social, que no se atreve a la discrepancia ni, mucho menos, a la hipótesis de empuñar las armas en defensa de la Patria.
De forma que es inútil esgrimir los ejemplos de nuestros vecinos, y no solo por la lejanía de esos posible conflictos que no cesa de pontificar la señora Van de Leiden. Sino sobre todo por esa mentalidad que ha sido inculcada desde las propias instituciones y sus medios.
Acudo a mi memoria personal y recuerdo que, aun en el ejercicio de mi profesión docente como profesor de literatura, ante un comentario de un Episodio Nacional galdosiano, pregunté a mis alumnos cuántos estarían dispuestos a defender a la Patria con sus armas en caso de invasión; la respuesta me dejó ojiplático: solo dos de entre treinta alumnos levantaron la mano; el resto opinaba que mejor largarse o convivir en paz con el invasor; hablo de hace unos quince años, con lo cual se demuestra que la siembra del antimilitarismo había hecho efecto.
En consonancia con todo esto, hay que constatar el divorcio existente entre los Ejércitos y la sociedad, solo menguado porque una parte de ella se niega sistemáticamente a aceptar el lavado de cerebro que incluye, cómo no, un supuesto pacifismo, cuando los Ejércitos son los primeros en propugnar la paz por la cuenta que les trae… Claro que, en caso de conflicto -que Dios no lo quiera- las bravatas del mundo político llegarían a lo más alto y las propagandas belicistas formarían parte de los programas electorales, en caso de que estos persistieran.
En consecuencia, casi estuve a punto de sumarme a las voces unánimes sobre la inoportunidad de recobrar el servicio militar, aun voluntario. Solo me salvan de esta opinión pesimista tres razones que estimo de peso: la primera, que particularmente me siento orgulloso de haber vestido el caqui con los galones de Cabo y cumplido mi Servicio Militar -con juramento ante la bandera incluido- cuando me correspondió; en una buena herencia que dejo a mis hijos y a mis nietos.
La segunda es que, de vez en cuando, me gusta asomarme a la historia de España y compruebo que, incluso en épocas de decadencia similares a la actual, se han realizado milagros por parte de un pueblo español igualmente adormecido o maleducado por sus dignatarios.
La tercera que sé de buena tinta que existe una gran parte de los jóvenes actuales que ya se ha rebelado contra las abducciones que les han impuesto sus mayores, creen en España, apuestan por el patriotismo bien entendido y no forman parte de una sociedad adormecida, cómoda y cobarde.