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Diario YA


 

¿Y después del Covid-19?

José Antonio Bielsa Arbiol. Los peores pronósticos se están cumpliendo a paso acelerado. El contubernio global de la Agenda 2030 -que alienta el advenimiento de una gobernanza mundial- va a utilizar la pandemia en curso como pretexto para radicalizar su plan de “desarrollo sostenible”, sobre las bases monstruosas del programa de reducción de población, la implantación del biochip y la consecución de una Era Mesiánica que faculte, y legitime, la destrucción de la Cristiandad en la Era de Acuario. ¿Les suena todo esto a conspiranoia? No lo es. En ocasiones, la realidad supera a la ficción.

Hace un par de días, el digital alternativo El Independiente anunciaba una noticia con este jugoso titular: “Bill Gates anuncia que implantará microchips para combatir Covid-19 y rastrear las vacunas”; entre las informaciones vertidas en el artículo, podía leerse lo siguiente:

    “Este proyecto, también dirigido por el MIT, es un implante de microchips anticonceptivos que permitirá a las mujeres controlar las hormonas anticonceptivas en sus cuerpos. En cuanto a ID2020, para hacerlo, Microsoft ha formado una alianza con otras cuatro compañías, a saber; Accenture, IDEO, Gavi y la Fundación Rockefeller. El proyecto cuenta con el apoyo de las Naciones Unidas y se ha incorporado a la iniciativa de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas.”

    Nada nuevo bajo el sol, desde luego. Entre tanto y en nuestra arrasada Patria, la negligencia criminal de un desgobierno golpista formado por elementos de la peor canalla socialista-comunista y filoetarra-separatista, sumada a la perversa ruindad de unos medios de intoxicación desinformativa al servicio de las plutocracias mundialistas, han sumido a la manejable población española durante este período de cuarentena en un prolongado rechinar de dientes, en un estado de shock emocional de irreparables consecuencias para la nación en su conjunto. Mientras tanto, las víctimas mortales se suceden en cadena, cebándose de lleno con la población jubilada, aquella que ya tributó al fisco durante largas décadas de su vida laboral, pero que al no ser productiva hoy, bien puede ser abandonada a su suerte por Papá-Estado.

    Venimos denunciando desde hace años la preparación de este escenario indeseable. El disidente, al tratar estos asuntos, es repelido por las inteligencias prácticas; es el estigma de hablar claro y de frente ante un rebaño de satisfechos de su suerte.

    En nuestro libro Cómo sobrevivir al Nuevo Orden Mundial: Un manual de trinchera (La Tribuna Ediciones, 2019), ya advertimos de todo esto con la debida moderación:

    “El contubernio luciferino de la ONU sabe todo esto y mucho más; el mundo de las ideas necesita de estos laboratorios para abrirse camino. La idea de colocar el consabido chip de identidad universal a todas las personas del globo para el año 2030 (tesis difundida por unos medios y desmentida por otros), no tiene nada de extraña, al contrario, puesto que apela a una lógica tecnológico-estructural natural en el NOM: al imponer el sistema biométrico universal (suerte de panacea burocrática que hubiera hecho las delicias de un Fouché o un Mao), se permitirá con suma facilidad al Sistema contabilizar a la comunidad humana planetaria como a las gambas de ojos saltones de una piscifactoría, con un registro integral exacto, y con sus informaciones personales actualizadas.

    Esta brutal medida totalitaria no sólo perpetraría una clara violación de la privacidad de los individuos, sino la definitiva vuelta de tuerca del proyecto luciferino en marcha: la implantación de la “Marca de la Bestia”, con su numeración debidamente encriptada (!); en Apocalipsis 13:16-18 podemos leer la profecía de lo que viene: “Y asimismo que a todos, humildes y magnates, ricos y pobres, libres y siervos, se les marcara sobre su mano derecha o sobre sus frentes. De suerte que nadie pudiera comprar o vender, sino el que estuviera marcado con el nombre de la Bestia o con su nombre cifrado. ¡Aquí quien sea sabio! Calcule el que tiene ingenio el número de la Bestia, pues es cifra que corresponde a un hombre. Es su número: seiscientos sesenta y seis”.

    Este sistema, tiempo al tiempo y lo refute quien lo refute, habrá de ser impuesto (con problema o sin problema alguno es ya otra cuestión): será sí o sí, o de lo contrario el que se niegue a ser marcado pasará, en el mejor de los casos, a sufrir una muerte civil en toda regla, con imposibilidad de acceder a sus cuentas bancarias inclusive. El frente de resistencia ante esta amenaza dependerá únicamente del contingente humano dispuesto a repeler al Leviatán: a mayor número de antagonistas de la diabólica medida, mayor posibilidad de frenar/demorar en el tiempo el proyecto de la agenda globalista.

Pero no olvidemos que el grueso de las nuevas generaciones, cada día más dóciles y sumisas al Sistema (amén de peor educadas y depredadas en el plano moral), no tendrán reparos de aquí a una década en aceptar con relativista aplomo esta engañifa del diablo. Y sin que sirva de precedente, no olvidemos tampoco que la práctica totalidad de nuestros coetáneos aceptaron sin pestañear la imposición del DNIe en 2006 (“¡no es lo mismo!”, me dirán), pero la transición apenas supuso nada traumático para esos españoles embaucados: de los clásicos DNI plastificados se pasaba al DNI electrónico, suerte de tarjeta con un chip integrado en cuya memoria se condensan todos nuestros datos, huellas dactilares incluidas; tras el DNI 3.0. (o algún análogo que perfeccione todavía más éste), el siguiente paso, por lógica organizativa y estructural implacable, sería el biochip.

    La cuestión filosófica pertinente, en fin, es la siguiente: ¿acataría usted sumiso cual borreguillo de matadero o gamba de ojos saltones -en el hipotético escenario de una inminente implantación del biochip- esta imposición totalitaria sobre su propia piel? ¿Se dejaría marcar… el 666?”

    Hasta aquí el extracto del libro. Me gustaría terminar con una reflexión del gran Bill Cooper, procedente de su ensayo He aquí un caballo pálido (1991) y asesinado por laborar en la defensa y propagación de la Verdad: “No creo en el destino. No creo en los accidentes. Ni puedo ni quiero aceptar la teoría de que largas secuencias de accidentes no relacionados determinen los acontecimientos mundiales […] Creo, pues, que se está jugando una gran partida de ajedrez a unos niveles que apenas podemos imaginar, y nosotros somos los peones”.
 

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