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Cine Odio

Manuel María Bru. 28 de Septiembre.

     Una parte del cine español, una parte sólo, pero la única visible, la única subvencionada, premiada, comentada, difundida y aplaudida, recupera un estilo inaugurado por la Alemania nazi, mal mantenido en la antigua Unión Soviética, que es el cine-odio, el uso de los recursos de un arte al servicio de la propaganda de un odio por lo pronto racista y xenófobo, pero además diabólico, pues tiene en definitiva a Dios como objeto de su obsesiva y enfermiza embestida. No me estoy refiriendo a la enésimo película española de las de cheque en blanco por formar parte de la campaña de la manipulación histórica para mentir y ofender a la Iglesia, que es el caso, entre otras muchas, de “Los girasoles ciegos”, en la que el cura amancebado no es más que una excusa para repetir la única imagen de sacerdote que el cine español ha dado en los últimos treinta años: hipócrita, retorcido, avaro, sinvergüenza, inhumano.
 
No. No me refiero a este tipo de películas que por supuesto también cuentan ya con la publicidad gratis de casi todos los medios de comunicación social y con todos los premios posibles concedidos. Me refiero a otra cosa muchísimo peor. Me refiero al estreno de la película “Camino” que se va a presentar en el festival de San Sebastián. Se trata de una película supuestamente basada en hechos reales, referidos al caso de una niña (Alexia) que está en proceso de beatificación. La historia de Alexia (suficientemente documentada en diversas publicaciones) sirve de pretexto para una monumental falsificación orientada a atacar furiosamente a la Iglesia y especialmente al Opus Dei, con el agravante de que se deforma brutalmente la experiencia vital de la familia de Alexia que es retratada de una forma odiosa. El nombre de la niña se cambia en la película por el de Camino, la obra más conocida de San Josemaría Escrivá.
 
El fin de este horror que se podrá ver en los cines, pero que no es cine sino propaganda, no es otro que el odio. El odio en primer lugar a Alexia, del modo más cobarde con el que se puede expresar el odio, que es cuando la persona odiada es una niña; cuándo no puede defenderse porque ya falleció; cuándo es insultada por su sufrimiento; cuándo es manipulada su libertad convirtiendo una decisión heroica en una acción masoquista; y cuando se le ataca por lo más preciado que esa persona tiene, que es su fe. En segundo lugar, el odio a su familia, que tiene ahora que soportar la afrenta más dura que nadie pueda recibir. Y en tercer lugar el odio a la Iglesia, el odio a los santos, el odio a los que ofrecen su dolor y su vida a Dios, y en definitiva el odio a Dios. Que Él los perdone por haber colaborado con esta obra maestra del maligno.

 

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