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Editorial: "Pescadores de hombres"

Pescadores de hombres

Madrid, 25 de julio, 10 de la mañana. Algunas calles están llenas de inmigrantes borrachos que duermen bajo los rayos de sol. Cuerpos deformados por los excesos de una sociedad capitalista que les da todo lo que no pueden tener en sus países de origen, pero que les quita otras muchas cosas…, quizá la Esperanza. Otros, que no han caído aún en brazos de Morfeo, ríen a carcajadas o practican reyertas en presencia de españoles que les miran asombrados, también temerosos…, casi incrédulos. Es el Madrid multicultural.
 
La ausencia de españoles, ya en las playas o en el extranjero tras un año duro de trabajo y apreturas, acentúa más la presencia de extranjeros. Jóvenes, y no tan jóvenes, que han encontrado en la litrona su manera de parecerse a los europeos. Su forma de integrarse es esa: tirando de botella y pasando las madrugadas en vela, visitando bares y buscando compañía, ausentes y a la deriva, con los bolsillos llenos de monedas pero un agujero grande en el alma: el agujero que provoca la distancia impuesta, la añoranza y el desamor.
 
Luego, el día pone en evidencia el destrozo del alcohol en los hombres. Su piel arde en las aceras que ganan temperatura a medida que pasan las horas. No hay horarios de desayuno, de almuerzo o de cena. Cualquier excusa es buena para agarrar (¡nunca coger!) el cuello de otra “rubia” de litro para seguir bebiendo y riendo, para dejar que pasen las horas sin control, en una huída hacia adelante difícil de explicar y de entender. Sólo los barrenderos pueden escuchar sus quejidos entre el sueño y la realidad.
 
A nadie parece preocuparle este fenómeno inaudito del alcoholismo callejero en ciudades grandes como Madrid, y que empieza a tener muchos afectados en el colectivo de inmigrantes. Los políticos están más preocupados por las grandes obras (¿queda alguna calle sin levantar, don Alberto?) y por organizar cierto evento deportivo que ya marea, que en ofrecer soluciones a una terrible lacra de nefastas consecuencias sociales: desarraigo, enfermedad, aislamiento, delincuencia y, a veces, crimen.
 
Sigamos ignorando lo que no es sino evidencia de la crisis moral que vive Occidente. Continuemos pensando que los mayores placeres son los que gestiona Baco. Cuando la crisis se agrave, tendremos miles y miles de seres humanos sin trabajo ni dinero, pero con una dependencia patológica de sustancias nocivas para su salud. Y cada día será más complicado hacer la labor educativa que debería hacerse ahora; seamos, como Santiago, pescadores de hombres, porque esa es nuestra obligación como cristianos.

Sábado, 26 de Julio de 2008

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