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Diario YA

Editorial, sábado 5 de julio de 2008

Contra el aborto, contra la eutanasia

El PSOE ha empezado ya a mover en la opinión pública dos asuntos lo bastante manipulados y tergiversados por el relativismo dominante como para que resulte difícil plantearlos con alguna esperanza de cambiar la triste realidad que suponen. El aborto y la eutanasia son ahora, por razones que desconocemos, dos cuestiones de un súbito e inesperado interés por parte del partido que nos gobierna. Y naturalmente, ambos han sido abordados sin hacer la menor reflexión sobre el fondo del problema, que no es otro que la dignidad del ser humano. 

Ninguna vida humana puede ser interrumpida. La vida empieza en el momento de la concepción, y no es moralmente admisible que ese proyecto de ser humano que tiene su origen en la unión de un óvulo y un espermatozoide se destruya en orden a razones que en la inmensa mayoría de los casos son de oportunismo o comodidad. Una sociedad que asiste impertérrita a la aniquilación de miles o millones de seres humanos todos los años es, sin duda, una sociedad enferma y sin futuro.
 
Pero las ideologías imperantes en Occidente, el socialismo y el liberalismo, se han unido en sucia alianza para disfrazar ese crimen masivo con un manto repugnante de cinismo. Y se han encargado de convencer a los más jóvenes de que un niño sólo es un niño cuando nace…, o como mucho un mes antes…, o bueno, quizá dos meses antes…, o tres. Se ha logrado convencer a buena parte de la juventud de que puede disponer de su cuerpo en la medida que desee, por supuesto sin preguntarse por la posibilidad de que la vida que alberga dentro una chica embarazada pueda valer tanto como su propia vida.
 
Los cristianos sabemos muy bien que eso no es así. Que la vida es el don más preciado que tiene el Hombre, que es un regalo de Dios, y que sólo Dios puede darla y quitarla. Que no ha nacido aún el hombre que tenga derecho a decidir quién sigue viviendo y quién deja de vivir en este mundo. Que un ser humano no vale más que otro porque tenga un mes, dos meses, tres meses…, 20 años más de vida. Que la casuística más o menos lacrimógena que se nos pueda presentar para justificar un aborto es una insignificante anécdota si la comparamos con la grandeza que guarda en su núcleo existencial todo proyecto de Hombre. Una grandeza heredada de Dios Padre.
 
Y por la misma razón que no es admisible el aborto (“interrupción del embarazo” lo llaman los amigos del eufemismo), tampoco lo es la eutanasia, que supone un acto de soberbia verdaderamente indecente por parte de quien la pueda ejecutar o consentir. De nuevo, el ateísmo y la falta de una moral inspirada en la dignidad humana visten con un lenguaje obscenamente manipulador la realidad de la eutanasia: se habla de “morir con dignidad”, cuando no puede haber mayor dignidad para un moribundo que buscar el abrazo redentor de Nuestro Padre, justo en el momento en el que Él decide que vayamos a su encuentro. Pero también la muerte es objeto de tabú en nuestras sociedades opulentas y risueñas; porque cuando se da la espalda a la Fe, la muerte es el fracaso, y no el comienzo de la Vida Verdadera.

 

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