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Editorial: "Sembrar la semilla de la discordia"

Sembrar la semilla de la discordia

Según nos cuenta Europa Press, Ibarreche ha empezado a buzonear las papeletas de su consulta ilegal por todas las calles del País Vasco, con el fin de concienciar a los ciudadanos de la importancia de que el próximo 25 de octubre vayan a votar; aunque vaya en contra de la ley, pero que voten. Aunque haya policías que impidan, por orden judicial, el acceso a los colegios, pero que voten. Porque Ibarreche sabe que ha ganado la batalla del lenguaje. Y ya no hay ninguna palabra que valga más que “democracia”.
 
Lo que ha ocurrido en España en las últimas tres décadas es que los enemigos de la patria (los separatistas vascos y catalanes con la inestimable ayuda de comunistas y socialistas del ala tarambana) han ganado la batalla del lenguaje sin que haya habido partidos lo bastante audaces, lo bastante inteligentes ni lo bastante patriotas como para plantar cara con razonamientos irrefutables (que los hay). Y, en efecto, un uso tergiversado y terriblemente manipulador de la palabra “democracia” (sumado a unos cuantos planes educativos nefastos) han hecho el resto.
 
Porque hay fundamentalmente una razón política que deja el discurso infame de Ibarreche a la altura del betún, y no es otra que el concepto de soberanía. La ley vigente (que nos atañe a todos los nacidos en España, entre quienes se encuentra el lendakari), la Constitución del ´78 a la que tanto dicen haber “alimentado” los nacionalistas, no permite que ninguna comunidad autónoma pueda pretender el menor atisbo de secesionismo sin que el conjunto de la nación se pronuncie al respecto. Por tanto, la consulta ilegal de Ibarreche no es más que un juego de vecindario, un pasatiempo caro (pagado con dinero público) cuyo resultado nunca podría ser decisivo para cambiar la realidad política de España.
 
Por otra parte, Vascongadas forma parte de España desde muchos siglos antes de que al primer peneuvista se le ocurriera la peregrina idea de que esa región pudiera ser una nación. El nacionalismo vasco nace (y cabría decir que muere también) en la mente enferma del fundador del PNV, un hombre con problemas de todo tipo que, tras muchos años de ejercicio del racismo más repugnante, terminó abrazando candorosamente el centralismo. Un emocionante ejemplo de coherencia y lucidez.
 
Pero hasta que la ciudadanía decida interesarse de verdad por la verdadera memoria histórica de nuestra patria, personajes siniestros se aprovechan de la ignorancia y acaso la ingenuidad para sembrar la semilla de la división y atizar disputas territoriales de imprevisibles consecuencias. Hemos cometido el error de poner el futuro de todos al alcance de unos desalmados; ojala no sea demasiado tarde para impedir que lo destrocen.

 

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