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Diario YA

“¡Traición! ¡Traición! ¡Nos han llevado al rey!"

El protagonismo del dos de mayo queda reservado para la gente sencilla

Javier Paredes. Se iba la noche y clareaba el día el 2 de mayo de 1808, para que se pudiera vez con nitidez el protagonismo histórico del pueblo español en aquella jornada. Amanecía, cuando unos carruajes se detuvieron en la Puerta del Príncipe del Palacio Real y permanecieron un par de horas a la espera de que salieran los miembros de la familia real que todavía quedaban en España, porque los invasores franceses los iban a llevar a Bayona. El traslado del hijo menor de Carlos IV, el infante Francisco de Paula de Borbón y futuro suegro de Isabel II, que todavía permanecía en Madrid, desató las iras de los madrileños. Y fue un modesto cerrajero, José Blas Molina y Soriano, que se encontraba en palacio el que dio la voz de alarma con sus gritos: -“¡Traición! ¡Traición! ¡Nos han llevado al rey y se nos quieren llevar todas las personas reales! ¡Mueran, mueran los franceses! Y a continuación, Rodrigo López de Ayala Barona, mayordomo de palacio, desde uno de los balcones del recinto regio, confirmó a voces lo que había dicho el cerrajero: - “¡Vasallos a las armas! ¡Que se llevan al infante! ¡Vasallos a las armas! Y a las voces dadas desde palacio respondieron otras desde la muchedumbre que se había congregado: - ¡Mueran los franceses! ¡Que no salgan los infantes!
El alboroto fue creciendo y el entusiasmo se desbordó cuando el infante Don Francisco de Asís se asomó a uno de los balcones. Poco después apareció un ayuda de campo de Murat, que había sido enviado para que informara de lo que estaba pasando. La multitud quiso matarlo y salió vivo de milagro. Como reacción Murat envió a palacio un batallón de granaderos, un escuadrón de caballería y dos piezas de artillería. Sin previo aviso, los granaderos abrieron fuego y allí murieron los primeros madrileños.
Lo sucedido corrió como la pólvora por Madrid y el tumulto original se convirtió en un auténtico levantamiento de las clases populares, ya que al decir del historiador Comellas “la mayor parte de las clases alta y media se apretujaban en sus hogares”. Miles de soldados franceses, armados hasta los dientes, se enfrentaron a unos civiles mal pertrechados con cuchillos y algunas pistolas. La guarnición española en Madrid quedó confinada en los cuarteles, por orden del capitán general Francisco Xavier Negret. Solo unos pocos militares hicieron caso omiso y se sumaron al levantamiento. Los capitanes Pedro Velarde y Luis Daoíz, con un puñado de soldados y cien civiles, se hicieron fuertes en el parque de artillería de Monteleón, donde muchos de ellos encontraron la muerte tras el ataque de miles de franceses. Sobre las dos de la tarde todo había concluido o quizás todo había empezado. El hecho es que las tropas de Murat restablecieron la calma en la ciudad y procedieron a fusilar a cuantos creyeron sospechosos.
Las cifras hablan por sí solas. En esa jornada murieron 409 personas, de las que 370 eran civiles y tan solo 39 eran militares. El dos de mayo también fueron heridos 170 individuos, de ellos 142 civiles y solo 28 militares. En el Prado, donde hoy se encuentra la estación de Atocha, fueron fusilados 32, uno en Cibeles, dos en el Portillo de Recoletos, tres en la Puerta de Alcalá, cinco en el Buen Suceso y 24 en la montaña del Príncipe Pío. Goya, tan buen pintor con antipatriota, se quedó escondido en su casa y no pintó “Los fusilamientos” ni “La Carga de los Mamelucos” en la efervescencia de los acontecimientos, esos cuadros los pintó en 1814. Más tarde de los sucesos del 2 de mayo de 1808, se puso al servicio de José I y por encargo del rey intruso recorrió las iglesias y los museos para hacer una relación de los cuadros que habían de ser trasladados a París, entre los que se encontraban obras de Velázquez, Murillo y Valdés Leal.
El protagonismo del dos de mayo queda reservado para la gente sencilla, que dio su vida por defender la integridad de la patria como Juan Antonio Alises, palafrenero; Manuel Álvarez, carretero de la provisión del pan; Benito Amigide, tendero; Manuel Antolín, jardinero; Teodoro Arroyo, zapatero; Domingo Braña, mozo de tabaco en la aduana; José del Cerro, de 14 años, aprendiz de empedrador; Miguel Cubas, carpintero; Juan Fernández, hortelano; José Fumagal, oficial de la Dirección de Lotería; Francisco Gallego Dávila, presbítero; Manuel García Valdés, lavandero; Juan José García, cartero; Pascual López, oficial de la Biblioteca del Duque de Osuna; Fernando Madrid, oficial de carpintería; Manuela Malasaña, de 15 años, bordadora; Félix Mangel, guarda de coches; Gregorio Martínez, mancebo de caballerizas y esquilador; José Eusebio Martínez, arriero; Antonio Matarraz, aserrador; Pedro Oltra, albañil…

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