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La elegancia de Boz Scaggs

Paco Ochoa. 28 de noviembre.
El pasado fin de semana dí mi semanal paseo por una de las escasas grandes superficies que aún venden discos en Madrid. La cosa va cada vez  peor. Entre muñecos, chapas, posters, dvds, blurays y demás parafernalia postmoderna, lo del cd ya se va convirtiendo en un capricho de público entrado en años, al que cada vez se le va recluyendo en lugares más pequeños y alejados de la rutilante actualidad consumista. La cantidad influye en la calidad y como la primera es escasa, la segunda se va minimizando progresivamente. Así, entre los posibles superventas, las novedades de venta intensa y de temporada y las horteradas de exhibición obligatoria, cada vez es más difícil encontrar grabaciones que justifiquen su precio y nos hagan la vida más rica y más dichosa. Por citarles un ejemplo inmediato, es prácticamente imposible encontrar la última maravilla que ha grabado ese gran músico e inmenso cantante que se llama Boz Scaggs.

Déjenme presentarle. Nuestro protagonista de hoy nació en Ohio en 1944 y a los 12 años ya hacía sus pinitos con la guitarra. Pronto decidió dedicarse a la música y lo intentó en solitario sin mucho éxito. Ante tan triste evidencia, en 1967 se trasladó a la fascinante California psicodélica de la época y allí se encontró con un viejo amigo llamado Steve Miller que acababa de formar una banda, la Steve Miller Band, claro. Con ellos grabó dos buenos discos: Children Of The Future y Sailor y poco después volvió a intentarlo por su cuenta. La cosa no funcionó mucho al principio, pero en 1976 grabó un vinilo, lleno de aterciopelado rhythm and blues y baladas conmovedoras, que le hizo vender todo lo imaginable. Se llamó Silk Degrees y lo puso de moda en todo el mundo. Una moda que pasó como llegó y que dejó a nuestro hombre con la habitual, selecta y reducida clientela habitual.

Una clientela que no le abandona y rastrea sus producciones con una dedicación admirable. La última se llama Speak Low y justifica la búsqueda. El ya veterano y sabio Scaggs vuelve a dedicarse al repertorio estándar, que ya abordó con éxito en But Beautiful (2003), y consigue un disco calido y lleno de vida, por medio de un puñado de viejas canciones a las que inyecta sangre nueva. Hay que escuchar sus interpretaciones de clásicos como I´ll Remeber April o Ballad of The Sad Young Men para comprobar hasta donde puede llegar la elegancia de un cantante en estado de gracia y de un grupo de músicos que conoce y quiere las composiciones que revisa.

Pocas escuchas me parecen tan recomendables para el frío que se avecina. Junto a una buena compañía y el ambiente adecuado admite pocas comparaciones. Ahora sólo queda encontrarlo, por supuesto.

 

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