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Informe - Firmas

La situación de Iran en el mundo


José Luis Orella. Las elecciones presidenciales, según los resultados oficiales publicados por el Ministerio del Interior, fueron Ahmadineyad ganador con 24.527.516 votos (el 62,63 por ciento) y Musavi, segundo, con 13.216.411 papeletas (33,75 por ciento). A partir de aquí las protestas y la negación del perdedor de la victoria del actual mandatario. Los inicios de violencia no vienen en el mejor momento para la república islámica, con un occidente encabezado por EEUU que esperaba la victoria de un Musavi más amable a sus cantos de sirena. El espejismo lo proporcionaban las masas de estudiantes de clase media y alta de las principales ciudades iraníes, quienes por su conocimiento del inglés, inundaron las agencias del extranjero con noticias que mostraban un apoyo masivo al antiguo presidente del gobierno Musavi. Sin embargo, el presidente Ahmadineyad se hacía portavoz de los sectores jóvenes populares, del mundo rural, y obtenía el apoyo de gran parte de los “clérigos” chiítas. La apelación al discurso patriótico y el ser el candidato más cercano a los sectores populares, en un momento de crisis económica, le ha favorecido en su victoria. No obstante, a pesar de las protestas, Irán no reúne las condiciones de un país donde pueda desarrollarse una de las revoluciones de color, teledirigidas desde EEUU. Irán está apostando fuerte por su reconocimiento como potencia regional, especialmente consolidado con el fracaso estadounidense en Iraq, que tendrá que reconocer un gobierno controlado por chiítas.

 Sin embargo, después de 30 años de la revolución que produjo la instauración de la república Islámica, Irán no puede capitalizar el liderazgo del mundo musulmán, por su chiísmo chiísmo y la pertenencia al mundo cultural persa. Los chiítas son una de las corrientes internas del Islam y por ser la heterodoxa y minoritaria ha sido marginada, formando sus fieles en las clases populares, excepto en Irán, donde son mayoría

El chiísmo apareció cuando en el año 656, Alí, primo y yerno del profeta Mahoma, se opuso a la sucesión sostenida por la aristocracia mercantil de La Meca. Después de enfrentamientos, se llegó a una negociación, pero en el 661, murió asesinado por sus enemigos. Los opositores a la línea oficial de los omeyas se posicionaron en las filas del chiísmo. Sin embargo, en el 680, Husseín, descendiente y heredero de Alí, murió en la derrota de Kerbala, ante las tropas oficiales del Islam. En el 750, los abasidas que habían aglutinado a todos los opositores al régimen omeya consiguieron la victoria y erigir su califato en Bagdad. El último omeya se refugió en España y fundó el emirato de Córdoba, posteriormente, también califato. Entretanto, los chiítas creían en un mesianismo, en la vuelta de El Madhi, último Imán desaparecido, quien a su vuelta instauraría el reinado de la justicia y de la paz. En espera de ese momento, los chiítas a diferencia de los ortodoxos sunnitas, que son la mayoría de los musulmanes del mundo y que tienen en el consenso una de sus costumbres, los chiítas se rigen bajo la autoridad del imán, un guía infalible, que ejerce de juez en las cuestiones teológicas y jurídicas del Corán. Estos jueces que ejercen de guías son los que producen la impresión de tener clero, cuando el Islam no tiene sacerdotes. Son expertos, pero no hombres consagrados por Dios para ejercer su ministerio.

Cuando la crisis de 1979 que llevó al derrocamiento del Sha y la instauración del régimen teocrático, la influencia exterior de Irán se extendió por el mundo chiíta. En el Líbano, la creencia chiíta es de un 35% de la población y su milicia Amal, que defendía los derechos de los miembros de esta comunidad, una de las pobres del país de los Cedros, causó que tuviese una disidencia, Hezbollah, el partido de Dios, subvencionado y sostenido por Irán, quienes mantienen una guerra con Israel en el sur del país y apoyaron la política exterior del país persa. Al mismo tiempo, en Siria, los alauitas, una secta proveniente del mundo chiíta y que aglutina al 10% de la población siria reúne a la clase dirigente baasista del país por la pertenencia a la misma del presidente Basar al Asad. Por otro lado, en Pakistán, el 20 % de la población es chiíta, proveniente de los refugiados musulmanes indios que en la instauración de la independencia de la India causó la partición del país en dos Estados por la confesión religiosa. En la actualidad, el peso del creciente fundamentalismo sunnita surgido contra el comunismo soviético y el hinduismo indio, los ha convertido en víctimas de sus ataques. En Iraq, donde el 60% de la población es chiíta, cualquier modalidad democrática que se instaure deberá contar con la colaboración determinante de políticos de su comunidad.

 En definitiva, la desestabilización de Irán no le conviene a nadie, excepto a los sunnitas de Arabia Saudita, quienes como aliados de EEUU, fomentan la confrontación con Irán. La nación persa por sus características ha demostrado no tener eco en el mundo musulmán, más que en casos contados, y por el contrario es un enemigo acérrimo del fundamentalismo sunnita yihadista. Además, para un occidente sediento de petróleo, Irán no quiere perder sus relaciones económicas con occidente. Ahora la marginación diplomática le empuja al eje Moscu-Beijing, que a corto plazo puede obligar a Europa a tomar posiciones más independientes de unos EEUU acuciados por las deudas a abandonar algunos de sus objetivos internacionales.

 

 

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