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Diario YA

Pero hay una deuda que jamás podremos saldar con este notario toledano

Memoria de Blas Piñar

Rafael Nieto. No soy nadie para hacer una semblanza de Blas Piñar. Creo, sinceramente, que es un nombre que me viene muy grande. El silencio mediático, ciertamente atronador, que ha caracterizado la noticia de su muerte es un fiel reflejo de lo que somos como nación. Siempre hemos sido cainitas con nuestros mejores hombres, y ahora, si cabe, lo somos aún mucho más.

Ya digo que no tengo autoridad suficiente para intentar glosar la figura de uno de los españoles más ilustres del pasado siglo. Un hombre verdaderamente excepcional. Me recibió en su casa varias veces, tratándome con el mayor afecto y atención, cada vez que quise entrevistarlo, para mi trabajo en la radio o para mi interminable tesis doctoral. Quienes han querido presentarlo (sin conocerlo) como el prototipo de la intolerancia fascista o reaccionaria, no pueden estar más equivocados: Blas Piñar era la sencillez, la amabilidad, la caballerosidad y la cercanía personificadas. Acostumbraba a intercalar, en medio de profundas reflexiones políticas o teológicas, una broma, un chascarrillo o una anécdota divertida.

Pero lo que hoy quiero decir, especialmente, es que me asusta comprobar con qué ligereza asimila este país la pérdida de un hombre tan notable. Una cabeza privilegiada, un orador descomunal, un patriota como pocos, un político íntegro e independiente, y un católico digno de ser envidiado. Un hombre que tuvo la valentía de ir contracorriente, en plena Transición, cuando lo fácil era seguir la corriente pro-demócrata a costa de los intereses de España. Un político que nunca aspiró a nada en lo particular porque lo que lo movía era el Bien Común y su inagotable patriotismo.

La ignorancia colectiva (bien lograda a base de leyes educativas chapuceras y manipuladoras) conseguirá que sea tildado, en enciclopedias y libros de texto, como, simplemente, un fascista peligroso, enemigo de las libertades. Lo que ahora se llama "un facha". Algún mediocre, incluso, ha aprovechado ya esta semana para hacer leña del árbol caído, supurando su sucio veneno en forma de vituperios. Lo que nunca se atrevieron a decirle a la cara, y lo que sólo puede brotar de un alma envilecida.

Blas Piñar jamás tuvo palabras de odio para nadie. Supo perdonar incluso a quienes más gravemente le ofendían. Cuando murió Santiago Carrillo pidió a sus más cercanos que rezasen por su alma. La nobleza de sus sentimientos y su hombría de bien siempre estuvieron por encima, incluso, de sus más que legítimas aspiraciones políticas.

Pero hay una deuda que jamás podremos saldar con este notario toledano, que ya está al lado de Cristo. El hecho de no haber atendido a sus advertencias, a los temores que expresaba en voz alta y que, ¡de qué manera!, se han ido cumpliendo uno a uno. Cuando la mayoría se lanzó a las urnas en 1978 para ratificar la Constitución, el fundador de Fuerza Nueva nos decía que en la Carta Magna estaba la semilla de la ruptura de la unidad nacional, de la iniquidad en las instituciones fundamentales, del peor atentado contra la vida humana (que es el aborto) o de la entrega de España a la izquierda más traidora y antiespañola. Acertó al 100%. Sólo unos pocos le escucharon, aunque entonces parecían muchos.

Blas Piñar no quiso perpetuar el franquismo, como de forma simplista aseveran sus detractores. Blas Piñar quiso una España en la que hubiera una verdadera Justicia, en la que no se pudiera ofender gratuitamente a la Patria y a sus servidores, en la que la vida, la familia y el Bien Común basado en la Ley Natural y la Moral Objetiva fuera el fundamento de la acción de Gobierno. Quería una España grande y fuerte, que no fuera lacaya de ninguna otra nación, que volviera a ser ejemplo para el mundo como fue en su época imperial, iluminada por la Fe en Cristo Rey y por las nobles virtudes del pueblo. Pero ni el pueblo quiso evidenciar esas virtudes, ni la casta dirigente de la Transición quiso compartir un poder tan cómodamente heredado.

No, no era la ultraderecha, ni la extrema derecha, ni ninguna otra etiqueta que ahora le quieran poner. La altura de miras de Blas Piñar no cabía en ninguna etiqueta. Simplemente fue un español que no se resistió a la opción, hoy mayoritaria, de cruzarse de brazos y resignarse a un futuro decepcionante. Que se arremangó, sí, y dejó su despacho profesional para alzar la Bandera de España y ofrecerle a Dios un sacrificio que ha sido fecundo. Un español que quiso y supo combinar el pensamiento y la acción para movilizar a miles de personas que pensaban como él pero que necesitaban a un líder natural. Esas gentes, y sus hijos y nietos, hoy parecen estar escondidos o desaparecidos. Quizá simplemente se hayan travestido de otra cosa.

Ahora que está el PP celebrando su Convención Nacional, da vértigo pensar que sólo en ese partido, o en excrecencias de lo mismo como Vox, puedan estar los únicos restos de defensa de los intereses nacionales en la política. Me niego a creerlo. No, al menos, mientras haya españoles que, como Blas Piñar, piensen que es necesario intentarlo, y que no todo está perdido. Que tenemos un corazón para latir, y un cerebro para pensar, y una voz para decir ARRIBA ESPAÑA.

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