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Diario YA

Raíces cristianas de Europa I

P. Luis Joaquín Gómez Jaubert. 24 de abril. Se acercan las elecciones europeas en medio de un preocupante desinterés por parte de la población de las diversas naciones, especialmente de España. La Europa que nos han querido vender, que no convence más que a los que la idearon en este último periodo de tiempo, está muy alejada de su historia y de la idea de aquellos que durante años buscaban la manera actualizada de recuperarla con todas sus esencias. Los valores sobre los que se ha querido construir la nueva Europa la hacen olvidar sus orígenes y quien renuncia a la razón de su nacimiento pierde su alma. Es más no es el primer intento de proyectos contrarios a su espíritu original. El nazismo y el comunismo muestran a las claras cuáles son los efectos de edificar sobe un idealismo totalitario sin base en lo real. Aunque, todo hay que decirlo, estos procesos degenerantes  comenzaron con los nacionalismos.

La historia nos enseña que lo único que identifica a todas las naciones que constituyen el continente, consideradas individualmente y al conjunto de todas ellas, es el cristianismo. Ni Grecia ni Roma llegaron a configurar el mapa europeo con un elemento unificador que impregnara a toda la población de los territorios que constituirían Europa. La diversidad de las distintas espiritualidades y culturas sólo encontró en la predicación, entre otros, de los monjes benedictinos, una idea integradora: hubo una unidad espiritual y cultural de Europa gracias al cristianismo. Ciertamente, los sucesivos cismas que separaron de la Iglesia de Cristo a muchos cristianos rompieron un aspecto de la unidad, pero los europeos, es decir el pueblo casi siempre alejado de los que ostentan el poder, seguía identificándose con una común visión de raíz cristiana en la que se reconocían católicos, ortodoxos y protestantes.

Este desinterés, que recordábamos en las primeras líneas, puede estar manifestando que nuestra gente no termina de reconocerse en los parámetros que han confeccionado los mandamases de las naciones europeas. Querer unir sólo en función de los intereses económicos y de la creación artificial de una falsa ética inventada por los que no tienen concepto de moral objetiva, por su relativismo que varía según las imposiciones de los distintos grupos de presión, es querer edificar sobre barro. La realidad es que, los pocos o muchos cristianos de la derecha o de la izquierda de los partidos mayoritarios, no han hecho absolutamente nada en pro de recuperar algún aspecto de los valores cristianos o, simplemente, de Derecho Natural en la legislación emanada del Parlamento europeo. En otras palabras, son ya demasiadas las oportunidades que se les ha dado en varias décadas. Habrá que ir pensando, como en diversos documentos del Magisterio de algunos obispos se ha apuntado, en ayudar a los que, desde las minorías, combaten por la unidad europea fiel a la esencia de Europa.

El divorcio de los últimos siglos de Europa con sus raíces ha supuesto la unión adulterina con realidades e ideologías que ha conllevado la cultura de la muerte y la destrucción de las familias y de las patrias como se puede observar con una mirada atenta a nuestra sociedad. 

 

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