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Si a Felipe González se le llamó Pinocho, ¿qué habría que llamarle a Zapatero?

Rafael González. 22 de febrero.

¿Recuerdan al cardenal Tarancón? Tras colaborar con gran sentido de la Historia en el proceso de democratización de España y sufrir la incomprensión de los inmovilistas, acabó irritando a Felipe González por su denuncia del estado de corrupción en que había caído España. Desde Colombia, donde se encontraba González en enero de 1992, expresó su "repugnancia por los corruptos que denuncian la corrupción", los mismos que "han paseado a un dictador bajo palio". El “corrupto” al que se refería era el cardenal Tarancón.

A Felipe González, por aquellas fechas, comenzaron a llamarle Pinocho, en metafórica referencia a que su nariz, a causa de sus mentiras, superaría ya la del famoso muñeco de madera. Pues si a Felipe González se le llamó Pinocho, ¿que habría que llamarle a José Luis Rodríguez Zapatero? Parece ser que es ésa, la de mentir, una condición innata del socialismo.

La época de Felipe González fue las de las grandes mentiras –OTAN, de entrada no- y las grandes corrupciones -el GAL, Filesa…-. Cuando José María Aznar tomó el poder, el Estado español estaba al borde de la banca rota. Y cuando lo dejó, España se consideraba un país rico, la octava potencia. Esa es una realidad innegable. Sin embargo, el otro día le oí decir a un político catalán - católico, calvo y de derechas -, que el mejor jefe de Gobierno que ha tenido España fue Felipe González. Yo no puedo creer que ese hombre crea eso. Creo que miente a sabiendas, porque la mentira figura en los programas políticos de los nacionalismos periféricos como un arma muy peligrosa y desleal con el resto de España.

Pero si la época de Felipe González fue desastrosa, tanto en corrupción como en la utilización de la mentira como herramienta de Gobierno, ¿qué decir de la de Rodríguez Zapatero? Decía uno de los más grandes mentirosos de este Gobierno, allá por marzo de 2004, cuando mentían y confabulaban desaforadamente, en medio de la tragedia, para alcanzar el poder, que España no merecía tener un Gobierno que le mintiera. Y la gente creyó al embustero. “¡Queremos saber!”, gritaban. Subieron al poder mintiendo y mintiendo lo han revalidaron después. El talante célebre, las nuevas formas de un diálogo directo, el Estatuto de Cataluña, las negociaciones con ETA, el pleno empleo, la negación de la crisis, todas grandes mentiras. Y siguen mintiendo; ahora, en periodo electoral, con frenesí. Pero lo peor es la general pasividad con que la mentira es acogida. Incluso cuando  la mentira adquiere modalidad de calumnia, como en el último intento de manchar el honor de un miembro del PP: el ex concejal de Vivienda y ex presidente de la Empresa Municipal de Vivienda y Suelo de Madrid, Sigfrido Herráez, a quien acusaron –y tuvieron que retractarse- de una grave corrupción.

Si no fuera tan dramático sería para reírse por la falta de juicio que está demostrando el Gobierno en su afán de negar la realidad e inventarse otra completamente ficticia. El esplendor alcanzado durante el Gobierno de Aznar lo niegan y hablan de los logros alcanzados en la etapa de Zapatero. Justo cuando la Comisión Europea abre expediente sancionador a España por incumplir el pacto de estabilidad. Sin inmutarse, la portavoz de Economía del PSOE dice que España es el país de la Unión Europea que mejor resiste la crisis. Crisis ya anunciada por Pizarro, negada por Solbes y Zapatero hasta hace pocos meses. 

En esa misma línea de mentir y dislocar la realidad, el ministro de Trabajo, señor Corbacho, culpa del paro galopante que sufrimos nada menos que a Cristóbal Montoro, uno de los hombres de Rato que lograron el “milagro” español en los Gobiernos de Aznar. Bueno, pues según Corbacho el responsable de la burbuja inmobiliaria fue Montoro.

¿Y qué decir de esa mentira de que la reforma de la ley del aborto ha sido fruto del consenso? Sólo ha contado con el apoyo de la izquierda más radical frente a la oposición del PP y abstenciones del PNV y CIU. Pero es que, además, el aborto nunca ha sido una demanda social. Nunca he visto entre las demandas de los trabajadores que figurase el aborto. Eso ha sido siempre una petición de la progresía burguesa relativista, que es de la clase social que se nutre el PSOE.

Riza el rizo de estas maliciosas trolas la explicación que la ministra Cabrera da de las sentencias del Tribunal Supremo sobre la asignatura Educación para la Ciudadanía. Miente cuando dice que tales sentencias les dan toda la razón. Lo que ha hecho el Supremo es rechazar la objeción de conciencia, pero ha dejado claro que el Gobierno no puede inculcar, ni directa ni indirectamente, puntos de vista sobre cuestiones morales en una sociedad pluralista. Las sentencias del TS le exigen al Gobierno, en cuatro casos concretos, el deber de neutralidad ideológica, y le prohíbe incurrir en cualquier tipo de proselitismo. ¡Si el tío abuelo de esta ministra, el del apellido que ella no suele exhibir, levantara la cabeza!

La gente ésta del PSOE no lo han pensado bien y, sin darse cuenta, se han enmarañado en sus propias mentiras. Ya lo advirtió el inglés Alexander Pope, que además de poeta era un gran crítico y humanista: “El que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido, porque estará obligado a inventar veinte más para sostener la certeza de esta primera”.

Ya veremos cuántas veces veinte nos mentirán esta gente después de asegurar, mintiendo una vez más, que la reciente huelga de jueces ha sido un fracaso. Las que hagan falta, dirán ellos con todo el morro.

 

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