Totalitarismo: secuestro de menores
Luis Joaquín Gómez Jaubert. 13 de marzo.
En la hipocresía o más bien maldad de los gobernantes y poderosos de nuestra sociedad contemporánea, todos con una infección de totalitarismo, destacan las posiciones adoptadas por los citados en torno a los menores. Hace un tiempo, en la página del día 11 de julio del año pasado, de este periódico escribía sobre la calificación que merecen de telepederastas aquellos personajes que, desde la comodidad de su sillón directivo de algunos medios de comunicación o desde el asiento en un parlamento, elaboran instrumentos jurídicos o de contaminación conducentes a la perversión de menores sea a través de la emisión de propaganda o de la promulgación de leyes. En este contexto, recordaba como un pederasta puede ser condenado por hacer presenciar una película a un menor, pero, en la realidad, no el dueño de una emisora que emite en un horario fuera de las permisividades, ya en sí mismas rechazables, de la ley o el mismo legislador al conceder la posibilidad de que la voluntad de un menor, cada vez más pequeño, justifique la acción pervertidora de un mayor.
En esta actitud totalitaria, encuadramos, como un nuevo modelo no tipificado de secuestro, las decisiones de los que, aprovechándose de su posición en los centros de poder, fomentan, a través de leyes de educación o de la imposición de asignaturas con contenidos inmorales, el rechazo de la autoridad moral de los padres o de cualquier institución educativa para concedérsela a sí mismos. Se trata de una antigua aspiración de los regímenes totalitarios: hacer desaparecer cualquier poder social intermedio entre una persona concreta y los gobernantes. A los mayores se les da el pan y el circo porque ya han recibido una determinada formación y hay que tenerlos entretenidos, pero a los menores simplemente hay que esclavizarlos a un pensamiento único en nombre de la libertad y de la democracia que sólo ellos entienden. Desasistidos de consejos y apartados de los valores de sus mayores y de un tejido social basado en la familia natural, el menor se ve obligado a obedecer ciegamente a quien impone modas y corrientes de pensamiento.
En este orden de cosas, una ley que invita a las menores a no tener en cuenta a sus padres cuando una de ellas queda embarazada y, al tiempo, hace lo propio presentándole el aborto, asesinato legal, como una posibilidad es otra muestra de esta nueva modalidad de secuestro. Eso sí, como la hacienda de los poderosos hay que protegerla, el secuestro ha de salir barato: apartan a los padres de la formación de sus hijos, pero exigiéndoles que sigan proporcionando a su descendencia techo, comida, vestidos, cama y pago de los impuestos y matrículas para poder continuar manteniendo una línea de actuación en la que lo que debe transmitirse a los menores son los contravalores interesados del poder. Se trata, si no se rebelan, de constituir a los propios padres como cómplices de su pervertidora actuación.
Ya sólo falta una buena propaganda en la que los gobernantes y legisladores convenzan a todos que ellos son los que aman a los menores, los que quieren su bien, y si los cuidadores, cómplices por obligación legal, padres que los trajeron al mundo, profesores, etc., no colaboran adecuadamente por no compartir estas decisiones pueden ser denunciados por incumplimiento de sus deberes impuestos al servicio del totalitarismo.
















Por eso hay que pedirles que no se molesten y que se apeen del burro; que admitan, por favor, que las medidas aplicadas hasta ahora no han dado resultado. Que dejen de engañarse y engañarnos creyendo que las cifras experimentaran una mejoría en breve.

Y si el Cardenal Rouco decía que “la advertencia la hacía Juan Pablo II no contra la democracia, sino precisamente en favor de ella”, podemos decir que el recuerdo hoy de esta advertencia es seguramente el gesto más importante para rescatar la débil democracia española.
Hay frases, sentencias, principios, imágenes, que te acompañan allá donde vayas. Una de esas sentencias define, como pocas, el sentimiento aristocrático de la vida. 


