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Diario YA

impresionante articulo publicado por el abad de la Basílica Benedictina del Valle de los caídos en 2006

Valle de los Caídos: La noche está al llegar

D. Anselmo Alvarez O.S.B. Todos recibimos la densidad de las sombras que nos envuelven junto a pequeños cente lleos de luz. Sobre nosotros está cayendo la noche: «esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas». También Jesús vivió esta experiencia, por la que los cristianos y la Iglesia han de pasar para asemejarse al Maestro. Y también sobre España y sobre Europa. No podemos creer que las cosas puedan seguir por mucho tiempo como están, ni que puedan empeorar indefinidamente, aunque sí que puedan agravarse de una manera inusitada. Hemos entrado en la «noche oscura»; que cada uno encienda o avive su luz para impedir que las sombras nos sumerjan. 
No sólo se ha enfriado la caridad de muchos, como había advertido el Evangelio (cf Mt 24,12), sino que han renunciado, al menos momentáneamente, a entender y vivir su condición humana y divina. Pero la ruina espiritual, de la que todos somos responsables, no va a venir sola. Cuando una sociedad se ha vaciado, sistemática y concienzudamente, de los valores espirituales, morales y humanos, hay que esperar cualquier catástrofe.
En este contexto, no se puede hablar de que estemos en el tiempo del hombre, por mucho que las apariencias y la interpretación común así nos lo aseguren. No lo estamos al menos por dos razones: el hombre está ausente de sí mismo en la medida en que Dios lo está de él: el hombre se anula cuando anula su ecología sustancial: el aire, la luz y la energía en la que subsiste, es decir, Dios. Por tanto, es el tiempo del eclipse del hombre, a pesar de su actividad multiforme, que sólo sirve para encubrir el vacío. No es el tiempo del hombre, además, porque es más bien el tiempo de su adversario, de Satán, «príncipe de este mundo», cuyo halago hacia él le asfixia y le suplanta.
El tiempo que vivimos sólo puede ser entendido desde la teología de la historia. Como todos los tiempos, especialmente éste es el tiempo de Dios. Tiempo fundamentalmente teológico. Tiempo decisivo, en el que el Mal está dando su última batalla contra Dios y contra el hombre, y en el que se juega la suerte de ambos. Todos los tiempos son teológicos y todos los hombres son realidades teológicas: lo histórico es sólo la expresión que adquiere en el tiempo el proyecto de Dios sobre el hombre. Para su cumplimiento previsto, Dios prepara hoy su regreso y el del hombre.
Así es desde la primera página del tiempo y del hombre: la acción creadora de Dios que puso en marcha el tiempo, las cosas y los seres que desarrollan su actividad en él; la acción del hombre que se despliega a sí mismo en obediencia o en oposición al plan de Dios. Nadie puede evadir esta dimensión, aunque tantos la ignoren. Fuera de este marco teológico nos arriesgamos a no entender nada: ni del hombre ni de su historia.
Todo lo que somos y todo lo que sucede pertenece a la historia de Dios en nosotros. No tenemos una historia propia aunque esté hecha por nosotros, aunque sea la historia de nuestra libertad. Pero es libertad en relación al proyecto y al destino inscrito en cada una de las historias personales. Por eso, a veces el resultado es un subproducto humano, irrelevante en el cómputo final, cuando no ha habido afinidad con Dios; cuando la libertad ha errado obstinadamente la elección correcta.
Cada vez hay menos tiempo para los recursos y las soluciones humanas: hemos avanzado demasiado en el camino de la negación y de la irracionalidad; hemos destruido demasiados soportes. Sin embargo, hay que actuar como si todo dependiera de nosotros. 
En este sentido, es necesario subrayar que lo que más daño hace a la sociedad humana y a la Iglesia es la irresponsabilidad de los cristianos y en especial de los ministros de Dios, el descompromiso con su fe o con su función. Porque ellos han conocido la verdad y poseído la gracia, que les posibilita para ser luz y sal de la tierra. El problema es que los creyentes estamos llenos de vacilaciones y desconfianzas, que nos pesa la soledad en que nos quedamos, que nos atenaza el sentimiento del ridículo y nos tienta la libertad de quienes se han ido o nunca han estado. El problema es que no amamos lo que creemos, y sí creemos con bastante más fuerza en lo que el mundo nos invita a amar. El problema es que la concupiscencia de la vida nos resulta más poderosamente atractiva que el amor del Evangelio. Dios, en cambio, sí ama y cree en el hombre.
Entretanto, asistimos al intento de eliminación de algunos de los soportes fundamentales del cristianismo. Por una parte, las Sagradas Escrituras, sobre todo las que se refieren a Jesús, mediante el ataque frontal a su historicidad y, como consecuencia, a la teología, a la fe y la Iglesia. Ellos representan el soporte estructural de cristianismo. Por otra, los soportes humanos. Ante todo, el sistema de cristiandad, que ha sido el vehículo y memoria de la historia y cultura cristianas, a pesar de todas sus sombras, y dentro de ella el agotamiento, bien que no consumado, de uno de sus puntales más representativos: España. Mucho más que en 1982, hoy está vigente el apremio: «España, sé tú misma», no sólo por lealtad a su historia, sino por fidelidad a Cristo.
Sintetizando, «nuestra heredad ha sido entregada a los bárbaros» (Lam 5,2). Posiblemente, los acontecimientos ya están fuera del control humano, y desde luego hace mucho que la solución está fuera de los cauces políticos. Ante este desafío total la mayor parte «hemos decidido afrontar solos la tormenta» (Dozulé), pero la historia permanece bajo el señorío de Dios. 
 
 
Reacción 
 
Se diría que alguna epidemia súbita ha anulado todas las defensas y aletargado todas las sensibilidades frente a este retroceso del espíritu humano a su prehistoria. Pero, en realidad, no nos debe sorprender. Desde los tiempos del profeta Daniel, y sobre todo en el NT, habíamos sido advertidos de las conmociones que esperaban a la humanidad y en especial al pueblo y a la Iglesia de Dios.
Es necesario que mantengamos una atención extremada a los «signos de los tiempos» a fin de comprender mejor el sentido de los acontecimientos. Estamos sumergidos en demasiadas historias entrecruzadas, demasiado enigmáticas en su interpretación, demasiado imprevisibles en su desenlace. Que el que tenga oídos para oír, oiga y el que tenga ojos que vea. 
Verdaderamente, como dice san Pablo, «la noche está avanzada. Por eso, dejemos las actividades de las tinieblas y tomemos las armas de la luz» (Rom 13,12). No sabemos qué hora es de la noche, y como el profeta preguntamos: «vigía, ¿cómo va la noche?; dinos: ¿cuánto queda de la noche?» (Is 21,11). Pero sí sabemos, en cambio, lo que ocurrió una vez en el centro de la noche: «cuando todas las cosas estaban sumergidas en un profundo silencio, y la noche se hallaba en su punto más alto, la omnipotente Palabra de Dios descendió a nosotros desde su sede real» (texto de la liturgia de Navidad).
A la acción de Dios, que indudablemente se producirá, hemos de unir la nuestra: «el que tenga bolsa y dinero cójalo y compre una espada, y el que no lo tenga que venda su manto y la compre» (Lc 22,36). Es decir, hemos de estar bien pertrechados para reaccionar ante la situación. Como escribe Pascal: «así como es un crimen perturbar la paz donde reina la verdad, es también un crimen mantenerse en paz cuando se destruye la verdad».
Es imprescindible desterrar las posturas acomodaticias: lo imperativo hoy, para cualquier mente lúcida, es ir contra corriente, tener voluntad de reacción, saber decir no frente a la sumisión del hombre de nuestro tiempo a la demencia que le envuelve. En la insinuación a la práctica de lo políticamente correcto hay una invitación directa a la deserción. Ahora bien, como Cristo, el cristiano ha de ser «el testigo fiel y veraz» (Ap 3,14; 19,11). «Todo espíritu que no confiesa que Jesús es Dios pertenece al anticristo» (1Jn 4,4). El cristiano ha de tener en su corazón y en sus labios la misma palabra del arcángel Miguel: «¿Quién como Dios?», y la afirmación de fe propia del cristiano: «Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre» (Fil 2,11). «Lo que necesita el cristiano cuando es odiado por sus enemigos, no son palabras persuasivas, sino grandeza de alma» (S. Ignacio de Antioquia, siglo II).
Es preciso poner orden en el hombre, ponerlo en orden consigo mismo, en su corazón y en su inteligencia; levantar un muro ante el desconcierto que nos invade. Lo cual exige restablecer el orden de las relaciones y de la armonía entre el hombre y Dios. A todos se nos dice en el libro del Apocalipsis (17,5): «Pueblo mío, sal de Babilonia, la gran prostituta, para no haceros cómplices de sus pecados, ni víctimas de sus plagas». O como se añade entre las recomendaciones últimas del mismo Libro (22,11): «El que sea justo que crezca en justicia; el santo que se santifique todavía más».
A pesar de los nubarrones y las amenazas debemos decir: «¿quién podrá separarnos del amor de Cristo: la aflicción, la angustia, la tribulación, al hambre, la desnudez, el peligro, la espada?». Estamos todos en la semana de Pasión, pero también esta semana terminará en Domingo de Resurrección. Entretanto, es preciso que cada uno de nosotros asuma su cruz, porque «el que no toma su cruz y me sigue no es digno de Mí» (Mt 10,38). «Llevamos en nuestro cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nosotros» (2 Cor 4, 10).

   Esperanza
 
El hombre occidental viene persiguiendo la regeneración desde hace varios siglos: a través del humanismo, de la «Reforma», la filosofía, la Ilustración, la ciencia, el progreso, el cambio y la innovación permanentes. Pero esta regeneración se ha revelado como degeneración, decadencia y crepúsculo, más allá de tantos logros materiales. Ha pretendido la «muerte de Dios» pero es el hombre el que ha sucumbido. Para su resurgimiento no basta y no es posible el solo restablecimiento moral.
La perspectiva cristiana sólo tiene a la vista un camino de regeneración: la que parta de las claves teológicas del hombre que le devuelvan los datos fundamentales acerca de sí mismo en orden a la realización exacta del proyecto humano. Regeneración a través del re-nacimiento del que hablaba Jesús a Nicodemo: «el que no nace de nuevo, mediante el agua y el Espíritu, no puede entrar en el Reino de los cielos» ni en una nueva realidad humana. 
San Pablo advertía: «despojaos del hombre viejo, que se ha ido desintegrando seducido por sus deseos; cambiad vuestra actitud mental y revestíos del hombre nuevo, creado a imagen de Dios, según la rectitud y santidad de la verdad» (Ef 4,24). Entonces se hará posible el surgimiento de los cielos, la tierra y el hombre nuevos, a la voz de Aquel que dice: «ahora hago nuevas todas las cosas». Necesitaremos la infusión de un corazón y de un espíritu nuevos. Por tanto, un nuevo bautismo, un nuevo Pentecostés, una nueva criatura: una renovación de la naturaleza humana, que requerirá, probablemente, una intervención extraordinaria de Dios a fin de acercarla a su pureza y energía originales. Y ello será con nuestra colaboración o contra nuestra oposición. El orden de la naturaleza y de la creación debe ser restablecido porque así lo exige la armonía de la obra de Dios. 
Regeneración que ha de dar comienzo en cada uno de nosotros, sin esperar a mirar alrededor para ver cómo va en los otros. Lo cual requiere desde ahora la movilización de todos los recursos espirituales, porque sabemos que si los humanos están casi anulados, los sobrenaturales permanecen intactos. 
Se trata, decía san Cirilo de Jerusalén en el siglo III, de «adquirir una nueva configuración celeste, de transformar nuestra naturaleza mediante la incorporación del Espíritu Santo en nosotros, lo que permite que ya no nos tengamos simplemente por hombres sino por hijos de Dios». La posibilidad de renovación en cualquier organismo viene no de lo que cambia, sino de lo que es inmutable, de lo que constituye el propio ser. El ser se renueva únicamente en su propia energía, en fidelidad a sí mismo. 
«Os escribo, jóvenes, que ya habéis vencido al maligno, que sois fuertes porque la palabra de Dios permanece en vosotros: no améis al mundo ni lo que hay en el mundo (las pasiones de la carne, la codicia de los ojos, la arrogancia del poder), porque eso no procede del Padre» (l Jn 2,13-17). 
Para mantenernos, o recuperar, esta juventud será imprescindible enraizarnos más profundamente en Cristo, en la Iglesia, en la fe, en los sacramentos, en María, en la oración, en la virtud, y prepararnos para la prueba, no futura, sino ya presente: «a vosotros se os ha concedido el privilegio de permanecer al lado de Cristo, no sólo por creer en Él, sino por sufrir por Él» (Fil 1,29). Debemos recordar también que la oración es maestra suprema de sabiduría. Ella proporciona la máxima capacidad de crítica y de análisis. La oración no permite falsear la realidad, porque pone ante la Luz, ante la Verdad. Oración que permite beber en las fuentes de la verdad, captar los signos de los tiempos. Ambas cosas son indispensables para tener ojos en esta noche.
Es la hora del testimonio, de ser ahora los testigos de Cristo, porque apenas merece la pena sobrevivir en la sociedad actual más que para dar testimonio de Él o, como decía el mismo Cristo, para dar testimonio de la verdad. 
Actualmente es tiempo de máxima expectativa: para nosotros porque estamos a la espera de los resultados del desafío a Dios; y también para Él, que está en «vigilia de armas», en vísperas de entrar en acción, como en la Vigilia Pascual que precedió a la salida de Egipto, camino de la liberación, que llegaría después del desierto y sus pruebas, antes de alcanzar la tierra prometida. Dios está preparado para hacer, de nuevo, frente a Egipto, para derribar las torres de Babel (o de papel, es lo mismo), porque «esta es una guerra de Dios» (1 Sam 17,47).
Es la hora de la fe y de la esperanza inquebrantables en sólo Dios. Sólo Él tiene presente y futuro: el de la eternidad, pero también el de la historia: Él es el viviente, el Alpha y la Omega, el primero y el último, el principio y el fin, «suyo es el tiempo y la eternidad» (liturgia de la Vigilia Pascual). En realidad, todos los tiempos son suyos. Dice en el Apocalipsis: «El que es va a llegar en seguida» (22,12): «en un momento haré llegar mi victoria, mi brazo gobernará los pueblos; me están esperando las naciones, ponen en Mí su esperanza» (Is 51, 4). 
Porque Él es Aquel que tiene las únicas palabras de vida eterna, el único que puede decir: «Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no camina en tinieblas» (Jn 8,12). Por eso, Él es la «piedra que, aunque desechada por los constructores, llegará a ser la piedra angular» (Hch 4,11). A Él le pertenece la realidad integral: humana y cósmica, según lo que está predicho: «este es el plan trazado desde antiguo: recapitular en Cristo todas las cosas» (Ef 1,10), porque «el designio de Dios es que todo tenga a Cristo por Cabeza» (Ef 1,22), según lo que Él mismo había afirmado: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18). Así pues, «no temáis, Yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). De Él está escrito: «Él será nuestra Paz» (Ef 2,14); Él es la Verdad y la Esperanza del mundo. Con todos los que le esperan, también nosotros repetimos: «ven, Señor Jesús» (Ap 22,20).
Contamos también con María, la Mujer cuya planta aplasta la cabeza del dragón y tiene a sus pies la (media) luna (cf Ap 12,1). La Madre que repite de nuevo a su Hijo: ya no les queda vino: se les ha agotado la gracia, la vida, la luz, el amor; han agotado tu Evangelio, y que dice a los hijos: haced lo que Él os diga. María, la gloria de nuestro pueblo «de igual modo que María hizo entrar a Cristo en el mundo la primera vez, Ella prepara el camino para hacerlo triunfar la segunda vez» (san Luis Mª Grignion de Montfort).
Contamos con las espadas del Apocalipsis: la espada de la boca de Dios con la que peleará contra los heresiarcas (2,16); la gran espada que se dio a los jinetes encargados de sembrar las plagas de Dios sobre la tierra (6,4,8); o la de los jinetes celestes que llevan en sus bocas agudas espadas para herir a las naciones que se oponen al reinado del Verbo (19,15).
Contamos con las generaciones de creyentes que nos han precedido, aquellos que han repetido: Dios ha sido siempre nuestro orgullo, y lo han servido como seguramente ningún otro pueblo lo ha hecho. Contamos con todos los guerreros de Dios, los de anteayer y los de ayer; con nuestros santos, pequeños o grandes, conocidos o desconocidos; con nuestros místicos, apóstoles y misioneros; con nuestros mártires: ¿quién ha sido tan fecunda en ellos como España? Todos ellos están en pie de guerra por España. Y por si no se hubieran enterado, vamos a despertarlos nosotros. 
Nosotros, tan pequeños y tan pocos, somos en realidad mucho y muchos más de lo que aparentamos. «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» Como a Israel, también a nosotros se nos dice: «te pondré como un muro frente a ellos, como muralla de bronce inexpugnable; lucharán contra ti y no te podrán, porque yo estoy contigo» (Jer 15, 20,21). «Los reyes de la tierra combatirán contra el Cordero, pero el Cordero los vencerá, porque es Señor de señores y Rey de reyes» (Ap 17,14). Dios es siempre «Dios con nosotros». Por eso, «somos los moribundos que están bien vivos» (2 Cor 6,9).
Alguien ha venido para «reunir el rebaño antes de que oscurezca».
 

De la revista Cristiandad. Agosto 2006