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Diario YA


 

Vive Herodes

“Cuando el gobierno ve a un ecologista jugarse la vida por un huevo de halcón, ve en él un héroe. Cuando ve a un pro-vida en la puerta de una clínica abortista, ve en él a un fanático”  Jesús Poveda

 
César Valdeolmillos Alonso. Nos dicen las Sagradas Escrituras, que nacido Jesús en Belén de Judea en los días del Rey Herodes, llegaron del Oriente a Jerusalén unos magos, preguntando donde había nacido el Rey de los Judíos. Se había cumplido la palabra del profeta y Herodes, pensando en que perdería su reino terrenal, ordenó a sus soldados que se dirigieran a Belén y pasaran a cuchillo a todos los niños de menos de dos años. Aquella matanza fue la que la historia conoció como la de los Santos Inocentes.
El degolladero de los niños de Belén, quedó inscrito para siempre en la historia de las grandes crueldades humanas, motivada por la ambición de poder, como símbolo de la arbitrariedad política y de la tiranía. Fue una decisión inhumana, moralmente incalificable, además de políticamente inútil. 
 
Lamentablemente, no sirvió como lección histórica.
 
Hoy, como ayer, niños inocentes como los de Belén, siguen siendo víctimas de situaciones sociales, familiares, laborales y políticas que protagonizan la sociedad y los gobiernos del siglo XXI. Son niños víctimas de la injusticia, del abandono, de la indiferencia, de la soledad, del hambre de pan y de cultura; niños explotados sexualmente, niños de la guerra a los que se les entrega un arma y se les obliga a matar. Niño víctimas de todas las violencias humanas. Les hemos contemplado, mirándonos con sus ojos asombrados desde las pantallas de la televisión y desde las páginas de los periódicos: cubiertos de sangre, con miembros amputados, abultados sus vientres, vacío el cuenco de sus manos suplicantes, sin lágrimas ya, resignados o muertos. En cualquier parte del mundo, encontramos cementerios recientes de genocidios infantiles. Niños de las escuelas judías o de los campamentos palestinos; blancos o negros; pero niños.
 
Otros, ni siquiera llegan a nacer. Herodes, en la figura de nuestra sociedad actual, sigue matando a inocentes y al igual que en su tiempo, nuestra época pasará a la historia por el asesinato impune de los no nacidos. Esta, será conocida en el futuro, como la época de la legalización del aborto. Es cierto que siempre existió como excepción, pero jamás como Ley. Y esto se hace con el mismo cinismo con que Herodes pidió a los magos que le dijeran donde se encontraba el recién nacido, porque él también quería ir a adorarle. Ahora quienes egoístamente promueven este matanza, lo justifican argumentando que, lo que no es más que el asesinato premeditado de un ser indefenso, es parte del progreso y liberalización de la mujer.
 
Llegado a este punto, renuncio a tratar de ser neutral ya que ello me haría cómplice de quien comete ese baño de sangre en el vientre de una madre y por amor y respeto a la vida, he de colocarme al lado de los santos inocentes.
 
Pero ¿Quién es Herodes? ¿El legislador que autoriza la carnicería que constituye el aborto? Ningún gobierno promulgaría una Ley tan monstruosa, sino se sintiese apoyado por un importante sector de la sociedad, compuesta de una parte, por aquellos que reclaman tal medida abiertamente y por los que, hipócritamente, guardan silencio y se ponen de perfil ante tamaña atrocidad. 
 
Herodes esta en nosotros; en esa familia que rechaza el embarazo de una hija, por el que dirán de los demás; Herodes está en el autor de ese embarazo, que se desentiende de su responsabilidad y deja a su pareja sola y abandonada a su suerte; Herodes está en el médico carnicero que despedaza cual bestia del matadero una vida humana; Herodes está en los auxiliares del matarife de turno; Herodes está en toda la cadena que constituye esta industria de la muerte, que nace en el investigador que concibe el producto químico que ha de provocar el aborto, continúa en el laboratorio que lo fabrica y finaliza en quien lo dispensa; Herodes está en las empresas que retiran los restos humanos de quien nunca tuvo la oportunidad de defenderse; Herodes está en los intereses creados por esta cadena de la muerte.
 
La del Herodes de la Historia, no fue la peor matanza de inocentes. La más cruel es la que a diario provoca el egoísmo feroz que permite que cientos de miles de niños sean aplastados, despedazados y arrancados del vientre de sus propias madres. 
 
Ellos son los Santos Inocentes de hoy; los indefensos mártires sin culpa, que en el claustro materno que les dio la vida, profieren su estremecedor grito silencioso al recibir el fiero bautismo de sangre que los hará enmudecer para la eternidad. Son los que son, pero que nunca llegarán a ser.
 
El 28 de diciembre, es el día de las víctimas de tanta carnicería provocada para preservar tan falsos como hipócritas honores familiares; tan abyectas como disipadoras conductas; tan desnaturalizados como ficticios derechos que no tienen otro objetivo que la destrucción de la familia y hacernos esclavos de una vida sin futuro.
 
Y todo ello anestesiado por el aparente y evanescente consuelo de no haber conocido al fruto del propio ser; por no haberlo arrebujado entre los brazos; por no haber contemplado su sonrisa; por no haber sentido sus manitas aferradas al pecho destinado a amamantarlo; por no haber velado su sueño; por no haber sufrido la angustia de cuidarlo mientras estaba enfermo. Intentamos borrarlo de nuestra vida y hacemos como que nunca existió, sin saber que su grito desgarrador, resonará por siempre en lo más profundo del alma, porque el aborto destruye la vida del niño y la conciencia de la madre.
 
No nos damos cuenta o no queremos ver que, en el camino de la deshumanización que es el aborto, dejamos siempre dos víctimas. La que deja de existir y la que supervive sufriendo la angustia de haber destruido en su propio vientre, el fruto más esplendoroso que de sí misma, una mujer puede ofrecer. ¿Hemos pensado en el terror que una adolescente ha de padecer al verse sumida en la infinita soledad del abandono familiar, social y hasta del padre de la criatura que lleva en sus entrañas? ¿Hemos pensado que nuestros prejuicios sociales destruyen moral y psicológicamente a esa futura madre al ver que no tiene a nadie a su lado? ¿Hemos pensado que esa soledad producida por nuestra incomprensión y falta de amor, hace que el mundo de esa persona se venga abajo? ¿Esa es la liberación de la mujer? ¿El sentirse rechazada, despreciada y menos estimada que una cosa? ¿El sentirse en la nada, cuando hasta la basura tiene un lugar donde ubicarse? ¿Es progresar el verse invadida por la angustia, el miedo y la frustración de negar la oportunidad de vivir al fruto de sí misma? ¿Es liberación, como han confesado muchas mujeres después de haber abortado, sentirse sucia, culpable de ese asesinato; mala madre y no poder superar el vacío infinito que siente en lo más profundo de su ser?
 
Lo paradójico es que, el aborto, solo es defendido por personas a quienes no les negaron la oportunidad de nacer.