
Manuel Parra Celaya. Hace algunos años, bastantes, los ecos de sociedad solían acaparar la atención de un público, mayoritariamente femenino, al cual se le aplicaba malévolamente el título de “marujas”, por generalización de los personajes del genial Forges. Entiendo que el uso de este término en estos momentos puede estar perseguido, lo que me impide, por precaución, resucitarlo y aplicarlo a diversas señoras o señoritas vinculadas al Ministerio de Igualdad.
Hoy en día, el nuevo “marujismo” de la high class internacional se centra en el tema de los papeles y fotografías que legó a la posteridad el Sr. Epstein; hasta ahora -que sepamos- no se ha visto implicado ningún figurón público español, porque bastante tiene la clase política con el descubrimiento, casi a diario, de trapacerías y chanchullos que nos van descubriendo los medios no adictos. Lo malo es que esa atención morbosa va calando en la población, que se olvida así de sus problemas y posibles contestaciones ante aspectos que le pueden atañer mucho más que los desvaríos de los millonarios.
También el movimiento Me Too (y perdonen la abundancia de anglicismos, pero es que un servidor intenta ponerse al día) también va teniendo repercusión en nuestros lares; primero, intentando alcanzar a figuras de resonancia internacional, como Plácido Domingo o Julio Iglesias, y, segundo, bajando mucho el listón, a políticos de medio pelo y a funcionarios designados en diversos cuerpos de la Administración.
Dejemos de lado por ahora la realidad y objetividad de algunas denuncias, cosa que deben resolver los tribunales de justicia competentes en cada caso, pero nos llama la atención el impacto social que provocan, que, como es normal, se corresponde con una morbosa dedicación del público a estos asuntos; da la impresión muchas veces de que está resucitando aquella publicación llamada “El Caso” que se vendía como churros ante la avidez de los lectores. No hemos cambiado tanto los españoles como se creía.
No es nada extraño que este tipo de noticias con morbo, los modernos ecos de sociedad, se difundan con éxito si se trata de sacarles un rendimiento político, quiero decir partidista, centrado, evidentemente, en las formaciones contrarias a los protagonistas de los escándalos y silenciado, ocultado o atenuado por las propias. Es una manera de desacreditar, no solo al personaje, sino a las siglas de su preferencia; claro que puede darse el difama que algo queda, frase que algunos atribuyen a Lenin aunque tengo mis dudas al respecto.
Lo seguro es que tras la acusación y la correspondiente “pena de telediario”, el personaje señalado, ya sea culpable o inocente, tiene su carrera política en la cuerda floja con la sospecha y el sambenito sobre sus hombros. Algunos casos alcanzan, sin embargo, cierto alcance propagandístico, sobre todo si contribuyen a echar por tierra sus públicas soflamas de feminismo y de honestidad. Allá ellos.
En fin, que cada palo aguante su vela (o, si se prefiere, la expresión algo más rotunda y cuartelera de Pérez-Reverte referida a las costumbres caninas), pero me temo que esta atención popular a los casos que indican bajeza personal e hipocresía tiende a hacer olvidar los verdaderos problemas de los españoles de a pie, que generalmente no se dedican a acosar a señoritas de buen ver y, todo lo más, a echar una mirada, más o menos pecaminosa de soslayo, que son fieles a sus respectivas, y que no ocupan cargos públicos y viven su existencia sin apetencia de escándalos de pública notoriedad. Acaso esta atención desmesurada -puede ser que conscientemente provocada- desvíe su atención de otros aspectos más perentorios de la realidad y, de paso, contribuya a erosionar aún más la credibilidad en el sistema llamado democrático.
Alguien afirmó una vez que “el sistema democrático es el más ruinoso sistema de derroche de energías”, pues, entre el ansia de desacreditar al oponente o defenderse de las críticas, sean o no calumniosas, queda escaso tiempo para dedicarse a la función de gobernar, que uno, que es contestario por naturaleza, prefiere como sinónimo de servicio y no como profesión o recurso para irse encumbrando sin dar palo al agua.
No queda tiempo, por ejemplo, para atender las reivindicaciones del mundo sanitario, o para la construcción de viviendas sociales, que suelen quedarse en los cimientos de promesas incumplidas; no queda tiempo para dedicarse a solucionar el gravísimo problema de la Enseñanza, limitado a constantes experimentos de pedagogos de laboratorio; no queda tiempo para atender las justas protestas del campo español, puesto en la picota por acuerdos firmados, al unísono de siglas, en el Parlamento europeo; no queda tiempo para solventar el problema de los pescadores ni para aplicar medidas de prevención ante calamidades que nos puedan deparar las borrascas y cosas así, como restaurar presas, poner al día los medios de transporte o fijarse si cerrar una central nuclear deja sin trabajo a toda una comarca…
No sé (ni francamente me importa) si los que aparece en los papeles de Epstein van a dimitir o abdicar, según los casos, en sus respectivos países; tampoco sé si los que han sido puestos a los pies de los caballos por acosos más o menos comprobados en el nuestro van a hacer examen de conciencia y mostrar público arrepentimiento; ni si los casos ya probados de hipocresía y lujuria desenfrenada van a ser objeto de alguna amnistía que el Gobierno se saque de la manga. De lo que estoy seguro es de que este Sistema, llamado falazmente “democrático”, debe ser rectificado a fondo, para que los de arriba se dediquen honestamente a la función de gobernar y los de abajo tengamos una condiciones sociales más dignas y, previamente, hayamos recuperado el pensamiento crítico.