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Santiago Mata, autor de Holocausto católico

“Sin explicar la persecución religiosa, es imposible entender la Guerra Civil y la Historia de España”

Redacción. Doctor en historia y periodista, este vallisoletano de 1965 acaba de publicar Holocausto católico, la primera historia de los 1.523 mártires de la Guerra Civil que hasta ahora han sido beatificados. En la introducción, toma prestada una cita del comunista polaco Ksawery Pruszyński, quien afirmaba que “las principales víctimas de la Revolución francesa fueron los aristócratas y cortesanos; las de la Revolución rusa, los terratenientes y las de la revolución española, los curas”.

-¿Piensa que se ha minimizado la importancia del elemento antirreligioso en la Guerra Civil Española?
-Sí, hasta el punto de hacerla incomprensible. Si algo está en la esencia de un fenómeno, y no se explica, entonces se hace incomprensible ese fenómeno y todos los que dependen de él. Sin comprender la persecución religiosa, no se comprende la Revolución Española, y sin ella no se comprende la Guerra Civil, ni, a última hora, la Historia de España y la esencia de muchos de nuestros problemas.

-Pero su libro no trata de ser un estudio a fondo de la persecución religiosa.
-No, porque hubiera sido inabarcable para una sola persona. He tenido que delimitar el campo de estudio y, por ese motivo, he preferido un criterio objetivo, como es el de estudiar las vidas de las personas declaradas mártires por la Iglesia, en vez de elegir en base a criterios personales.

-¿Y el resultado ha sido?
-En mi opinión, que con estos 1.523 casos se comprende bastante bien que el odio a la religión era parte esencial de la Revolución Española, y sobre todo que existe una respuesta frente a ese odio que constituye una auténtica solución, cosa que no son ni el olvido ni la venganza.

-¿En qué consiste esa solución?
-En el perdón. Los mártires, en mi opinión, son el remedio contra el rencor. Parece que recordar crímenes de una guerra, y encima crímenes cometidos todos en un solo bando, no es lo mejor para lograr la paz y la reconciliación. Pero lo que recuerdan los mártires no son los crímenes de uno u otro bando, para los que todo intento de hacer justicia parece no hacer sino ahondar en la espiral del odio. La historia de estas personas revela que lo verdaderamente genuino del cristianismo es el perdón. Y sólo el perdón elimina definitivamente el rencor, porque arrastra consigo, perdonándola, la culpa del que mata. Suprime, en cierta medida, la injusticia, desde luego en una medida que supera aquello a lo que la humana justicia puede aspirar.

-¿Es ese rencor uno de esos problemas actuales que considera incomprensibles sin conocer esta persecución?
-No uno, sino en principal. Así que me atrevería a decir que he dado con el remedio más eficaz para nuestra crisis de fondo. Los mártires son la mejor medicina contra el rencor que subyace en nuestra sociedad -porque nuestro orden político lo heredamos de esa lucha fratricida, y porque las rencillas ideológicas, regionales, y hasta familiares evidencian que ni unos ni otros han perdonado- y puesto que los mártires ni participaron en la lucha ni apoyaron al bando ganador, no es óbice para proponerlos como ejemplo liberador del odio el hecho de que solo los matara uno de los bandos de la Guerra Civil.

-¿Por qué utiliza la expresión “Holocausto”?
-Por tres razones, ninguna de las cuales tiene que ver con lo sucedido con posterioridad a los judíos. La primera es la traducción de lo que esa palabra significa en griego: todo quemado, y hace referencia a esa realidad de que aniquilar la religión era un elemento fundamental de la Revolución Española, compartido por todos sus agentes. Así, no es extraño que, como cita Julius Ruiz en Terror Rojo, entre los santos y seña para circular por la noche en Madrid -consignas distribuidas por las fuerzas del orden del Estado, es decir, la policía, no por simples bandas de milicianos- encontremos en agosto de 1936 algunas como “exterminio” (día 2), “a por los frailazos” (día 6), “preparaos a morir, sacristanes” (día 8). Son botones de muestra de que esa persecución era uno de los objetivos esenciales de la Revolución.

-¿Eso le restaba, en su opinión, legitimidad al régimen republicano?
-No restaba nada, sino que evidenciaba su transformación en un régimen revolucionario, desde el momento en que se renunció a que el gobierno fuera defendido por las fuerzas armadas del Estado, y se confió su defensa a grupos políticos que tenían un proyecto político distinto al de la democracia burguesa.

-¿Los diplomáticos extranjeros lo captaron así?
Sí, y su reacción de rechazo a la revolución fue casi unánime. Precisamente fueron sucesos con un claro tinte de persecución religiosa, como el asesinato, el 9 de agostoen Barcelona, de siete hospitalarios colombianos de la comunidad madrileña de Ciempozuelos, y sobre todo la matanza del Tren de la Muerte el día 12 en Vallecas, donde sucumbieron el obispo de Jaén y otras 200 personas, los que llevaron a los diplomáticos a concluir que el Estado de derecho había desaparecido. En consecuencia, expusieron al gobierno frentepopulista su intención de refugiar en sus sedes diplomáticas a ciudadanos españoles, y preguntaron a sus respectivos gobiernos si debían prepararse para abandonar España. Salvo Argentina, México y Turquía, todos los países respondieron afirmativamente. El Estado republicano había dejado de existir, para dar paso a un régimen revolucionario.

-¿Los otros dos sentidos en que habla de Holocausto?
-El segundo es el sentido religioso de sacrificio, y es empleado por alguno de los mártires, indicando que ofrecen su vida en expiación por sus pecados y los de los demás, es decir, para obtener a cambio de su vida el perdón y la salvación de las almas. Así, los mártires claretianos de Barbastro, en la carta que dirigieron a su congregación, escribieron: “te saludan desde la prisión y te ofrecen sus dolores y angustias en holocausto expiatorio por nuestras deficiencias y en testimonio de nuestro amor fiel, generoso y perpetuo”.

-¿Y el tercer sentido?
-Por último, ya en interpretación personal, pienso que estos mártires que han sido beatificados son solo una parte de los muchos miles que podrían serlo, y que eso se debe a que se ha hecho una selección muy estricta, para evitar herir susceptibilidades, del mismo modo que como víctima para un Holocausto  en la antigua alianza no valía cualquier animal, sino que tenía que ser uno sin mancha ni defecto. Del mismo modo que en el Holocausto de la antigua alianza la víctima era solo para Dios y no podía ser aprovechada (por eso se quemaba, para que no se la comieran los sacerdotes, que vivían de las víctimas que la gente entregaba), también aquí los mártires son solo de Dios y no han debido tomar parte en banderías humanas ni, en concreto, en la Guerra Civil.

-¿O sea que los mártires no son del bando nacional?
-No, y si me apura, no son ni siquiera de la Iglesia. Por supuesto que se exponen como ejemplo de cristianismo bien vivido, e incluso podría decirse que son patrimonio de la Humanidad, en el sentido de representar a todas las personas que sufren injusticia. Por eso es absurdo que se pretenda minimizar su valor por el hecho de que también los nacionales cometieran crímenes: entre los justos no hay envidias y estas víctimas representan a cualquier otra, no ofenden a nadie precisamente porque antes de hacer un  mal escogieron sufrirlo. Pero ni siquiera esto es importante: los mártires pertenecen en realidad a Dios.

-Sin embargo, gracias al bando nacional terminó la persecución religiosa.
-Sí, pero esa consideración no vale para los mártires, cuyas vidas, obviamente, no llegaron a salvar. Insisto en que los mártires ni acusan a quienes les asesinaron, ni a quienes llegaron tarde para salvarlos. Sus muertes son inseparables de lo sucedido en la Guerra, pero al mismo tiempo lo trascienden hasta el infinito. Dicho eso, es cierto que, por una parte, la persecución sangrienta de los católicos tuvo lugar en el bando republicano, y que sus herederos ideológicos nunca han mostrado arrepentimiento por ello. A cambio, el bando nacional no tuvo la modestia necesaria para reconocer que a Dios no se le hacen favores, y que poner fin a esa persecución puede ser un hecho meritorio, pero no deja por eso de ser una obligación elemental en cualquier sistema civilizado.

-¿Entrando por ese cauce se va más allá de lo que pretende con su libro?
-Sí y no, porque no hay que olvidar que los mártires, como digo, ofrecen una auténtica solución a los problemas reales. Y el odio creado por la Guerra Civil es un problema auténtico de la España actual -aunque lo ocultemos, yo pienso que el mayor- y los mártires dieron con la solución no solo cuando ese problema estaba sucediendo, sino cuando a causa de él se les quitaba la vida.

-¿Se da al menos en la Iglesia en España a los mártires la importancia que tienen?
-Me parece que no, muchos tuvieron durante mucho tiempo complejos, como si exaltar a los mártires fuera exaltar al franquismo, y hoy día por culpa de eso su memoria casi ha desaparecido. Por tanto, si no queremos ser acusados de contribuir a la pérdida de lo que quizá sea la mayor gloria espiritual de nuestro país en muchos siglos, deberíamos prestarles atención. También por una simple lógica egoísta, ya que los santos en el cielo interceden por quienes se acuerdan de ellos en la tierra.

-En ese sentido, la beatificación de 522 mártires en Tarragona el 13 de octubre fue un paso adelante?
-Por supuesto, y también el hecho de que el obispo de Alcalá, monseñor Juan Antonio Reig Pla, clausurara el Año de la Fe precisamente con una misa en la capilla del Cementerio de los Mártires de Paracuellos, donde celebra misa todos los meses de noviembre. Pero no olvidemos que, salvo la de Valencia, pienso que no hay ninguna diócesis que tenga una parroquia dedicada a sus mártires del siglo XX (Madrid la tiene a uno de ellos, san Pedro Poveda). Debería ser lo normal que cualquier parroquia española tuviera una capilla dedicada a estos mártires, pero no hay nada. Algunos museos locales, pero, por ejemplo, no uno nacional organizado por la Conferencia Episcopal Española. Y no es que no les reconozcan, por así decirlo en privado, su importancia: de hecho las imágenes de los 12 obispos mártires ilustran la capilla de la CEE. Pero, en general, y ya digo que con excepciones, falta el valor de reconocer en público esa importancia que tienen para la vida espiritual de los cristianos, y hasta para lograr la auténtica reconciliación que falta en España.

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http://infocatolica.com/blog/demartyribus.php

Santiago Mata
Holocausto católico. Los mártires de la Guerra Civil
La Esfera de los Libros, octubre de 2013
646 páginas, 23 euros. Versión electrónica 9,49 euros.