Bicentenario familiar
Gonzalo Rojas Sánchez. A la espera de que se concreten las celebraciones oficiales, hasta ahora la familia chilena probablemente ha enfocado las suyas propias sólo en el asado con tiquitiquití (o con cumbia, desgraciadamente).
Pero, también en esto, debe operar la subsidiariedad, que no sólo sirve ese gran principio para defender a la familia de las indebidas intromisiones estatales -por ejemplo, en materias de educación- sino también como motor de las iniciativas.
¿Subsidiariedad para el Dieciocho?
Lógico: cada familia puede celebrar nuestra Primera Junta de Gobierno en el ámbito en que está capacitada para crecer en conocimiento y en conciencia histórica.
A dos semanas del acontecimiento, se pueden repartir encargos: tú, estudia el origen del apellido; tú, la ciudad donde se instaló primero la familia; a ti te corresponde contarnos de los miembros más destacados del clan; a ti el origen de las comidas que nos alimentarán estos días; tú, estudia la bandera, el escudo y el emblema; y a mí me quedaron la cueca y la tonada (y quizás haya que dar hasta dos encargos por persona, si la familia es pequeña).
Ya, y todo con imágenes si es posible, en simpáticas tertulias (de esas que tanto faltan en la vida familiar) con premios, challas y serpentinas, con sorpresas y juegos anexos.
Se hace para los 50 años de matrimonio de los papás o para recordar a la abuelita recién fallecida ¿y no se va a practicar para un hito tan importante de la Patria?
Hay que hacer Patria, Nación, desde dentro, que eso significan las palabras: lugar de los padres, lugar donde nací.
Familia es Patria, es Nación.















Por eso hay que pedirles que no se molesten y que se apeen del burro; que admitan, por favor, que las medidas aplicadas hasta ahora no han dado resultado. Que dejen de engañarse y engañarnos creyendo que las cifras experimentaran una mejoría en breve.

Y si el Cardenal Rouco decía que “la advertencia la hacía Juan Pablo II no contra la democracia, sino precisamente en favor de ella”, podemos decir que el recuerdo hoy de esta advertencia es seguramente el gesto más importante para rescatar la débil democracia española.
Hay frases, sentencias, principios, imágenes, que te acompañan allá donde vayas. Una de esas sentencias define, como pocas, el sentimiento aristocrático de la vida. 


