Cartas a mi novia: providencial encuentro
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Pablo Velasco. 20 de abril.
La primera idea que nos puede acuciar al enfrentarnos a algo tan íntimo como lo es un epistolario, es cierto pudor, o tal vez una rara sensación de entrar en un terreno vedado, algo que nació con vocación de exclusividad entre el emisor de la carta y su receptor. Más aún si se trata, como es el caso, de cartas de amor.
León Bloy, escritor francés de finales del siglo XIX y principios del XX, conoció a Jeanne Molbech, la que después fue su mujer, en 1889, en París, “a la sombra de la muerte”, pues él volvía abatido tras el entierro de su gran amigo Phillipe Auguste Mathias, conde de Villiers de l’isle-adam. A partir de ese providencial encuentro, comienza una relación en la que la comunicación por carta tendrá especial relevancia.
Providencial, porque Bloy quiere subrayar que el cristianismo desterró el fatum griego, el fatal destino, por el amor de Dios, por Dios como perfecto piloto. Cito para ello al propio autor: “La providencia misericordiosa desplegaba silenciosamente su plan y me daba cuenta entonces de que todo se arreglaba de una manera admirable que yo no había esperado y que no habría sabido prever jamás”.
De aquí surge este epistolario que hoy recomendamos, y que el propio Bloy, antes de morir, dio permiso a su mujer para publicarlo.
Pero la pregunta es la siguiente ¿Qué puede llevarnos a adentrarnos en esas comunicaciones tan íntimas que son las de dos novios?
En primer lugar el poder deleitarnos con la expresión de un artista de sentimientos comunes de la naturaleza humana, y hablo de enamorarse, de ver pasar las horas con el único pensamiento de la amada. Y esa situación tan común, sólo algunos tienen el genio de expresarla en su verdadera belleza.
Pero además, estas cartas son un recorrido en el que los amantes descubren juntos un amor más grande: En palabras de Bloy: “yo amo a Dios en usted, para usted, a causa de usted, y yo la amo perfectamente en Dios”.
Mención aparte merece la fantástica y cuidada edición de la editorial Nuevo Inicio.















Por eso hay que pedirles que no se molesten y que se apeen del burro; que admitan, por favor, que las medidas aplicadas hasta ahora no han dado resultado. Que dejen de engañarse y engañarnos creyendo que las cifras experimentaran una mejoría en breve.

Y si el Cardenal Rouco decía que “la advertencia la hacía Juan Pablo II no contra la democracia, sino precisamente en favor de ella”, podemos decir que el recuerdo hoy de esta advertencia es seguramente el gesto más importante para rescatar la débil democracia española.
Hay frases, sentencias, principios, imágenes, que te acompañan allá donde vayas. Una de esas sentencias define, como pocas, el sentimiento aristocrático de la vida. 


