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Diario YA


 

El protagonista del día es Pío VIII

Defendió los intereses de la Santa Sede

Javier Paredes. El protagonista del día es Pío VIII, que fue elegido Papa el 31 de marzo de 1829. Pío VII le nombró obispo de Montalto en 1800, desde donde fue trasladado a Ascoli. Durante la ocupación francesa apoyó con firmeza a Pío VII y defendió los intereses de la Santa Sede. Al no plegarse a los dictados de Napoleón, éste dio una orden en virtud de la cual  fue encarcelado y confinado al principio en Milán, y después en Pavía y Mantua. Esta enérgica actitud de su personalidad contrasta, no obstante, con su quebrada salud: Una afección herpática -según el cardenal Wiseman (1802-1865), (Recollections of the Last Four Papes, London 1858) - y obstinada le hacía tener la cabeza inclinada y girada hacia un lado, lo que daba cierto aire de rigidez y falta de gracia a sus movimientos. Sin embargo, esto no era lo peor; parecía estar y estaba efectivamente, en un estado de sufrimiento continuo, produciéndole una fuerte irritación, que se manifestaba a veces en su tono y sus expresiones. Tras la derrota de Napoleón, regresó a su diócesis y en 1816 fue nombrado obispo de Cesena y promovido al cardenalato.

 Ya en el cónclave de 1823 fue uno de los candidatos a suceder a Pío VII, pues de todos eran conocidos sus deseos de que fuera su sucesor, e incluso se difundió un comentario de Pío VII realizado después de un delicado despacho con  el entonces cardenal Castiglioni: Vuestra santidad, Pío VIII, arreglará más tarde este asunto. Por tanto, aunque tuvo que ceder el paso a León XII en 1823, su elección en 1829 no constituyó ninguna sorpresa y fue muy bien recibida, pues además de la ejemplaridad de su vida de piedad poseía dotes de gobierno como había demostrado en el desempeño de los diversos cargos eclesiásticos que había ocupado.

 Tanto Pío VIII como sus sucesores tuvieron que dar una respuesta a las propuestas doctrinales del liberalismo, en cuanto que algunos de sus partidarios plantearon la incompatibilidad de la ideología liberal con la doctrina de la Iglesia. En efecto, conviene precisar que el liberalismo, además de proponer una determinada organización de la economía, de las relaciones sociales o de establecer el sistema de elección de los representantes del poder mediante elecciones entre otras muchas más manifestaciones, como afirma René Remond es ante todo una filosofía global, una antropología, en definitiva, que proclama la autonomía del hombre y el relativismo frente a la verdad. Naturalmente ante esta concepción antropocéntrica del liberalismo, que además establece unas determinadas relaciones del hombre respecto a Dios y la Naturaleza, el Papa debía orientar doctrinalmente a los fieles, de acuerdo con el depósito revelado. Cosa distinta es que no hayan faltado quienes por prejuicios hayan visto en el Papado al enemigo de todas las manifestaciones del régimen liberal, o quienes por el contrario, en interpretación interesada, entendieron que las precisiones del Papa sobre la filosofía liberal equivalía a respaldar sus propias posiciones políticas absolutistas.

 Así las cosas,  en su primera y única encíclica, Traditi humilitati nostrae (24-V-1829), Pío VIII dejó claro, ante todo, su autoridad universal en la Iglesia, no sólo sobre los corderos, es decir, el pueblo cristiano, sino también sobre las ovejas, esto es sobre los obispos, otra condena más de las tesis galicanas, que por supuesto provocó el descontento de los sectores tradicionalistas del clero francés. A continuación, se refería el Papa en este documento a los sofistas de este siglo, que proponen que el puerto de la salvación está abierto a todas las religiones, y otorgan las mismas alabanzas a la verdad y al error, al vicio y a la virtud, a la honestidad y a la infamia (Artaud de Montor, Histoire du pape Pie VIII, Paris 1844). Igualmente condenaba Pío VIII en su encíclica las sociedades secretas por su sectarismo y empeño en destruir la Iglesia  y los Estados, y llamaba la atención sobre la santidad del matrimonio y la importancia que debía otorgarse a la educación de la juventud. En su denuncia, se anticipaba así Pío VIII a plantear los principales problemas que la Iglesia iba a tener  con aquellos Estados en los que en años posteriores se consolidó el régimen liberal. Por último, la encíclica de Pío VIII proponía a los fieles la oración, como el remedio para frenar el avance del error; y para dejar claro que la oración es un recurso perenne y eficaz, el pontífice identificaba la situación de confusión doctrinal de entonces con un pasaje del Antiguo Testamento: en las actuales circunstancias hay que volver a pedir insistentemente al Señor que libre a Israel de la plaga. 

Además de los problemas doctrinales, como los que se han mencionado anteriormente, se agravaba otro, pues durante el pontificado de Pío VIII Felicité de Lamennais (1782-1854), tras abandonar sus posiciones ultramontonas y animado por las experiencias de los católicos ingleses y belgas giraba hacia lo que se conoce como catolicismo liberal. Al calor de la revolución de julio de 1830 se instaló con sus seguidores -Jean Baptiste Henri Lacordaire (1802-1861), Charles de Montalembert (1810-1870), Philipe Gerbet (1798-1864), René François Rohrbacher (1789-1856), Prosper Louis Pascal Guéranguer (1806-1875)- en Juilly, muy cerca de París. Poco después fundaron un periódico, L'Avenir -El Futuro- bajo el lema: "Dios y Libertad". El nacimiento del periódico en los primeros días del mes de octubre de 1830 fue cuando menos inoportuno en el tiempo, pues provocó no pocas disensiones entre el episcopado francés en torno a las tesis de Lamennais sobre la libertad religiosa. El primer número veía la luz justo cuando el Papa había conseguido que los obispos franceses acatasen a Luis Felipe de Orleans. Y es que este era el único recurso diplomático del pontífice para impedir que el nuevo régimen  traspasara a la legalidad las propuestas anticatólicas de los revolucionarios de julio. En cualquier caso, la muerte le impidió a Pío VIII afrontar el problema planteado por el clérigo francés, recayendo sobre su sucesor esta cuestión.

Todas estas complicadas y espinosas situaciones acabaron por minar definitivamente la ya de por sí delicada salud de Pío VIII. En sus últimos días el pontífice perdió completamente el sueño y la úlcera que le aquejaba desde hacía años alcanzó sus órganos internos, provocándole fortísimos dolores. El 23 de noviembre de 1830, plenamente consciente, recibió los últimos sacramentos y falleció una semana después. Su pontificado había durado sólo veinte meses.

 

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