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Diario YA

Donald Trump, de aspirante despreciado a firme aspirante a la Casa Blanca

“Si alguien disfruta marchando al ritmo de la música, en fila y al unísono, yo le desprecio, simplemente por el hecho de que le han dado un cerebro erróneamente. Con la médula espinal hubiera bastado” Albert Einstein.

Miguel Massanet Bosch. Las democracia tiene sus condicionamientos y es ajena a prejuicios y descalificaciones ya que, al final, es el número de votos el que cuenta para la elección de a quienes elige el pueblo para que los gobierne. En España somos muy dados a criticar el sistema norteamericano con esa falsa superioridad que, en ocasiones, nos atribuimos a nosotros mismos por aquello de la “juventud” de los EE.UU de América, con respecto a nuestra vieja civilización europea.

Nuestra literatura, nuestras hazañas descubridoras del los siglos XV y XVI, nuestras aventuras europeas y nuestro momento álgido en el que “en España nunca se ponía el Sol”, nos han hecho creer que estábamos en condiciones de aconsejarles, criticarlos, tratarlos de incultos y reírnos de ellos, tachándolos de “infantiles” y de simples. Muy bien. No obstante, nuestras experiencias de las veces que nos hemos enfrentado con ellos no pueden haber sido más desastrosas, como fue el caso de la guerra de Cuba o el llamado Desastre del 98. Las consecuencias de aquella derrota de nuestra escuadra, aparte de la Pérdida de Cuba nos llevó a las pérdidas de las Filipinas, Guam, y Puerto Rico.

Basta echar un vistazo al mapa de los EE.UU para comprobar los estados americanos que llevan nombres de las antiguas colonias españolas que nos dejamos arrebatar por nuestra estulticia, nuestra prepotencia, nuestro empeño en cambiar sus religiones y nuestra falta de sensibilidad con los aborígenes, que nos causaron continuos enfrentamientos que causaron baños de sangre innecesarios. Californa, Colorado, Florida, Montana Nevada, Nuevo Méjico, Tejas y Utha, son nombres que nos recuerdan las insensatas campañas de nuestros reyes en sus luchas europeas, con las que esquilmamos aquellos países americanos, con la particularidad de que fuimos incapaces de proteger a nuestros barcos cargados de oro, plata y piedras preciosas, de la avaricia y codicia de la Gran Bretaña que, con sus corsarios, fue enriqueciéndose a costa de nuestra incapacidad para defendernos de ellos.

El que nos riamos del candidato republicano a la nominación para la presidencia de los EE.UU, no es más que una muestra más de nuestro desconocimiento de lo que es la democracia americana; de la perfección de sus métodos para que los americanos, mediante los caucus en toda la nación, puedan escoger libremente a quien les parezca, el más oportuno en cada momento de su exitosa Historia, aunque, como es el caso del señor Trump, no sea del agrado del propio establishment del partido Republicano. Sería una grave imprudencia, una boutade y una falta de respeto a los americanos, pretender que los millones de americanos que apoyan al señor Trump sean unos ignorantes, unos bárbaros o unos insensibles, sólo por el hecho de que ya estén hartos que la frontera de Méjico sea un coladero por el que entran todos los gachupines mexicanos, en verdaderas oleadas que después, indocumentados, se extienden por todo el país americano formando verdaderas mafias de delincuentes y traficantes de drogas. Alguien hubiera podido especular con las aptitudes del señor Trump si, como ha sucedido con otros aspirante demócratas o republicanos, a los pocos días de presentar sus credenciales para aspirar a entrar en la lucha por la nominación, hubiesen sido apeados de la contienda por la falta de votos o por no disponer del gancho preciso para llegar a las masas de votantes.

Es posible que la franqueza, el desparpajo, la rotundidad con la que Trump expresa sus ideas, presenta sus soluciones o deja en evidencia la hipocresía de sus contrincantes, no sea bien comprendida por una mentalidad, como la española, acostumbrada a que se la engañe, se la puentee y sean los partidos políticos los que, en definitiva, usen los votos de sus seguidores a su antojo, prometiéndoles que van a solucionarles la vida, que se acabarán las diferencias sociales y que el país, en sus manos, va a convertirse en una Jauja, donde las penas, dolores y enfermedades van a ser desterrados para siempre bajo su mandato. ¡La utopía que engaña a los tontos!

Lo que sucede es que, cuando nos percatamos de cómo nuestros políticos nos trastean, como si fuéramos mansos en manos de toreros inexpertos, no nos queda más remedio que llegar a la conclusión de que, si acabamos cayendo en el poder de los peores – nos tragamos lo que unos lenguaraces, ineptos y embusteros nos prometen y abandonamos la seguridad de unas instituciones que, con todos sus defectos e imperfecciones, nos garantizan, aunque sea con sacrificios y esfuerzos, el orden, la paz, un camino hacia la recuperación económica, financiera y social, no inmediata, por supuesto, porque esto sería imposible, pero sí de una forma continuada, sin grandes traumas ni sorpresas y con la clara visión de que, el camino emprendido es el sensato y el mejor para alcanzar nuestras metas de futuro – es por culpa nuestra.. Todos estos tan críticos con el político americano, Donald Trump, se darían con un canto en los dientes si, en España, dispusiéramos de medios para poder elegir a nuestros mandatarios de una forma tan libre, directa y espontánea como lo hacen los americanos, tanto del partido Republicano como el Demócrata en el que la señora Clinton, después de haber pasado por periodos de gran dificultad, se perfila claramente como futura nominada a la Casa Blanca.

Por el contrario, nuestra Ley Electoral, el sistema d DÒnt, una pléyade de políticos que avergonzarían a cualquier cancillería del resto de Europa por sus modales, su forma atrabiliaria de comportarse, sus vestimentas y sus peinados afros, más propios de antisistemas y okupas ( que es lo que, en realidad, son) que de personas responsables que se preocupan por el bienestar de los ciudadanos y no de crear dificultades para que, los verdaderamente capacitados, que saben por donde se debe llevar al país y son capaces de entenderse con las cancillerías del resto de Europa, sin que se los tome por salvajes de las selvas amazónicas., puedan desempeñar con eficacia sus proyectos para levantar al país de la postración a la que lo han conducido aquellos que vinieron a él con la única intención de destruirlo y ponerlo en manos de la dictadura proletaria importada de Venezuela. No sabemos si, finalmente, el señor Trump obtendrá su nominación, ni si los poderes fácticos de su partido acabarán maquinando el medio de evitar su nominación.

Si consigue ser nominado, se deberá enfrentar, casi seguro, con la señora Clinton, una señora que goza de la simpatía del elemento femenino del país y, nadie se lo puede negar, tiene una amplia experiencia en la cosa pública y en todas las intrigas que tienen lugar en la Casa Blanca; lo cual garantizaría una presidencia que se nos antoja mejor que la del señor Obama, que ha tenido más momentos oscuros que brillantes en la gestión de su mandato.

Trump, seguramente, sería más expeditivo en lo internacional, se empeñaría en conseguir aumentar el prestigio de los EE.UU, últimamente bastante castigado por la doctrina poco intervencionista de Obama, su espantada ante el caso de Ucrania, su actitud mojigata en su lucha con el EI, en la que ha cedido la iniciativa a un señor Putín que ha sabido, sin tantos remilgos, darles una somanta a los yihadistas y ayudar a que, Bashar Al Assad, haya conseguido controlar de nuevo la situación, en su guerra contra los islamistas y los rebeldes que pretenden destronarlo.

Es un experto en economía y, con toda seguridad, sería capaz de negociar importantes tratados comerciales a favor de la economía estadounidense. O así es como, desde la óptica de un ciudadano de a pie, pensamos que quienes critican el sistema americano, hablan con desprecio del señor Trump, y se erigen en censores de sus conductas, debieran de aplicarse aquel refrán que habla de “quien ve la brizna en el ojo ajeno y no es capaz de ver la viga en el suyo propio”.

Antes de juzgar a los demás observemos la incapacidad de nuestros políticos de solucionar sus divergencias, la forma irresponsable con la que muchos ciudadanos van a votar, sin importarles las consecuencias verdaderamente catastróficas que tienen para España ( ya las estamos notando en el parón de nuestra economía, en el impasse de las inversiones extranjeras y en la subida de nuestra prima de riesgo que lleva días situada en un nivel demasiado elevado si lo comparamos con el en que estaba situada hace unos meses) y la evidencia de que nos deberemos enfrentar a unos nuevos comicios para solucionar, si es que somos capaces de hacerlo, una situación que, de prolongarse mucho tiempo, puede llegar a producir graves daños a nuestra economía y a aquellas empresas que ya habían empezado a crear trabajo y a ser competitivas con el resto de las de nuestros vecinos europeos.

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