Editorial: "Educando a De la Vega"
Entre los sacerdotes, también los hay buenos, malos, altos, bajos, listos y tontos. Algunos, muy malos, cometen delitos execrables. Inapelablemente, la Ley, cae sobre ellos. Éste es un punto sobre el que los católicos no tenemos dudas porque sabemos que, más allá de la justicia de los hombres, hay una Justicia divina que siempre cumple. La Ley es la forma que tiene la Naturaleza de corregir sus aberraciones y ordenarse hacia la virtud y el bien común.
En algunos países, el problema es que la Ley provoca la aberración y ordena hacia la degeneración del hombre. Es el caso de España, país en el que matar hombres, aunque pueda parecer extraño, no es un delito sino un derecho de las madres. Cuando la ley es injusta, en realidad, no es ley. Pero algunos ministros se empeñan en que, cualquier cosa escrita bajo las tapas duras de un código, es ley. Esto permite a algunos sacerdotes decir que es peor la aberración de la ley que la corrupción del hombre, porque el hombre, por Naturaleza, es corrupto y necesita de la Ley para corregir esta aberración y, si no puede contar con ella, se corrompe. Esto es, básicamente, lo que no entiende la ministra.


















Por eso hay que pedirles que no se molesten y que se apeen del burro; que admitan, por favor, que las medidas aplicadas hasta ahora no han dado resultado. Que dejen de engañarse y engañarnos creyendo que las cifras experimentaran una mejoría en breve.

Y si el Cardenal Rouco decía que “la advertencia la hacía Juan Pablo II no contra la democracia, sino precisamente en favor de ella”, podemos decir que el recuerdo hoy de esta advertencia es seguramente el gesto más importante para rescatar la débil democracia española.



