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Editorial: "El Rey y la prensa"

 

En el asunto de la sentencia judicial sobre el artículo de prensa que caricaturizaba al Rey Don Juan Carlos en la cacería de Mitrofán, se han dicho muchas cosas ciertas sobre la libertad de expresión y el tratamiento especial que deben tener las publicaciones de tipo humorístico o satírico, algo en lo que estamos completamente de acuerdo, pero sigue sin tratarse a fondo el espinoso tema de la responsabilidad social de los medios de comunicación y del no menos complicado de la auto-regulación.

Probablemente, una monarquía tenga pocos argumentos recios para protestar por una información irrespetuosa, o por un fotomontaje en tono burlesco (como es el caso), o incluso por una portada caricaturesca como la que, no hace mucho, puso en el disparadero al matrimonio compuesto por los Príncipes de Asturias. Estamos en una democracia (aunque a veces no lo parezca) y las monarquías, por suerte, no son intocables, sino que están y deben estar sometidas al juicio crítico de los periodistas, siempre que esa labor se haga desde el necesario respeto al honor de las personas.

Ahora bien: los medios de comunicación, y en concreto quienes trabajan en ellos, no deben tener la prepotencia de creer que no existen límites en su trabajo, ya que, si no los hubiere en el plano legal, sí desde luego los hay, y muchos, en el plano moral. El honor, la intimidad y la imagen de las personas también están protegidos, como el artículo 20 de la Constitución, por la Carta Magna, y naturalmente ese derecho cubre a los miembros de la Familia Real.

No es fácil para un juez decidir hasta dónde llega la libertad de expresión y donde empieza el delito de injurias a la Corona, como en este caso reconoce el magistrado tras haber absuelto a los imputados. Sin embargo, esa complicadísima labor judicial sería menos grave si existiera buena fe por parte de los acusados, que ayer, lejos de mostrar un cierto arrepentimiento o propósito de enmienda, montaron un show esperpéntico que en nada ayuda a dignificar esta cada vez más emporcada profesión. Una pena.

No se trata de ganar o de perder un juicio. Librarse de la cárcel por una interpretación judicial próxima a los intereses particulares no es, en modo alguno, un espaldarazo a una actitud cuando menos discutible. La deontología existe para algo, y si somos reacios a que existan normas que regulen el oficio de periodista es porque creemos que debe ser cada uno, examinando su conciencia a diario, el que autorregule su trabajo.

Jueves, 18 de diciembre de 2008.

 

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