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Diario YA


 

El duelo y el dolor (y IV)


Pilar Muñoz. 27 de agosto.

EL GRAN HERMANO DE BARAJAS

Era el mes de agosto cuando los medios de comunicación, principalmente los televisivos, han hecho su auténtico agosto. Los ratings de audiencia se dispararon ante el bombardeo saciante, extenuante y abrasivo al que nos han sometido a toda la población española. Cualquier hecho insignificante podía ser susceptible de largos minutos de información. Una misma imagen era pasada, monótonamente en las pantallas de televisión, mientras decenas de tertulianos o periodistas desplazados opinaban sobre la misma imagen, o sobre su propia sorpresa, o sobre una experiencia pasada, o quizá sobre una experiencia relatada por algún allegado que ni siquiera estaba en el foco informativo. Todo valía para mantener la audiencia, y para cubrir un espacio de información, que debía haber sido profundo, riguroso y detenido. Pero ante todo, debía haber sido respetuoso y con un límite en el contenido y forma de la noticia.

Existía un diferencial informativo y expositivo entre las cadenas radiofónicas y las televisivas. Mientras las primeras tenían que organizar con la palabra la secuencia técnica y humana del caos que se estaba viviendo, las segundas se detenían perversamente en lo secundario, en lo anecdóticamente doloroso, en lo evidente y morboso. En definitiva, se sabían poseedores de una audiencia cautiva, y jugaban con las emociones y la sorpresa de una población que volvía a estar sacudida por el dolor de una tragedia, pero esta vez parecía que no había sido por la mala voluntad del hombre, sino por el torcido destino. Para las cadenas de televisión la causalidad importa relativamente, los primeros y atroces sentimientos de las familias importan en la medida que son capturadas y megadifundidas por los focos indiscretos de reporteros “cotillas” e “inoportunos”, todo bajo el paraguas de que había que mantener informada a la población. Simplemente es una nueva falacia, para encubrir lo que está detrás y delante de las noticias: el poder y el dinero.

La impresión de los televidentes era estar viviendo en un escenario múltiple, donde en cualquier rincón, posición, plano o garita estaba una cámara grabando lo permitido, lo prohibido, lo privado, lo público, lo relevante y lo secundario. Era estar dentro del escenario grande y terrible del dolor. Pero existían espacios más serenos, porque así debían permanecer, por ejemplo, las salas de embarque, donde debían estar anímicamente tranquilos los ciudadanos que se disponían a emprender un viaje aéreo. Pues bien, también allí se les sometía al experimento vil y manipulador, de la presencia de reporteros dicharacheros y avezados que lograban invadir su estado de ánimo hasta que lograban arrancarles unas palabras de miedo, de duda y, si era de pánico, más puntuación para la cadena.

Los dispositivos de ayuda funcionaron a tiempo y con dedicación, todos ellos iban cargados de buenas intenciones, y seguramente de preparación contrastada. Me centraré en la actuación de mis colegas, los psicólogos y asistentes sociales. Como grupo de emergencia para el primer shock informativo para las familias cumplieron ejemplarmente su función y su rol. Ahora bien, si somos algo más reflexivos, y menos, animales televisivos, hemos de entender que las terapias masivas no son del todo lo eficaces que han de ser. De esta forma, múltiples personas, con distintas personalidades, sensibilidades y con falta de información veraz sobre la intensidad de la tragedia en su familiar, puede desencadenar un mimetismo hebefrénico (histerismo y desagarro excesivo). Por lo tanto, la ayuda psicológica sí, pero de calidad y con medios suficientes para aportar una privacidad en espacio y tiempo para cada grupo familiar. Lo contrario es una noticia de logro social, de madurez y gestión socio-política, cuando la realidad es más intencional que efectiva.

El último desfile en la pasarela del dolor, la confusión y el llanto, era la de los políticos. Todos recién llegados de sus vacaciones, estaban más aturdidos y confusos ellos que las propias familias. El protocolo de actuación incluía gestos, palabras y pasamanos, pero necesitaban algo más de humildad y discreción. Al menos por un día, al menos en esas situaciones, el protagonismo ha de ser el respeto, el acompañamiento sentido, la acogida y la escucha. Se les notaba faltos de naturalidad, con emotividad más externa que con respeto silencioso, manifestado en un rehusar un micrófono, no buscarlo como trampolín mediático. El dolor del hombre está por encima de toda cuestión política, y sobre todo, ha de estar protegido de las garras televisivas que lo envuelven en espectáculo y venta.

….”Dad a Dios lo que es de Dios y al césar lo que es del césar..”. Jesús de Nazaret.

 

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