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Diario YA

Ya es hora de que la mayoría silenciosa de los catalanes que se oponen a la secesión denuncien el totalitarismo de los independentistas, que amenaza su libertad

El silencio de los corderos

Laureano Benítez Grande-Caballero. Desde Adán y Eva, la historia humana no es, en el fondo, sino la eterna lucha entre el Bien y el Mal. Y también la historia catalana, que sigue estando todavía en este planeta, aunque no sabemos por cuánto tiempo. Esto aparece todavía más claro cuando se intenta explicar la tremebunda confusión y crispación que azota a Cataluña en estos tiempos, la cual viene originada por el conflicto entre el principio de conducta conocido con el nombre de rauxa en la mentalidad catalana, que puede traducirse como «arrebato», y el seny, principio basado en el sentido común y en la moderación de conductas producidos por el seguimiento de  una escala de valores y unas normas sociales inspiradas en gran parte por la ética cristiana. Esta pugna es una alegoría del conflicto entre la virtud y el pecado, oposición cuyo simbolismo más claro lo representa el sometimiento del dragón (rauxa), por San Jorge (seny), que por algo es el patrón de los catalanes.
    
Traduciendo esta oposición al lenguaje político, el seny vendría encarnado por una mayoría silenciosa y moderada no rupturista, mientras que la rauxa serían las hordas vociferantes y arrebatadas de los independentistas catalanazis, intolerantes y agresivas con todos los que no jaleen sus consignas populistas y no inclinen la cerviz ante su autoritarismo fascistoide. Son los nuevos almogávares ―nombre que en su origen árabe significa «el que provoca algaradas», es decir «arrebatos»― terror de las estepas, resucitados guardar para emprender la mítica empresa de crear los Países Catalanes, anexionando a la República de Bacavia ―nombre que proviene de las iniciales de Baleares, catalán y valenciano― todos los territorios catalanófonos, en los que incluyen la Franja de Aragón, la pedanía murciana del Carche ―de solo 600 habitantes―, el principado de Andorra, el Rosellón Francés, y la ciudad italiana de Alguer en el noroeste de la isla de Cerdeña. Olé.
Cualquier parecido de esta Bacavia con el «Lebensraum» ―espacio vital que los nazis alegaron como motivo para su imperialismo agresivo― no es casual, como lo demuestra la vergonzosa manipulación de la historia que se hace en la web oficial de la Generalitat, donde se afirma sin pudor que Cataluña fue un reino, que la Casa de Barcelona se anexionó Aragón en 1137, y que el «Rey de Cataluña» Jaime I el Conquistador creó los «Países Catalanes». Olé.
Estos lunáticos almogávares no tienen «panzerdivisionen», pero poseen eficaces logias mediáticas para intoxicar a las poblaciones borreguiles que quieren llevar a su redil. En todo caso, son famosas sus trompeterías hechas a base de silbatinas, con las que pretenden derribar los muros de la patria mía como si de un nuevo Jericó se tratase. En el fondo, toda esta fanfarria catalanazi no es sino un nuevo episodio de la «venganza catalana» que protagonizaron los aguerridos almogávares en 1303, cuando reaccionaron con una crueldad legendaria al asesinato por parte de los bizantinos de su líder Roger de Flor y 100 almogávares de la gran Compañía Catalana, hasta el punto de que saquearon toda Grecia, al feroz grito de «¡Despierta Fierro!». Como serían de atroces sus «razzias» vengadoras que en algunos países balcánicos se asusta a los niños con la figura del «Katalán», un guerrero gigante sediento de sangre. Todavía hoy los griegos, cuando quiere maldecir a alguien, le dicen: «Así te alcance la venganza de los catalanes». Venganza que no es sino la versión pantumaca de la celebérrima «Noche toledana».
Esta legendaria fama podría ser una razón de peso que hoy justificara el miedo a estos nuevos almogávares, que pretenden vengarse de España por haber «colonizado» a Cataluña, «arrasando sus fueros» y «robándole su riqueza». Y el miedo engendra el silencio, la sordina con la que gran parte del pueblo catalán responde a las sardanas estruendosas que los almogávares bailan enfebrecidos su en sus noches de aquelarre.
Es el silencio de los corderos. ¿Dónde se meten los catalanes de ese 52% que se opone a la independencia cuando los almogávares hacen interminables cadenas humanas en sus Diadas? ¿Por qué no organizan ellos la cadena humana del seny? Cuando destacados personajes catalanes ―como Guardiola, Lluis Llach, la ínclita Karmele alias «Sálvame», el conde de Godó, etc.― hacen apología de la pancatalanidad libre, ¿por qué callan los pertenecientes al «star system» que están en contra, con algunas excepciones, como ―entre otras― las de José Manuel Lara, el presidente de Freixenet, la firma «Pronovias», la Caixa y el Banco Sabadell? Los empresarios y los bancos sólo se pronunciaron en contra la independencia días antes del 27-S.
El miedo y la cobardía también llevan a la permisividad, que evita todo enfrentamiento con las fuerzas del mal, lo cual no hace sino envalentonarlas, no sea que se vayan a cabrear más todavía. Es así como surge la tiranía opresora y totalitaria. Como decía Víctor Hugo, «la aceptación de la opresión por parte del oprimido acaba por ser complicidad; la cobardía es un consentimiento; existe solidaridad y participación vergonzosa entre el gobierno que hace el mal y el pueblo que lo deja hacer». En la misma línea está la frase de Martín Lutero King: «Nuestra generación no se habrá lamentado tanto de los crímenes de los perversos, como del estremecedor silencio de los bondadosos».
Pero el silencio de los corderos no es garantía de supervivencia, pues los almogávares siguen fielmente la consigna de Arturo Lecter: «No me interesa  entender a los corderos: simplemente, me los como». Mas en esta comilona tienen los almogávares su perdición: ahítos de tanta fanfarria independentista, de tanto imperialismo pancatalán y pantumaca, después de su derrota plebiscitaria en el 27-S se han metido en un callejón sin salida del que solo podrán salir adelgazando sus baladronadas, reduciendo al mínimo sus amenazas secesionistas, encogiendo sus aspiraciones a la arcádica Bacavia.
Harían bien en asimilar la siguiente historia, sacada de esos relatos típicos con que se transmitían los valores del seny de padres a hijos: «La rata flaca ve el pájaro, tranquilo dentro de su jaula, y, con toda su rabia, se mete en ella; y el pardillo tiene un fuerte sobresalto, y muere. La rata flaca se lo engulle, pero se ha dado tal atracón, que, de pronto, no puede salir de la jaula».
Moraleja: tripa delgada, pasarás, demasiado harto, ahí te quedarás.
 

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